24 de enero 2013 - 00:00

¿Qué pasó con la crisis europea?

Mario Draghi
Mario Draghi
¿Qué ocurrió con la crisis europea que ya no asusta a nadie? Ya no hay corrida contra los activos de la región, sino a favor, pese a que ninguna de las variables críticas -el déficit fiscal, la deuda pública o la salud de la actividad económica- pueden certificar un atisbo de reversión. La doble recesión está firmemente instalada, pero las Bolsas del Viejo Continente son las que lideran el rally global en curso, y lo hacen desde la segunda mitad del año pasado. Se sabe en Bruselas -así lo admitió Oli Rehn, el comisario de los asuntos económicos- que España, por citar un ejemplo, no cumplió con las metas fiscales pactadas para 2012 y, sin embargo, no importa. El Tesoro español ofreció colocar 7 mil millones de dólares a diez años el martes y recibió ofertas por más de 22 mil millones. «Nunca en la historia hubo tanta demanda en una subasta», enfatizó el ministro Luis de Guindos. «Se trata de una indicación clara de la credibilidad de la economía española», dijo. ¿Será así? En su última revisión, el FMI estima que la contracción será aún más profunda en 2013 que el año pasado. Por si acaso, la Comunidad de Madrid ya agotó, antes de terminar enero, la colocación de toda la deuda que le autorizó Hacienda Pública para 2013. Y el propio De Guindos anticipa la ejecución de su programa financiero a todo vapor. ¿Qué pasó con la crisis europea? Se diría que bastó con la palabra de Mario Draghi, el titular del BCE, para sanarla. La promesa de una intervención decidida del banco emisor del euro -con un objetivo claro de ponerle un techo a la tasa de interés de los países afectados- obró el milagro. Se dice así y es verdad, pero no es toda la verdad. Para quienes se han montado en el rally de los activos de riesgo, dentro y fuera de la eurozona, importa ahondar un poco más.

En principio, Grecia está fuera del paraguas de la intervención de Draghi ya que el programa del BCE fue pensado exclusivamente para los países que cuentan con acceso a los mercados voluntarios de capitales. Queda claro, pues, que Grecia pudo haber quebrado la tregua europea si la canciller alemana Angela Merkel no hubiera accedido a un tácito tercer rescate. En ese sentido, Chipre es hoy otro presente griego (a menor escala). Y el Fondo Monetario Internacional aboga por una reestructuración drástica de sus obligaciones. Si ello no sucede -pese a las vinculaciones del sistema financiero chipriota con el dinero negro de los rusos-, es también por los buenos oficios de Merkel. De la misma manera, cuando Bruselas descuenta el incumplimiento español de sus metas fiscales, y nada pasa, es porque Alemania ha trocado su beligerancia de antaño por una postura de tolerancia que le era ajena por completo hasta mediados de 2012. Este milagro berlinés es más importante que el que alumbró Draghi en Fráncfort. Entre otras razones porque la pax financiera del BCE requirió acallar las protestas del propio Bundesbank. Tarea que, como se sabe, debió realizar la canciller.

Se vaticinó en su momento que la política alemana le impondría a Merkel un cambio de rumbo. La rebelión de Rajoy y Monti en la cumbre europea de junio del año pasado fue un hito que anticipó el acuerdo entre Draghi y Merkel. No tenía sentido dejar librados a España e Italia a una inestabilidad financiera capaz de arruinar de antemano hasta el mejor de los planes de ajuste. Pero Merkel podía demorar una solución. Lo que la canciller no podía soportar era que el contagio llegase a París, de la mano de François Hollande, tan poco consistente como manejable, y que el capítulo francés de la crisis europea se desplegara como prólogo de las elecciones alemanas de septiembre. Si Merkel cambió, fue porque prefirió cortar por lo sano. Con tiempo. No hay magia aquí: la corrida se acabó, cuando Alemania dijo basta. Ni siquiera hizo falta que el BCE comprara un solo bono de España.

El nexo entre el rally de los activos de riesgo y la agenda política alemana es muy nítido. Por eso la derrota electoral de la alianza que encabeza Merkel («triste y amarga») en la Baja Sajonia merece atención. Así como no estaba en los cálculos de los analistas, quizás tampoco los comicios de septiembre sean el paseo que se pronostica. Merkel es una mujer de suerte: el golpe del fin de semana pasado es un aviso a tiempo. Para los mercados es también una buena noticia: el negocio electoral de Merkel será no hacer olas. Pero hay que tener presente qué significa. No sólo el Bundesbank se opone a las compras de bonos del BCE, también la opinión pública de su país. Por eso es vital que alcance con la promesa de intervención del banco central y que no haya que llevarla a cabo. La Merkel pacifista deviene.

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