ARRANCÓ A MEDIANOCHE, PERO AYER POR LA TARDE YA COMENZABAN A SENTIRSE LOS EFECTOS No habrá cumbre con sindicalistas tras la protesta. La CGT tampoco espera poder forzar cambios en el rumbo económico. Incógnita gremial.
Piquetes. El centro porteño fue campo de batalla ayer para piqueteros de izquierda que quemaron cubiertas de auto y lo convirtieron en un caos de tránsito. El Gobierno de la Ciudad no ayudó y precipitó el colapso ya que mantuvo en operaciones la obra de construcción del Metrobus del Bajo, dejando así cerradas casi todas las vías de comunicación norte-sur durante 3 horas.
Como pocas veces en la historia reciente de la Argentina un paro nacional es tan previsible: con una contundencia garantizada por la participación de los gremios del transporte y la adhesión de la inmensa mayoría del arco sindical, desde la CGT convocante inicial- hasta las dos versiones de la CTA y el gremialismo clasista, también puede concluirse de antemano que no causará mayores cimbronazos en el Gobierno, su único destinatario. Ni Mauricio Macri prevé recibir al triunvirato de líderes la central obrera al menos en el corto plazo, ni su equipo tiene en carpeta modificaciones drásticas a la hoja de ruta trazada para el rumbo económico.
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Hasta la escalada verbal entre la dirigencia y los funcionarios parece guionada. Ayer desde la conducción de la CGT respondieron a la calificación de "mafiosos" que les endilgó el mandatario y prometieron que la medida de fuerza tendrá un alcance masivo. En el Ejecutivo, en tanto, avisaron que no sólo Macri no tiene agendado verse con los jefes sindicales sino que la orden es mantener el esquema de relación tal cual se desarrolló en las últimas semanas: acuerdos puntuales por sectores y a través de dirigentes dialoguistas como el petrolero Guillermo Pereyra, el mecánico Ricardo Pignanelli y Gerardo Martínez (albañiles, Uocra).
El Gobierno está convencido de que lo peor de la crisis en particular, la desatada por sus propias acciones- quedó atrás y que sólo resta esperar la cosecha de lo que entienden fue un ordenamiento necesario de las variables macroeconómicas. Incluso, la inyección de autoestima que significó la convocatoria a favor del oficialismo del sábado pasado en esquinas porteñas y de varias ciudades del interior impulsó al Ministerio de Trabajo a profundizar la avanzada legalista contra la CGT y los sindicatos (como los docentes, con la amenaza de quite de personería gremial) que había adelantado este diario tres semanas atrás.
En ese contexto, la principal incógnita es qué hará la central sindical con el resultado previsiblemente auspicioso de la medida de fuerza. Los encargados de trazar la estrategia de la central brindan respuestas brumosas: esperar una reacción de Macri, un llamado a una nueva mesa de diálogo (por una vez, conducente) y la modificación de algunos ítems de la política económica como la apertura de importaciones, una contención real de los despidos y mayor presencia de dirigentes gremiales en espacios ejecutivos. A la par de esos objetivos, que creen fueron expresados en la movilización del 7 de marzo, figura el permanente tironeo por fondos para las obras sociales, que una vez más el Ejecutivo esgrimió como advertencia una vez lanzado el plan de lucha de la CGT.
Para hoy se espera apenas el funcionamiento más o menos aceitado de la maquinaria sindical tradicional. La falta de colectivos, subtes y trenes garantizará la mayor parte de la adhesión a la huelga, y el resto se hará visible puertas adentro de fábricas y comercios, en parte por la imposibilidad de llegar a los puestos de trabajo y, en buena medida, por el malestar latente en los asalariados por la generalizada pérdida de poder adquisitivo.
Algunas inquietudes de los organizadores: los piquetes y cortes de avenidas organizados por partidos de izquierda y gremios clasistas, una postal clásica de las huelgas argentinas en el siglo XXI. Para la dirigencia tradicional suele ser un dolor de cabeza que el impacto del paro quede asociado al temor a circular en medio de los retenes. Por cuerda separada siempre flota la inquietud por eventuales incidentes como los que empañaron la marcha del mes pasado. Esa imagen les dio la razón a los que arengaban por una jornada de protesta sin presencia callejera.
El otro interrogante que abrirá el día después del paro será el balance de las relaciones de poder hacia adentro de la CGT. Una huelga contundente y sin hechos policiales será un espaldarazo para el trío de Héctor Daer, Juan Carlos Schmid y Carlos Acuña, que se vio desdibujado tras los insultos en la marcha y el protagonismo que cobraron los sindicatos industriales, como la UOM, a la cabeza del reclamo por un endurecimiento contra el Gobierno.
Ese sector, que además de los metalúrgicos cuenta con los bancarios de Sergio Palazzo y su Corriente Federal de gremios (gráficos, docentes privados y curtidores, entre otros) apuesta a servirse del empeoramiento del vínculo con el Ejecutivo para alimentar expectativas electorales, que en mayor o menor medida se referencian en el kirchnerismo. Por un lado, el metalúrgico Francisco Gutiérrez al frente de un nuevo Movimiento de Trabajadores Peronistas, y por otro Palazzo en la Corriente Federal, que más allá de las coincidencias todavía operan de forma independiente.
En la vereda opuesta se perfila un grupo de gremios afines al Gobierno. A la cabeza de ellos el rural Gerónimo Venegas, que no sólo hizo campaña por Macri sino que puso a su servicio las históricas 62 Organizaciones, el sello político de la CGT en el que se cobijó buena parte de los exdirigentes que apoyaban a Hugo Moyano. Entre ellos la mayoría no irá al paro, como José Ibarra (del sindicato de conductores de taxis, rival de Omar Viviani), los empleados de estaciones de servicios del interior y un sector de los operarios petroleros.
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