8 de marzo 2012 - 00:00

Ramos, un político, asume hoy en reemplazo de Pablo Schiavi

Alejandro Ramos, un político con experiencia como intendente de la ciudad santafesina de Granadero Baigorria, reemplazará a Juan Pablo Schiavi como secretario de Transporte. Desde esa función había desarrollado argumentos sobre esa área que adelantan su pensamiento. Su referencia política es nacional por sus relaciones con Julio De Vido.
Alejandro Ramos, un político con experiencia como intendente de la ciudad santafesina de Granadero Baigorria, reemplazará a Juan Pablo Schiavi como secretario de Transporte. Desde esa función había desarrollado argumentos sobre esa área que adelantan su pensamiento. Su referencia política es nacional por sus relaciones con Julio De Vido.
El consuelo último de Juan Pablo Schiavi fue semántico. La Casa Rosada, con efímera complacencia, autorizó que la salida del secretario de Transporte trascienda como una renuncia por motivos de salud y no como lo que fue: un cambio forzado por la tragedia.

Alejandro Ramos, abogado, 35 años, alcalde de Granadero Baigorria, fue nombrado como sucesor. Temprano, estuvo en Olivos, donde Cristina de Kirchner le ofreció el cargo -que aceptó- y por la tarde regresó a su ciudad para ordenar la retirada, con licencia, de la comuna.

Anoche se preparaba su asunción para este mediodía.

Entre el accidente de Once y el desplazamiento de Schiavi pasaron dos semanas, una saga de erróneas excusas oficiales, el giro hacia una agenda crítica para los K y el derrumbe -algunos sondeos dicen 5 puntos, otros 15- en la todavía alta imagen presidencial.

Sin background en Transporte, Ramos apareció en el radar de Olivos sugerido por Julio De Vido. Se vinculó con el ministro como portavoz de un malón de intendentes santafesinos castigados -por su ADN peronista- por el gobierno socialista de Hermes Binner.

Cuando Carlos Reutemann era visualizado como una amenaza por los Kirchner, Ramos se plegó a un bloque ultra K que tuvo como lazarillo a Gustavo Marconatto, ex diputado y ahora directivo de Aerolineas Argentinas, y el susurrado aporte de Juan Carlos «Chueco» Mazzón.

Obediente, luego nutrió con otros caciques la aventura de Rafael Bielsa, cincelada sobre la teoría de que Kirchner no quería a Agustín Rossi como competidor. Sin la exposición de Amado Boudou -que se mostró con Rossi- De Vido alimentó el armado bielsista.

Cuando Bielsa digitó sus listas y excluyó a la liga de intendentes éstos -entre ellos Ramos- fugaron en auxilio de Rossi, que ganó la interna pero perdió la general. A Ramos le fue mejor: renovó como alcalde de Granadero Baigorria con casi el 70% de los votos.

Se cuenta que en aquellos días Ramos aceitó su relación con José María Olazagasti, el más público de los operadores secretos del ministro de Planificación. Esa hoja de ruta no es una referencia inocente: como factor supletorio de la falta de experiencia en cuestiones de Transporte, se destaca la destreza política del futuro secretario.

El fin de la estadía de Schiavi en Transporte -cargo que asumió en 2009- tiene otro matiz: por primera vez desde 2003, Julio De Vido toma el control pleno del área. No ocurrió en tiempos de Ricardo Jaime, que se movía con autonomía y teléfono rojo propio, ni tampoco con Schiavi.

Incógnita

Anexo: anoche latía la incógnita sobre el pelotón sindical que se reparte en las subsecretarías de Transporte entre ellos Antonio Luna, en el segmento ferroviario -que reporta a La Fraternidad de Omar Maturano- y Jorge «Gallego» González, el moyanista que tiene a su cargo la cuestión Automotor.

La llegada de Ramos, un dirigente joven del peronismo de Santa Fe, supone para De Vido recuperar protagonismo pero, en paralelo, asumir un riesgo en un área hipersensible que está en constante observación.

Un mismo movimiento animó dos interpretaciones en el planeta K: para algunos refleja el reposicionamiento del ministro de Planificación luego de desgaste que implicó rankear como jefe de Gabinete para quedar, luego, en su antiguo despacho y sin funciones extra. Además, por sus entreveros con el expansivo Guillermo Moreno, que se encargó de imputarle el deficit en la ecuación energética.

En verano, De Vido viajó a Venezuela en busca de una solución mágica: que PDVSA ingrese en el negocio de las refinerías en el país.

La extrovertida misión de Moreno a Angola para canjear alimentos por combustible fue leída, en clave K, como otro avance del secretario de Comercio sobre el territorio de De Vido. Según esa óptica, al sugerir el reemplazo de Schiavi en Transporte, el ministro de Planificación consiguió avanzar un casillero.

Pero hay en sectores del Gobierno otro prisma para observar el fenómeno: advierten que se trata de una bendición con aroma a castigo porque, a pesar de su desmarque de Jaime y de Schiavi, se debe hacer cargo de un área que está en su órbita desde hace casi nueve años. Es decir: la obligación de ordenar lo que no ordenó o permitió que se desordene a lo largo de la última década. El desafío, obligado por la Presidente, de tener que encontrar la salida de un laberinto que construyó o ayudó a construir.

Expedientes

Más allá de traducciones y lecturas, De Vido quedó en el centro de la escena de la etapa de sintonía fina: tres de los expedientes más delicados de los próximos meses del Gobierno cristinista reposan sobre el escritorio del ministro de Planificación Federal. Se trata de la quita de subsidios a los servicios públicos que ya entró en vigencia con fuertes aumentos, la crisis energética que detonó un conflicto con YPF y, de rebote, con el Gobierno español, y luego la tragedia de Once, la fragilidad del sistema ferroviario.

Un cuarto ítem es la transferencia del subte al Gobierno de Mauricio Macri. Es el único capítulo en que la Casa Rosada espera sacar algún rédito. Lo confirma la contraofensiva de ayer de la Presidente al anunciar el envío de un proyecto al Congreso para ratificar el traspaso.

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