Para explicar el 1,46% que perdió ayer el Dow al cerrar en 8.473,97 puntos, podríamos escudarnos en la pésima señal que lanzó el Citi al venderle el control de Smith Barney a Morgan Stanley (lo peor del día le tocó al sector financiero), en la nueva baja del petróleo a u$s 37,59 por barril, o en el temor a lo que revelaría la actual temporada de balances (después del cierre, Alcoa no desilusionó a los más mal pensados, presentando un resultado muy por debajo de lo esperado). Cualquiera de estos argumentos sirve, pero no alcanza a explicar el desánimo que parece haberse apoderado de los inversores. Es que al menos por ahora, el rally que según muchos analistas dispararía la asunción de Barack Obama brilla por su ausencia. De hecho, a pesar de todos los esfuerzos del futuro presidente por seguir los pasos de Franklin D. Roosevelt (mostrándose hiperactivo en todos los frentes y lanzando conatos de planes inflacionarios a diestra y siniestra) y los del actual por pasar lo más inadvertido posible (dejando todas las decisiones importantes para su sucesor), el resultado es la sensación de un Poder Ejecutivo inoperante y un mercado financiero que actúa en consecuencia. Sin dudas, la semana que viene, luego de la asunción de Obama algo -significativo- debería cambiar. Lo curioso es que hoy nadie explica por qué, si estamos a las puertas de la recuperación, el mercado no parece capaz de adelantarse a ello.
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