3 de marzo 2011 - 00:00

Protegerse, un déjà vu del 30 (así nos fue)

Vuelve a recalentarse el debate económico en la Argentina. En enero, las diferencias estuvieron centradas en el uso de las reservas del BCRA por el Gobierno y la raíz monetaria de la inflación. Ahora, el foco se sitúa en la política industrial del Gobierno. En un rincón están los economistas de FIEL, a los que se sumó José Luis Espert. En el otro se encuentra la ministra Giorgi, a quien sin dudas saldrán a defender las voces principales de la heterodoxia doméstica. Proteger o no proteger, ésa es la cuestión. Se trata sólo del comienzo del debate. El tema amerita su análisis en profundidad, y desde todos los ángulos.

El Gobierno ha decidido cerrar la economía a la competencia importada a través de resoluciones del Ministerio de Industria y de mecanismos más «informales» como los que ejerce el secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, con sus «cálidos» llamados telefónicos.

En su nota en Ámbito Financiero del 28 de febrero, la ministra de Industria, Débora Giorgi, considera que esta nueva vuelta de tuerca sobre el comercio exterior es necesaria para seguir impulsando el modelo que alumbró en 2003 Néstor Kirchner (luego continuado por su esposa Cristina de Kirchner), opuesto en su totalidad al esquema de desindustrialización de aquella calamidad que fue, según sugiere la ministra, la convertibilidad de los 90.

Es cierto que la convertibilidad, si se la juzga por el desastre en el que terminó, tiene muchas más sombras que luces. Pero ¿cuánto «mejor» es un modelo, como argumenta la ministra, que hoy anda mejor que otro que nos llevó a una crisis como la de finales de los 90? No parece que la comparación sea la más adecuada para defender sus ideas proteccionistas. Podría haber elegido «otro» benchmark, al menos que no terminara tan chamuscado.

Además, es fácil hablar del fútbol del domingo con el diario del lunes. Hubiera sido bueno que la actual ministra, siendo consultora de empresas en los 90, advirtiera públicamente y con la misma vehemencia con la que hoy defiende el cierre de la economía, que las cosas podían llegar adonde lo hicieron en 2001-2002, cuando la sociedad argentina sufrió una de las peores crisis de su historia. No se escuchó mucho de ella advirtiendo sobre lo que podía pasar de seguirse el rumbo de colisión que marcaba Domingo Cavallo. Eso hubiera constituido una auténtica muestra de progresismo.

La convertibilidad explotó por una inconsistencia absoluta entre la política cambiaria y la fiscal. Si se dolarizaba la economía (tarifas, depósitos, préstamos, contratos, etc.) y, al mismo tiempo, se atrasaba el tipo de cambio producto de un endeudamiento externo homérico para financiar el déficit fiscal, obviamente el modelo iba a terminar en crisis.

La mal llamada por la ministra «apertura indiscriminada» (salvo que para ella el Mercosur sea demasiada apertura) de los 90, en realidad, fue el atraso cambiario récord que acumuló la convertibilidad, cosa que significó la destrucción no sólo de la industria que compite con las importaciones, sino también del turismo, el agro y la industria exportadora. La tibia baja de aranceles a la importación que fue el Mercosur no fue ninguna amenaza para nuestra producción interna. Sí el atraso del tipo de cambio.

Pero si se quiere proteger, el camino no distorsivo es devaluar y no dificultar el comercio a través de los mecanismos que la OMC permite utilizarlos al máximo posible como hoy: los consumidores pagarán más caro (de todas maneras) los bienes que compren, pero, al devaluar, no se genera un sesgo antiexportador al hacer más rentable producir para la importación que para la exportación (salvo que se les ocurra el delirio de los reembolsos a las exportaciones al mejor estilo Marcelo Diamand).

Hoy la única industria que recibe la gracia oficial es la que produce para competir con los productos que vienen del exterior. Al turismo y a la industria exportadora el Gobierno no los ataca, pero se mantiene a distancia y contra el campo ha desatado una guerra sin cuartel, en particular desde el primer trimestre de 2008, cuando el exministro (ahora 3D) Martín Lousteau descubrió la «piedra filosofal» de las retenciones móviles.

En 2011, la industria que compite con las importaciones experimentará su noveno año consecutivo de crecimiento a tasas altísimas, no hay ninguna amenaza sobre los pocos puestos de trabajo que genera (es muy capital intensiva), sus ganancias empresariales jamás fueron vistas en décadas, no hay ningún estrangulamiento de nuestro comercio exterior, no hay escasez de divisas y si bien el tipo de cambio está atrasándose (alta inflación en dólares), es una consecuencia del inflador que recibe la demanda interna producto de términos del intercambio récord históricos y del «gas» que el Gobierno le mete vía el gasto público y la laxa política monetaria del BCRA para que la industria que compite con importaciones produzca al rojo vivo como hoy.

No hay ningún argumento para cerrar la economía. Si hay algo que la Argentina hizo tímidamente desde la Primera Guerra Mundial y mucho más agresivamente desde la crisis del 30 es cerrarse al comercio. En 1931, las exportaciones representaban el 50% del PBI; en 1960, el 10% del PBI, y recién ahora, medio siglo después, debido a términos del intercambio que son los terceros más altos de nuestra historia, llegaron al 16% del PBI.

Así nos ha ido. Salvo luego de grandes crisis como la hiperinflación y la caída de la convertibilidad, nunca pudimos crecer por encima del PBI mundial, cuando por ser un país emergente que tiene todo por delante, deberíamos haberlo hecho al doble como ocurrió entre 1870 y 1914 (la Generación del 80). Ni la apertura ni las importaciones son malas palabras. Sirven para ser más eficientes en lo que hacemos, permiten incorporar nuevas tecnologías y conocimientos para algún día, tal vez y a través del comercio, producir localmente lo que hoy importamos.

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