Parnassus: brillante delirio de Gilliam

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Para el público familiarizado con películas como «Brazil» o «Las aventuras del barón Munchausen» entenderá lo difícil de explicar en unas pocas palabras de qué trata una película de Terry Gilliam. En especial, «El imaginario mundo del Dr. Parnassus» es un ejercicio grave y firme en el delirio, que vuelve a mostrar al ex Monty Phyton en su mejor forma

La película tiene algo de las viejas fantasías llenas de efectos especiales de George Pal con Tony Randall, «El Circo del Dr. Lao». Aquí el doctor Parnassus, que interpreta con su talento habitual Christopher Plummer, también tiene una especie de espectáculo de feria con el que deambula por ahí ofreciendo algo bastante difícil de describir. El asunto es que Parnassus se coloca en un raro trance, al mejor estilo gurú orientalista, que permite que el público que entra por detrás de un espejo de celofán pueda experimentar como reales las experiencias imaginarias más alucinantes.

Si este concepto ya es un poco raro, a él se agregan una serie de raccontos mostrados como relatos independientes, a través de los cuales queda claro que la experiencia de los mundos imaginarios que propone Parnassus no es otra cosa que un duelo con el demonio que este personaje -inmortal, aparentemente- viene sosteniendo desde tiempos inmemoriales. El duelo consiste en que cada persona que entra a su propio universo personal cuando Parnassus esta en trance puede elegir el camino correcto o el equivocado, ganando Parnassus o el diablo un alma según cada elección.

Si todo esto ya da una idea de que se trata de una película única, tan disfrutable como no apta para mentes demasiado lógicas, hay otro factor extracinematográfico que la vuelve un experimento inusitado: Heath Ledger murió durante el rodaje, lo que implicó parar momentáneamente la producción mientras Gilliam pensaba cómo seguir. Ledger interpretaba a Tony, un desconocido salvado por la troupe de Parnassus de un intento de suicidio, que en agradecimiento intenta volver un poco más exitoso el show de su benefactor, que venía francamente en picada, y perdiendo ostensiblemente su apuesta con el diablo.

Dada la naturaleza de la película, Gilliam se las arregló para que cada vez que el personaje de Ledger va a entrar en el mundo imaginario de Parnassus acompañando a algún miembro selecto de la audiencia, se convierta en otro actor (sucesivamente Johnny Depp, Jude Law y Colin Farrel).

Moviéndose dentro del delirio, aunque sin llegar a la confusión total (lo que de todos modos podría sucederle a más de un espectador, defecto inevitable en un producto como éste), la última película de Gilliam ofrece imágenes sin desperdicio y de una riqueza e imaginación para la antología. Más allá de la excelente actuación de Plummer como Parnassus, de la presencia de Tom Waits como el demonio, y de los cuatro rostros del suicida Tony, éste es un film de imágenes y de proezas técnicas y estéticas que se destacan entre lo más audaz en la carrera de un cineasta ya de por sí muy poco convencional.

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