4 de junio 2010 - 00:00

¿Puede (quiere) Alemania salvar a Europa?

La tormenta financiera desatada por la crisis de la eurozona no muestra signos de amainar. Esta última semana el mercado interbancario mostró señales de estrés y una volatilidad similares a las de mediados de 2007 cuando se inició la crisis subprime en Estados Unidos, los hedge funds han tenido su peor mes desde la caída de Lehman Brothers, el euro ha tocado su punto más bajo en cuatro años y España ha sufrido una rebaja en su calificación crediticia (no será la última, aún falta Moodys que insiste empecinadamente con su Aaa). En medio de este panorama tan poco alentador, Alemania aparece como la única esperanza de recuperación (¿salvación?) para Europa.

Primero, algo de contexto. Alemania es la cuarta economía del mundo y representa casi el 23% del PBI de la Unión Europea (UE). Con una población de sólo 82 millones de habitantes le disputa a China (1.324 millones de habitantes) el primer puesto en el ranking de los países exportadores. Según datos oficiales, en 2009 sus exportaciones ascendieron a 1.135 millones de dólares, lo que prácticamente equivale al PBI de España. Otro dato importante es que sus exportaciones al resto del mundo representan casi el 40% del total de las exportaciones de la eurozona (grupo más reducido que la UE).

En la última década, Alemania encaró serias reformas estructurales y laborales que le permitieron al sector privado mantener competitividad frente al avance de los BRIC. La depreciación del euro contra el dólar en los últimos meses ha contribuido a mejorar notablemente esta competitividad. Con el euro a 1,50 contra el dólar, la industria alemana podía exportar con buenos márgenes, con el euro a 1,20 su rentabilidad ha mejorado notablemente (recordemos que el euro se introdujo el 1 de enero de 1999 a 1,18). Además, como dijo el ministro de Relaciones Exteriores de Alemania hace unos pocos días, «el éxito de Europa sigue siendo el fundamento de la política exterior alemana.»

Obstáculos

Sin embargo, para que Alemania pueda salvar a Europa debe superar serios obstáculos. Primero, que la bonanza cambiaria generada por la depreciación del euro es el reflejo de serios problemas financieros y fiscales del sur de Europa que inevitablemente tendrán un impacto sobre la economía alemana. Segundo, que casi el 62% de las exportaciones alemanas se dirigen a otros países de la UE. Aunque es de esperarse que la depreciación del euro contribuya a impulsar las exportaciones a Estados Unidos (su principal mercado fuera de Europa), los programas de ajuste en los PIGS van a tener el efecto contrario. Por el momento es difícil saber cuál de ellos prevalecerá. Tercero, que los bancos alemanes tienen una enorme exposición a España, Grecia, Irlanda, Italia y Portugal en sus carteras. Cuarto, que la canciller Angela Merkel se encuentra políticamente entre la espada y la pared. Es líder de una coalición no muy estable que acaba de perder una elección crítica en Renania del Norte-Westfalia. Merkel sabe muy bien que el electorado alemán se opone al rescate de los PIGS, especialmente después de pagar durante años el costo de la unificación con Alemania Oriental y de una década de profundas reformas estructurales. Y como si esto fuera poco, el crecimiento de la economía alemana se ha desacelerado (un 0,2% en el primer trimestre de 2010) y una recesión en la eurozona lo frenará aún más.

Pocos dudan que la economía alemana podría acarrear a Europa sobre sus espaldas. El gran dilema que enfrenta el Gobierno alemán es si rescatar o no a sus socios en dificultades. La integración de Alemania Oriental fue costosa pero tuvo un beneficio político tangible. En esta ocasión, los beneficios son menos tangibles. ¿Qué consigue Alemania a cambio del rescate? Esta es la pregunta que se hacen los votantes alemanes y de allí la renuencia del Bundestag a aprobar el megarrescate de los PIGS (que como reconoció Merkel es sólo para comprar tiempo).

El euro se encuentra en crisis porque en la eurozona no hay un Gobierno unificado, no hay un presupuesto unificado, no hay coordinación de las políticas fiscales de los distintos países ni se aplican sanciones a aquellos países que no cumplan con los criterios de convergencia. Además actualmente no existe ningún mecanismo institucional para resolver crisis financieras en sus países miembros.

Muchos comentaristas han observado que una posible solución a la eurocrisis sería la germanización de la eurozona. Pero es una solución con poca viabilidad. Marx decía que las instituciones, las ideologías y la cultura de una sociedad eran determinadas por su infraestructura económica (las relaciones entre los factores de producción). El experimento europeo parece una refutación de su teoría del materialismo histórico. En Europa la historia y la cultura pesan más que la economía. La germanización encontraría enormes resistencias, especialmente en Francia.

Objetivo

Descartada la germanización, Alemania al menos pretende una mayor influencia política en el Gobierno de la UE (o en el grupo más reducido de la eurozona). Entre las distintas medidas que propone el Gobierno alemán se encuentra la creación de un Fondo Monetario Europeo (FME) que pueda extender fondos a aquellos países con problemas de liquidez. Al igual que su homónimo internacional, este FME impondría requisitos de condicionalidad. Otras propuestas bajo estudio incluyen sanciones para aquellos países que no cumplen con las metas del tratado de Maastricht como la suspensión de subsidios, la suspensión del derecho a voto en las reuniones de ministros de la UE e incluso su exclusión de la eurozona.

Pero el proceso decisorio en Bruselas es bizantino. Le tomó a los 27 países miembros de la UE casi quince años ponerse de acuerdo respecto de la definición del chocolate (qué ingredientes lo componen, que porcentaje de cocoa, grasa, etc.). Los problemas que plantea la actual crisis hoy son mucho más serios y no está claro que haya suficiente consenso (o tiempo) para resolverlos.

Ante esta situación, un escenario bastante probable es el de una ruptura de la eurozona y la formación de un nuevo bloque cambiario más reducido con Alemania como su «ancla» y con una estricta disciplina fiscal como requisito de admisión. Grecia seguramente no va a ser uno de sus miembros. En los próximos meses sabremos si lo serán Portugal, España e Irlanda.

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