31 de agosto 2011 - 00:00

¿Qué sabe Moody’s que nosotros no sabemos?

Recientemente, una calificadora colega se pronunció acerca de las perspectivas del sistema financiero argentino como un todo, advirtiendo sobre un escenario que podría convertirse en adverso en los próximos meses.

Como expresara en una nota anterior, (ver Ámbito Financiero del 17 de agosto pasado), una calificación de riesgo no es más, ni menos, que una opinión, fundada en una metodología técnica, respecto de la probabilidad de que un instrumento de deuda sea pagado en sus condiciones de emisión.

En el caso de la calificación de entidades financieras, se opina, entre otras cosas, sobre la capacidad de cada banco, de devolver sus depósitos, en condiciones normales. La metodología de calificación incluye la evaluación tanto de indicadores «numéricos», como también, consideraciones acerca de las cualidades del accionista controlante y del management de las entidades, de manera de incorporar datos claves sobre la voluntad de pago y la minimización del riesgo de fraude o de errores de conducción que pudieran llevar a un banco a la quiebra, independientemente de sus coeficientes técnicos.

Es más, insisto, son esos datos «cualitativos» los que más frecuentemente llevan a errores de calificación en casos de default.

Mirando los datos exclusivamente numéricos dado que las consideraciones sobre accionista y management son individuales, y no pueden ser «sumados», y tomando al sistema financiero como un todo, se observa que el mismo hoy goza de muy buena salud.

Está bien capitalizado, podría perder el 10% de sus activos y seguir sin tener que aportar capital. Presenta un alto grado de liquidez, tanto en disponibilidades como en instrumentos financieros de corto plazo. No presenta una muy elevada exposición al sector público. Su cartera irregular es muy baja y está muy bien previsionada, en promedio, y cubre con ingresos por servicios (obviamente menos afectados al ciclo de crédito que los ingresos financieros), casi la mitad de sus gastos.

En nuestra metodología cuantitativa, y, otra vez, sin incluir las características cualitativas antes mencionadas, claves para la calificación, el sistema, como un todo, merecería una opinión de «A». Es decir entraría en el segmento de mejor calificación.

Sin embargo, hay dos cuestiones que merecen destacarse y que pueden afectar las perspectivas del sector. En primer lugar, la relación utilidades/activos resulta muy elevada (más de un 50% por encima de estándares internacionales), esto puede deberse al escenario de alta inflación actual. En efecto, las entidades financieras captan una parte de sus depósitos a «tasa cero» y los prestan a tasas nominales altas. Como contracara, el sistema presenta elevados gastos de administración, es decir el sistema resulta operativamente «caro». Esto podría deberse, no sólo al fuerte incremento de los costos laborales, común a toda la actividad en la Argentina en los últimos años, sino que, precisamente, por la elevada inflación y los efectos residuales del default y la crisis financiera de 2001/2002, el sistema financiero argentino es muy pequeño y no tiene la escala adecuada para distribuir sus gastos fijos más eficientemente.

En síntesis, numéricamente el sistema presenta muy buenos indicadores.

Mirando sus perspectivas, paradójicamente, un escenario de convergencia a una tasa de inflación más normal afectaría su rentabilidad, aunque esto podría compensarse, en el tiempo, con una mayor escala derivada de los efectos benéficos sobre el tamaño del sistema financiero local, de una baja inflación y de un contexto de menores distorsiones intervensionistas y de más «mercado».

(*) Presidente de Evaluadora Latinoamericana SA, calificadora de riesgo.

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