Pron: "Una novela política en la que no se habla de política"

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"Mañana tendremos otros nombres" se ocupa de las nuevas formas del mercado del amor a través de las relaciones en las redes sociales.

Las transformaciones del mercado sentimental, su adecuación a la sociedad líquida de la posmodernidad, y las nuevas formas de relación urbana que ofrece el universo digital son los elementos que explora Patricio Pron, a través de dos personajes emblemáticos: Él y Ella, en la novela “Mañana tendremos otros nombres”, con la que conquistó el Premio Alfaguara de Novela 2019. El rosarino Pron vive desde hace décadas en Europa, se recibió de doctor en Filología en Göttingen, Alemania, y reside en Madrid. Ha desarrollado una amplia obra literaria y ensayística. En su breve visita a Buenos Aires, dialogamos con él.

Periodista: ¿Eligió un escritor y una arquitecta para mostrar la forma en que hoy se ama?

Patricio Pron: No sólo se trata de la forma en que amamos sino también en que deseamos amar. Y qué dicen ambas cosas del sitio que ocupamos en la sociedad en que nos encontramos. No creo que Él sea un escritor en pleno derecho, es su modo de relacionarse con la realidad. En su trabajo la creatividad está sometida a ciertos condicionantes. Así como el trabajo de Ella está condicionado por las desigualdades de las mujeres para ascender a puestos jerárquicos por “el techo de cristal”, el de Él está mediado no sólo por el mercado, por la desaparición de librerías, sino también por una transformación de la forma en que se usa la literatura, en que ya no sirva como un ámbito de acceso de conocimiento del mundo, como en el pasado. Algunos están viendo la literatura como refugio, otros como entretenimiento. “Mañana tenderemos otros nombres”, en todo caso, tiene que ver con la literatura que a mí me interesa leer y escribir, que es la que invita al lector a pensar acerca de la forma en que piensa. En esta novela me he atrevido a no jugar juegos de ventriloquía, hablar a través de los personajes, y decir con mi boca, la del narrador omnisciente, cosas que iban a producir efectos más interesantes. No todo lo que dicen los personajes es algo que yo piense o diga. Lo que nos vincula es la perplejidad, la incertidumbre y preguntas comunes acerca de este momento en el cual las relaciones amorosas están cambiando tan rápidamente.

P.: A la precariedad de lo amoroso se suma la precariedad laboral...

  • P.: Hay un mandato social contradictorio que afecta a las relaciones humanas. Se nos pide que donde trabajamos seamos flexibles, dinámicos y que sepamos readaptarnos a Göningen, circunstancias que cambian todo el tiempo, y a su vez se espera que en la vida privada tengamos relaciones estables, duraderas. Este mandato contradictorio se ve completado por una negación explicita y deliberada de los vínculos entre vida privada y vida pública. Estamos habituados a creer que la vida privada es un refugio de la vida pública. Es así como piensan los personajes inicialmente. La ruptura los lleva a dar un paso atrás para percibir mejor el paisaje, y comprenden que no hay diferencia entre lo público y lo privado sino que ambas confluyen en el ámbito de la experiencia amorosa, que está completamente atravesada y afectada por la economía la y política, y que no deben pensar lo privado, la pareja, como refugio sino como un lugar donde se diriman también esos conflictos, como una versión miniaturizada de la sociedad. En el desmantelamiento amoroso hay un desmantelamiento social. Esta es una novela política donde no se habla nunca de política.

P.: Sus protagonistas pasan a usar el mercado sentimental por internet. ¿La tecnología desalojó la moral tradicional?

  • P.: Estamos en un momento interesante en el cual podemos dar o no nuestro voto de confianza a los desarrollos que se están produciendo, y que provocan fuertes reacciones. Políticos tan disímiles como Trump, Putin, Bolsonaro, los suprematistas indios, el presidente de Filipinas o la extrema derecha europea coinciden en que se están perdiendo los valores tradicionales. Valores que nunca han existido ya que constituyen la visión idealizada de una sociedad donde las diferencias entre hombres y mujeres no sólo permanece como está sino se marcan más. La tecnología está propiciando cosas interesantes, por tremendas. Su intromisión en la vida privada mediante aplicaciones para encontrar pareja tiene un porcentaje de aciertos que no es superior al de la vida real: un 12 por ciento de aciertos. Una amiga me dijo: hay muchos tipos para encamarse, pocos para casarse. La gente que las utiliza dice que están optimizando su vida. Lo que permite es un contrato verbal, de la que la aplicación es garante, acerca de qué es lo que van a hacer, si lo van a hacer una vez o varias, si tiene como finalidad una pareja o sólo un encuentro. En el pasado el contrato verbal era la negación de la seducción, hoy todo está más claro. Es interesante en que abre a la experiencia sentimental, aleja el miedo al encuentro y da un lugar lateral al deseo. Hay más encuentros, pero los índices de soledad no han hecho más que aumentar. En el subte de Madrid vi gente que buscaba relaciones por internet en su celular, y que con un dedo las dejaba de lado. Me pregunté cual era el valor de la vida humana si es tan fácil eliminar de tu vida a una persona, descartar una posible pareja, desde ese interrogante surgieron otros que me llevó a escribir mi novela.

P.: ¿Cuándo el periodismo hace ficción, la literatura se pasa al realismo crítico?

  • P.: Es una necesidad de que ciertos discursos de verdad que no son producidos por el periodismo pasen a ser de la literatura. Es el gran aporte de las transformaciones de las relaciones entre la literatura y el periodismo en los últimos años.

P.: ¿Qué está escribiendo ahora?

  • P.: Hay algo paradójico en ganar un premio importante como el Alfaguara. Por un lado es un reconocimiento, una valoración, un impulso que lleva a seguir, pero a la vez te saca del mercado de la literatura, te hace entrar en entrevistas, charlas, giras. Así que cuando concluya en septiembre recién comenzaré a pensar.

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