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Paliza, corrección; ¿y ahora, qué?

Rubicón
Estuvimos en este mismo balcón de precios, en agosto último, con idéntico temblor febril. Es muy reciente para olvidarlo. La secuencia hilvanó un viernes negro -como ahora- con un lunes que empezó sangriento -con una caída vertical a plomo, "flash crash" incluido- pero que se transformó, esa misma rueda, en una estampida de compradores que le abrió paso triunfal a los toros. Se lo llama capitulación.
Nada deprime más al consenso que la caída de cotizaciones, que no parece tener fin. Pero tampoco nada más engañoso que el sentimiento extremo. En marzo de 2009, cuando arrancó el presente mercado alcista, sólo el 18,9% de los pequeños inversores se definía optimista. Apenas uno en cinco pensaba que las cotizaciones, seis meses más tarde, iban a ser más altas. La historia es conocida. En el piso del optimismo, cuando tiró la toalla, el mercado marcó los mínimos. Desde entonces supo triplicar los precios. La noticia relevante es que el jueves se perforó ese umbral módico. Hoy únicamente el 17,9% de los inversores minoristas cree que las acciones van a mejorar. ¿Un anticipo de otra memorable capitulación? ¿O será diferente esta vez? ¿Tanto va el cántaro a la fuente que al final se rompe?
"No hay suficiente sangre en las calles", dice Larry Fink, el mandamás de BlackRock, el mayor fondo de inversión privado del mundo. "Los precios de las acciones pueden caer otro 10% más". Fink no es un "oso" recalcitrante. Todo lo contrario. Vaticina que el viaje, en su última milla, será una excelente oportunidad para comprar acciones. Capitulación, sí. Pero no todavía. Los fantasmas que andan sueltos -el petróleo, China, la recesión, la suba de tasas y cualquier argumento que consiga sábana que ponerse- pueden profundizar los estragos.
Pesimismo corporativo
El mismo declive de las Bolsas se realimenta por la negatividad que impregna a los CEO de las compañías, los hombres de negocios, los inversores. El barril de crudo busca piso, y mientras lo hace, arrastra consigo a la Bolsa. Perforó la vara de los 35 dólares, el viernes horadó los 30, y "podría llegar a 25 dólares o menos". A Fink razón no le falta y experiencia le sobra: el temor cunde y no hay límite preciso para la paranoia. En su afán de buscar piso, Wall Street, el petróleo o el activo que fuera, van a exagerar más allá, hasta el sótano. De ahí la paradoja de pensar que la situación devendrá en oportunidad de comprar gangas. Más tarde o más temprano, los fundamentos excederán en mucho a las raídas percepciones.
La pregunta entonces es si los fundamentos justifican la persistencia del mercado "bull". No resultaron suficientes para imponer un nuevo techo, ¿alcanzarán ahora para sostener el piso? Para defender un sí o uno no, qué mejor que hacerlo en la frontera misma que separa el mercado "alcista" del mercado "bear". Ésa es la predicción estilizada de muchos. Repetiremos la película de agosto, no de 2015, sino de 2011 cuando orillamos el 20% de desplome desde los máximos. A esos precios corregidos, hoy unos 1.700 puntos del S&P 500, con los actuales dividendos y utilidades (que no son moco de pavo), y sin recesión a la vista ni acoso de la Fed, será difícil no ceder a la tentación de ponerle el pecho a las balas. Será a matar o morir, sí, pero con las botas bien puestas.


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