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“Pinta” Nueva York probó el interés por el arte del Sur
El dibujo de Andrés Videla que vendió Teresa Anchorena junto con obras de su hija fotógrafa, Luna Paiva, y de Roberto Elía.
En Londres, al igual que en Nueva York, el público que recorre los circuitos internacionales expresa un franco deseo de conocer el arte de Latinoamérica. Pues, más allá de la Feria, que todos reciben con agrado, existe un posicionamiento de nuestro arte en las instituciones y también en el mercado. El fenómeno es reciente y, en los hechos, el Armory Show, la celebre feria creada en 1913 que marcó el ingreso del arte moderno en EE.UU. y que se realiza en el mismo lugar, el Pier 92, presentará el año próximo un espacio dedicado a América latina y acaba de cerrar un joint venture con Pinta para realizar intercambios.
Si bien es preciso reconocer que la economía de los EE.UU. no atraviesa su mejor momento, como observó Diego Costa Peuser, fundador de la feria hace cuatro años junto a Alejandro Zaia y Mauro Herlitzka, «el éxito de los últimos remates de Sothebys y Christies demuestra que el arte es una inversión con muchos atractivos». Lo cierto es que la semana pasada los operadores y artistas que inauguraron Pinta, estaban llenos de expectativas. Es cierto, los carteles anunciando la Feria colgados junto a los adornos navideños en la Quinta Avenida y la Madison, entre otras, al igual que los grandes avisos en el «New York Times», contribuyeron a convocar un público numeroso. Pero esta vez, a las compras tan esperadas de los coleccionistas y museos, se sumó la del joyero Lawrence Graff, que, inmutable, gastó 1,2 millón de dólares en unas pinturas del cubano Wifredo Lam y del chileno Roberto Matta. Son cosas que no suelen suceder en Buenos Aires.
Protocolos
En apenas cuatro años Pinta ha dado pasos gigantescos en el mundo. El contexto es favorable, pero los directivos de la feria tomaron una decisión muy simple: hacer bien todos los deberes. Es decir, los comportamientos exóticos pueden formar parte del arte, pero no de una gestión que se propone cumplir con los protocolos que demanda el mercado internacional. El primer secreto para lograr una buena feria consiste en el atractivo del arte que se ofrece a la venta, y en esta ocasión había varias piezas con obras que ostentaban la llamada «calidad museo». Luego, mucho antes de que se abrieran las puertas del Pier, los directores de Pinta ya habían tejido estratégicas alianzas con los coleccionistas y museos que realizaron las compras de este año, entre ellos, el Museo de Filadelfia, el del Barrio y el del Bronx de Nueva York, el de la Universidad de Harvard, el de Los Angeles Country, el Museo de Arte Latinoamericano de Long Beach. Entretanto, la presencia en la feria de Glenn Lowry, el director del MOMA, no es casual y se interpreta como un gesto de interés. El MOMA y muchos otros museos del mundo han participado en anteriores ediciones del Programa de Adquisiciones, un programa que significó el ingreso de muchos artistas de Latinoamérica a instituciones que los legitiman con su prestigio.
Con un notable predominio de las galerías de Brasil, que además de su color y su energía tenían obras de primer nivel, como las que exponían Nara Roesler, Dan o Baro, entre otras, los curadores de los museos y coleccionistas tenían mucho para ver. Este año llegaron varias galerías de Europa, de diversos países latinoamericanos y de EE.UU.. No es extraño que en Pinta, donde siempre predominó arte abstracto, concreto, neo concreto, cinético y conceptual, se advierta una decidida apertura y una diversidad estética que si bien le ha restado el orden que imponen estos movimientos, ha sumado interesantes obras de las vertientes sensibles, figurativas e, incluso, ornamental.
La cantidad de galerías no ha aumentado, pero se añadió un espacio para exposiciones individuales, otro para proyectos de arte seleccionados por el curador mexicano Pablo León de la Barra. Por su parte, la recién ganada amplitud permitió presentar una escenográfica exhibición de los vestidos de María Félix, un paradigma de los encantos de la mujer latinoamericana. Allí, junto al arte de nuestra región estaban los bellísimos diseños que le dedicaron Christian Dior y Balenciaga.
