¿Qué pedir ahora? Que no hagan cambiar a la Fed

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LOS MERCADOS DEBERÁN ACOSTUMBRARSE A MÁS VOLATILIDAD A CORTO PLAZO

¿Qué esperar de las elecciones? ¿Que, al descomprimir tensiones, sean, por fin, el catalizador de un avance rotundo de las Bolsas? ¿O que las suceda la temida depresión posparto? De dos agendas mediocres en pugna, ¿podrá surgir una definición deslumbrante?

Una explosión al alza, un destello de entusiasmo, no se le debería negar a nadie. Tampoco a Wall Street, pero ¿cuánto durará? El pronóstico del consenso es que habrá más volatilidad. Según la cotización de las opciones del S&P500, cabe esperar que cada rueda fluctúe más del 1% hasta su expiración el fin de semana, más allá del ganador. Sin embargo, la pregunta relevante es otra: ¿se podrá romper la abulia y empalmar con el rally post-Lehman que clavó máximos en septiembre y se truncó después? Para que así sea, resolver el enigma del triunfador debería despejar también la amenaza del precipicio fiscal, que es el gran barranco que lleva a empresas e inversores a pisar el freno. Y cuya cercanía se hará cada vez más gravitante. Cuanto antes la política ensaye una respuesta sensata, mejor.

¿Se les puede pedir mucho más a los comicios? La experiencia aconseja no hacerlo. En una investigación flamante, fechada tres semanas atrás, un equipo de académicos (encabezado alfabéticamente por Scott Bleyer de la Universidad de Wisconsin Oshkosh) se ocupó de clarificar el historial poseleccionario. La conclusión principal, tras indagar el período que va desde 1965 hasta los comicios presidenciales de 2008, no debería sorprender: los inversores tienen que prestarle atención, no al candidato vencedor y su bandería política, sino a las acciones que tome la Fed. Es un consejo basado en la historia, pero que, en la coyuntura, se advierte muy pertinente.

Estará en la picota la continuidad de Ben Bernanke al timón, del QE3 y de la política monetaria no convencional atada a las magras condiciones del mercado laboral. Quizás las acciones efectivas del banco central no se modifiquen, pero se pensará lo contrario, y sólo al cabo del tiempo, si hubo un error de apreciación, quedará en evidencia. Bleyer y sus colegas encuentran que -en los mandatos presidenciales- las políticas expansivas de la Fed son las que marcan la diferencia. Cotejadas con los períodos monetarios de restricción, producen retornos del índice S&P500 que son, en promedio, el 11,7% más elevados. La brecha es muy superior cuando se trata de acciones de compañías pequeñas: el 25,6%. El mundo de los negocios (Wall Street, por amplio margen, pero también Main Street) prefiere a los candidatos republicanos, aunque no hay indicio firme de que los negocios prosperen más bajo su ala. Es curioso: lo que se verifica es lo contrario. Barack Obama lo prueba: las acciones caían a plomo cuando asumió a fines de enero de 2009; los mercados establecieron piso y repuntaron poco más de un mes más tarde y, desde entonces, duplicaron su valor. Ni Ronald Reagan ni George Bush Sr. pueden igualarle el palmarés a Obama en un período de cuatro años (tampoco el demócrata Bill Clinton). El papel de Bleyer et al se pronuncia en igual sentido: encuentra que los resultados accionarios fueron más altos durante mandatos demócratas que republicanos. Pero la diferencia no es estadísticamente significativa cuando se trata del S&P 500 (sí para los llamados «small caps»).

Como broche, vale tener en mente la conclusión postrera que aportaron Bleyer y sus coautores. No importaba quién ganara: los inversores en acciones deberán esperar hasta 2015 para recoger realmente los beneficios de la campaña electoral. Tras los comicios, los efectos inmediatos pueden ser vertiginosos, pero -en promedio- son ilusorios. Cuando se emplea la lupa del rigor estadístico, es el tercer año del mandato presidencial el único que ofrece el plus de una prima consistente.

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