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Particulares compran 80% de los fuegos artificiales
La venta de pirotecnia creció un 10% respecto del año pasado. Su mal uso y la falta de shows organizados por los gobiernos locales siguen causando graves accidentes.
Pese a esto, las principales marcas del mercado -más los «truchos» que pululan en las zonas menos controladas del Gran Buenos Aires- vendieron 10% más que el año pasado; lo afirma Mario Ruschin, presidente de Cadenaci/Multicolor, que junto con Jupiter tienen cerca de 45% del mercado.
Y si bien el uso de fuegos artificiales por particulares no es privativo de la Argentina (en Estados Unidos, por caso, está permitido pero sólo en determinados tipos y varía de acuerdo al Estado de que se trate) en otros países la venta al menudeo de estos artefactos está terminantemente prohibida. Para las empresas locales, ese segmento es fundamental: «De nuestras ventas, 80% es a particulares y 20% a shows», dice Ruschin.
Para comprobar estas diferencias no hace falta viajar demasiado lejos: en Chile la legislación prohíbe la fabricación, importación, tenencia y uso de fuegos artificiales por «individuos no autorizados»; sólo las empresas del rubro avaladas por el Gobierno pueden emplearlos. La ley se cumple.
Uno de los países con más tradición en este juego de ver explotar el dinero por el aire es Australia, como lo demuestran los magníficos espectáculos de fuego y color que ofrecen en la Bahía de Sídney cada 31 de diciembre a la noche. Los particulares sólo pueden jugar con estrellitas y los equivalentes australianos de nuestro «chasquibún». O sea: nada que explote o levante vuelo.
Sin embargo, Ruschin asegura que «la tradición argentina es diferente: acá estamos habituados a la pirotecnia. Hay shows -como los que monta Alto Palermo todos los años- que no desalientan la compra de fuegos artificiales: la estimulan».
Casi todos los países toman en consideración, al momento de legislar sobre este tema, que estadísticamente los artefactos que causan más daños personales son los que explotan (petardos, bombas, «tortas», etc.), muy superiores a los que provocan los «voladores» (cañitas, helicópteros, globos, bengalas, etc.).
«Por suerte están más de moda los minishows: se enciende una mecha y el artefacto lanza luces y sonido; ¿cuánto cuestan? Van de los $ 150 a los $ 3.000», dice Ruschin.
Algunas otras geografías en las que las cañitas voladoras y los volcanes sólo son manipuladas por los artistas y los fabricantes son las siguientes:
Francia (divide los fuegos en cuatro tipos, de acuerdo con su poder explosivo, de ruido y altura; los dos tipos más fuertes sólo son vendidos a profesionales y expertos);
Irlanda (todos los fuegos artificiales son ilegales y no se fabrican localmente; los pocos shows que se montan para Año Nuevo o alguna fiesta privada deben ser autorizados por las autoridades locales);
Italia (también prohíbe los fuegos artificiales «caseros» y los divide en categorías similares a las francesas; los particulares -siempre mayores de 18 años- sólo pueden comprar los tipos más leves; los demás, sólo los expertos);
Holanda (sólo permite la venta de estos artefactos los tres días previos a Año Nuevo; el resto del año están prohibidos):
Inglaterra (los vende sólo a mayores de 18 años; prohíbe su uso entre las 23.00 y las 07.00, salvo los festejos de las medianoches del 24 y 31 de diciembre; erradicó a mediados de la década del 90 los más peligrosos, como los «seis tiros» y los explosivos más potentes, más todos los que se disparan desde morteros).
En sentido inverso, España permite la venta a particulares de todo tipo de pirotecnia: los menores de hasta 12 años pueden comprar los «inofensivos» (estrellitas, etc.), los mayores de 16 la categoría siguiente (petardos, cañitas voladoras, bengalas). Los mayores de 18 pueden hasta adquirir baterías, lo más novedosos en este campo: se ponen en marcha con una sola mecha y lanzan múltiples proyectiles. No es casualidad que España sea uno de los países -junto con la Argentina- con más víctimas por el mal uso de la pirotecnia.
En la Argentina, la ausencia de shows organizados por los gobiernos locales sin dudas favorece el «cuentapropismo» en el uso de fuegos artificiales. Países como los nombrados, más Estados Unidos (el 4 de Julio, día de su independencia) y las naciones de Extremo Oriente concentran la fascinación por las luces y los colores que explotan en el cielo en uno o dos lugares de sus principales ciudades y sus pueblos más pequeños con el obvio resultado de que su población no sufre accidentes. Por ahora, en la Argentina, este «cuentapropismo» que surge ante la ausencia del Estado no parece ir en descenso.


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