“Pelado” Ruiz, biografía de un peronista

Edición Impresa

Desde la muerte de Lorenzo Rubinetti -legendario organizador de los padrones del peronismo de Buenos Aires- que el peronismo no lloraba la de otro arquitecto del poder partidario como el diputado Ramón Ruiz, fallecido ayer. Como aquel Rubinetti, el «Pelado» Ruiz fue el constructor de varios momentos de éxito del peronismo con un solo recurso, ser un estilista de la lealtad. Pasó por todas las observancias partidarias hasta convertirse, en el momento de su mejor fortuna, en uno de los armadores de las presidencias Kirchner.

Su biografía ejemplifica las contradicciones de fondo de la política criolla. Con ceguera de soldado, obligado a actuar siempre en las sombras, Ruiz no preguntaba por ideologías ni proyectos. De él no escribirá José Pablo Feinmann en esos ladrillos en los que imagina un peronismo en el que no entran los Ruiz, pero que no existiría sin los Ruiz ni los Rubinetti. Le daba igual ser un eslabón del menemismo, el duhaldismo o el kirchnerismo: ser peronista es un trabajo que se consuma en su propio ejercicio, los fines los ponen de afuera y sobre eso no hay que preguntar. Ruiz era el barro con el que se construye el poder.

Tampoco le hizo asco en su juventud orbitar en una Dirección de Abastecimiento de la Ciudad de Buenos Aires junto al llorado «Beto» Imbelloni, el «Caballero Rojo», o actuar desde 1983 en el bloque del PJ de diputados que conducían Diego Ibáñez y José Ponce, que compartían militancia y también el estrabismo -un inconveniente de algunos líderes- en una dupla que sus compañeros, siempre cerca de la canalla en el momento de los apodos, llamaban el «Dúo Bizconti».

La banca que tenía desde 2007, ganada en la lista que encabezó el entonces kirchnerista Felipe Solá, era el premio que le dio el oficialismo al rol más importante que tuvo en su vida, navegar como interventor en el PJ nacional los famosos «neolemas» que salieron del Congreso de Lanús en 2002 y que hicieron a Néstor Kirchner presidente al año siguiente.

Ruiz, pez de aguas profundas, estuvo en los entuertos más jugosos de las últimas dos décadas, cuando asumió como subsecretario de Turismo de Omar Fassi Lavalle. Hasta entonces este abogado, que murió a los 70 años sin que le agradeciesen el puesto los miles de transversales ganapanes, guerrilleros jubilados, «golden boys» y otros reciclados que subieron a un Gobierno que él contribuyó a instalar, aparecía en historias mínimas, como el segundo de Imbelloni en esa gran caja que era la Dirección de Abastecimiento bajo la intendencia del general Embrioni en 1973.

Reapareció en 1983 como abogado del SUPE, gremio de los petroleros, ligado estrechamente a Ibáñez. Esa cercanía al gremio lo vinculó con un entonces desconocido dirigente de Santa Cruz, el catamarqueño Armando «Bombón» Mercado, casado entonces con Alicia Kirchner, hermana del ex presidente, quien asistía la economía familiar con un negocio de boutique. Lo ayudó en alguna interna a «Bombón» en esa provincia y también en el festejo que siguió al triunfo, que no se agotó en una larga madrugada en un dancing de Río Gallegos. Inspirados por su proeza, recorrieron las calles de esa ciudad hasta llegar a la boutique, entraron porque tenían llave, eligieron vestimenta y recorrieron algunas veredas de Río Gallegos con ese disfraz. Auténticos precursores del travestismo político.

La llegada de Carlos Menem lo encuentra como segundo de Fassi Lavalle, un personaje cuya cercanía al ex presidente nunca se ha contado. No era sólo un promotor de programas de vacación sino que en su oficina se pergeñaron algunas de las peripecias entre «rojos punzó» y «celestes», que es como se imaginaban divididos los menemistas que reportaban un ala a Julio Mera Figueroa y la otra a Eduardo Menem.

De esa oficina imaginaron los «celestes» que habían salido unos afiches que los atacaban con frases como «Lealtad al presidente, no a los delincuentes», y otra que enumeraba a los más conspicuos celestes vinculándolos con casos de presunta corrupción. Tampoco nadie ha relatado esa trama que, para algunos, vinculaba a los afiches con Zulema Yoma en pleno trámite de divorcio de Carlos Menem. ¿Vio algo Ruiz de todo eso? Imposible afirmarlo a esta hora, pero el «Pelado» partió entonces a su nueva singladura como segundo de la base de la SIDE en la embajada argentina en Madrid, adonde esperó el final del menemismo y del duhaldismo en un puesto obviamente oscuro, aunque no intrascendente, que duró doce años. Cuando partió ya cultivaba la amistad con la jueza María Servini de Cubría, quien lo convocaría a las armas cuando hizo falta con una frase que se le escuchó muchas veces ante cada entuerto electoral: «¿Lo llamo al Pelado?».

Y lo llamó al «Pelado» cuando hizo falta reorganizar al PJ de la Capital Federal. Con Ruiz de interventor, logró Alberto Fernández -a quien nadie le atribuyó sustancia peronista- ser el presidente de esa agrupación, que igual siguió encerrada en un expediente en el juzgado de Servini. En ese tiempo, este Ruiz retomó relaciones con «Bombón» Mercado para disciplinar al peronismo de Catamarca detrás del santacruceño. Gobernaba Eduardo Duhalde, a cuyos objetivos sirvió como interventor en el PJ de Corrientes. Finalmente, el PJ nacional, que intervino hasta que lo tomó en elección de lista única Néstor Kirchner. Fue el garante de ese pergeño de un peronismo que fue a elecciones con tres fórmulas, y sin la intervención del sello del PJ, sistema que es la madre de la anquilosis final del sistema electoral argentino. Allí también estuvo Ruiz, al que honraron anoche en el velorio de Pasos Perdidos peronistas de todos los palos, porque todos lo creían propio, pero era de él solo.

Dejá tu comentario