11 de diciembre 2013 - 21:40

Planeamiento y diálogo constante

Planeamiento y diálogo constante
Para analizar el nuevo orden político y económico, no es posible dejar de lado la importante transformación tecnológica. Ese orden es, sobre todo, consecuencia de descubrimientos y avances de la ciencia y tecnología. Internet, la telefonía celular, la tecnología satelital han acortado distancias.

Por otro lado, vemos el fenómeno denominado "aceleración del cambio". El cambio se produce cada vez más rápido, y deja rezagados a países que no logran asimilar las transformaciones a la misma velocidad que lo hace el conocimiento científico y tecnológico. Esto ocasiona problemas graves que afectan el orden internacional. En nuestra región, algunos países están haciendo esfuerzos, pero no son suficientes, y las desigualdades crecen aceleradamente.

El problema que tenemos es cómo nos insertamos en el nuevo orden mundial, desde nuestros valores y creencias. Adaptarse no significa perder la identidad. No es fácil, pero no podemos dejar de intentarlo. Lo primero es comprender la dirección del cambio, porque allí está la raíz del problema. Entenderlo nos permitirá establecer prioridades, no sólo referidas al desarrollo de nuevas capacidades y tecnologías -que son necesarias y muy importantes-. También hay que comprender que los Estados necesitan transformarse para adaptarse, lo que exige renovar las estructuras de Gobierno y las instituciones.

La Argentina, en el contexto regional e internacional, tiene una enorme responsabilidad y una gran oportunidad. Debemos adaptar la matriz educativa a la productiva. Los países emergentes no sólo demandan alimentos, sino productos industrializados de alto valor y servicios de todo tipo, que requieren recursos humanos calificados. Para promover un desarrollo industrial, se necesitan políticas activas que destinen capital al desarrollo de energía, tecnología, logística para una diversificación y que no apunte sólo al ensamblaje de partes como sucede actualmente. La diversificación es importante para el desarrollo de las regiones que no pueden producir productos primarios. Debemos dejar atrás las viejas prácticas, como el clientelismo político y la desnaturalización de la educación, que generan pobreza y dejan al país sin recursos humanos calificados.

También tenemos que dar señales de previsibilidad y confianza para promover inversiones genuinas, y solucionar problemas coyunturales derivados de los desaciertos; encarar políticas antiinflacionarias, solucionar la fuga de reservas, recuperar la confianza de la sociedad para fomentar el ahorro, dar seguridad jurídica para la inversión extranjera, atender la crisis energética, entre otras medidas de fondo. El problema es económico y político. Es imposible una planificación económica sin políticas de Estado que trasciendan un Gobierno. La solución es el planeamiento permanente (para comprender la realidad, interpretar el cambio y encontrar soluciones) y el diálogo constante (para consensuar políticas de Estado que aseguren la continuidad de los desarrollos).

De la educación depende el éxito. Producir bienes y servicios de alto valor requiere del pensamiento formal, del dominio del conocimiento científico.

Hemos llegado a una encrucijada en nuestro camino hacia el futuro. Debemos caminar por la senda del progreso, la inclusión, el reencuentro y la renovación, que nos permita insertarnos en el mundo. Tenemos posibilidades, recursos naturales y humanos. Podemos hacerlo si ponemos la mirada en el futuro y para eso urge atender los problemas derivados de la pobreza estructural. El crecimiento económico debe ir acompañado por políticas sociales de inserción en el mercado de trabajo y esto sólo será posible con una economía diversificada.

Es un desafío apasionante y una oportunidad única que no debemos desaprovechar.

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