Más allá de los exotismos, el soporte teórico resulta fundamental a la hora de presentar las credenciales del arte latinoamericano ante el mundo. Costa Peuser destaca los apoyos recibido para llevar adelante esta gestión: «Para comenzar, la ayuda del Ministerio de Cultura porteño. Hernán Lombardi, aunque no llego a la inauguración, estuvo presente, al igual que la Fundacion Arcos Dorados, que nos permitió financiar los proyectos curados por el mexicano Pablo de la Barra». En esta edición el MBA Lazard patrocinó el simposio destinado a revisar las relaciones entre el arte de EE.UU y el de Latinoamérica. El curador del Museo de Filadelfia, el rosarino Eduardo Basualdo, abrió las jornadas junto a la directora del Instituto Cultural Argentino Norteamericano (ICANA), Inés Echebarne.
Basualdo, que presentó al artista Barnet Newman en el envío de EE.UU. a la última Bienal de Venecia y que resultó ganador del León de Oro, abrió el diálogo sobre el coleccionismo en los museos norteamericanos y subrayó su mirada hacia el sur. A partir de su experiencia, estableció los parámetros del museo de Filadelfia para seleccionar el arte que ingresa a su colección. Luego habló de las estrategias de los museos para lograr donaciones, adquirir obra y hasta hacer compras en conjunto con diferentes organizaciones.
La directora de la Fundacion Proa, Adriana Rosenberg y el curador Rodrigo Alonso presentaron en riguroso inglés el libro «Imán: Nueva York», que sitúa al lector en la dimensión histórica de la década del 60 y que explora, desde la perspectiva política y estética, la poderosa atracción que ejerció sobre un amplio grupo de instituciones y artistas argentinos, una ciudad que en esos años destronaba a París y se erigía como el centro del arte moderno.
El libro, editado para acompañar la muestra que lleva ese nombre, descubre los lazos que en la década del 60 fueron muy estrechos, para sorpresa de todos, hasta de los mismos argentinos. La artista Liliana Porter, radicada desde entonces en esta ciudad, contó sus experiencias junto a Jaime Davidovich.
Si bien no todos los galeristas tuvieron la misma suerte, Teresa Anchorena estuvo entre los que vendieron, para comenzar a obra de su hija fotógrafa, Luna Paiva, las pinturas y dibujos de Andrés Videla, y de Roberto Elía.
Enrique Farias es un galerista que supo descubrir obras muy especiales de varios argentinos y es el primero que suelen visitar los curadores. En su stand tenía una fotografía casi desconocida de Nicolás García Uriburu con Joseph Beuys, tomadas durante una de sus performances, unos reveladores videos de Oscar Bony y unas pequeñas señales de la conceptualista Margarita Paksa. Entre sus ventas figuraban las obras de Eduardo Costa (en más de 30.000 dólares) y David Lamelas.
Quienes cerraron los números con saldo a favor, y también aquellos que apenas llegaron a cubrir los gastos, aseguran haber ganado estupendos contactos. Como las conexiones que logró la galerista María Casado, que viajo para otear el horizonte, y terminó por anudar una muestra de la artista Marcolina Dipierro en una galeria de Colombia.
La participación en las ferias internacionales demanda una gran inversión, para solventarla, son varios los que deciden compartir un stand y aunar esfuerzos. Gianni Campocchiaro estuvo con el brasileño Ronie Mesquita, en su stand estaba una bandera de EE.UU. realizada con pintura sólida por Eduardo Costa, acaso una de las obras más significativas de esta feria. Al menos, la obra que cierra el capítulo de la vida del artista en Nueva York.
Entre los argentinos estaban el galerista Gonzalo Vidal, Praxis, que abrirá una nueva galería en Chelsea, Arte x Arte y Alejandro Vautier con las obras del artista Manuel Amestoy.
En el cierre de la feria, Herlitzka observó que Nueva York es una ciudad difícil. «El mercado internacional demanda profesionalismo, y aquí lo primero que se cuestionan, es: ¿cómo operan las galerías para promover a sus artistas fuera de sus países de origen?». En un extenso balance habló de la infinidad de detalles que implican montar una feria, y las diferencias que se perciben no sólo en el trato con los artistas sino también con los sindicatos y hasta el público.


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