Gravar la renta financiera con el Impuesto a las Ganancias no genera incrementos de recaudación significativos, sino que son aumentos marginales o nulos. Además, esta medida tiene potenciales efectos nocivos en términos de penalizar el ahorro formal, el crédito, la inversión y el crecimiento, sumado a que promueve la dolarización de los portafolios, representando una señal negativa de cara al proceso de blanqueo de capitales en curso.
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Si bien modificar el Impuesto a las Ganancias es necesario -y fue una de las promesas de campaña de los principales candidatos a la presidencia-, gravar los depósitos a plazo fijo, las Lebac, los bonos y los fondos comunes de inversión no resuelve el problema ni compensa el desbalance fiscal generados por la reforma. Hoy en día, las empresas ya tienen todas sus rentas financieras gravadas; los únicos exceptuados son las personas físicas, de modo que este nuevo impuesto lo pagaran los ahorristas y las familias y, en última instancia, sobre el crédito, afectando negativamente la inversión y el crecimiento.
Además, el impuesto a la renta financiera afectará el ahorro formal y representa una señal negativa en medio del plan de exteriorización de capitales porque alienta la informalidad al momento de invertir y/o promueve opciones de ahorro no deseadas, como la ya mencionada suba del costo del crédito. A su vez, la demanda de dinero local se verá afectada en detrimento de la demanda de moneda extranjera, promoviendo la dolarización de portafolios. Ello se debe a que el impuesto sobre la renta financiera acota la diferencia entre la tasa de interés en pesos y la expectativa de depreciación cambiaria.
Por otra parte, el resultado final en términos de recaudación de aplicar el Impuesto a las Ganancias sobre los depósitos en caja de ahorro, plazo fijo, tenencias de Lebac y Fondos Comunes de Inversión es de $10.692 millones al año, lo que representa apenas 0,1% del PBI de la Argentina y sólo 2,5% del total de la recaudación del Impuesto a las Ganancias de un año. En consecuencia, el beneficio en la recaudación es marginal o despreciable, frente a los potenciales efectos nocivos sobre la economía descriptos previamente. Más aún, el incremento de la recaudación podría ser inclusive nulo o negativo si se computan los efectos de segundo orden, derivados de una menor bancarización.
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