Razones de la suba del oro: la conexión china

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Hay muchas razones que anidan detrás del embate del oro. Virtualmente desaparecido en acción, cuando la acción cobró mayor voltaje, el metal precioso volvió a la palestra. Oráculo inescrutable, nada lo erizó más que el tropiezo y posterior rescate de Bear Stearns. Un mojón significativo de la crisis internacional pero que, a la luz de los graves acontecimientos posteriores, resulta imposible calificar como decisivo. Sin embargo, ni la bancarrota de Lehman Brothers fue capaz de extraerle una reacción tan electrizante. Tampoco las sombrías lecturas de inflación de julio de 2008 cuando -junto con la estela de un barril de petróleo en 147 dólares- la aguja de los precios minoristas entonces se clavó (considerando los doce últimos meses corridos) en el 5,6% en los EE.UU. y en el 4% en la Europa del euro. En el fragor de la crisis, la valla que colocó Bear Stearns -la cotización de los 1.030 dólares la onza- permaneció invicta. Pero, en curiosa paradoja, cuando todo sugiere que se domó el potro de la crisis, la marca máxima vuelve a lucir amenazada. No es, por cierto, la primera vez que ocurre. Ésta es la tercera intentona sólo en 2009. ¿Será la vencida? Al cruzar, aunque fugaz, la orilla de los mil dólares, no hay dudas de que ya es la que llegó más lejos.

Como se dijo, hay muchas razones detrás de la suba del oro. Reales, equívocas y ficticias. Todas lo empujan. Cabe consignar que el aumento de la demanda física privada, por cierto, no es una de ellas. Al menos, no todavía. Ni la demanda de los fondos ETF ni, mucho menos, la de la joyería dijo presente. Se aduce también que las expectativas de inflación levaron anclas y que el mercado de los metales preciosos refleja la vivacidad de esos vientos. Pero mientras se agitan las cáscaras de nuez, los navíos de gran velamen -y mayor exposición- como los bonos del Tesoro, en una semana dominada por nuevas colocaciones primarias, no acusan una sola gota de brisa. No importa. Queda siempre abierta la posibilidad de la profecía que se cumple a sí misma. El oro resucitó, las dos últimas semanas, de la mano de un dólar que, a la par, ganaba terreno. Pero quedó a la vista, ayer, que la firmeza de la divisa se desbarrancó. En compensación, si falta evidencia, o demora en apersonarse, su lugar lo ocupan, con real beneficio, otros factores arcanos. Quienes buscan señales en los gráficos y las constelaciones de precios esgrimen como prueba convincente que el trazo de las cotizaciones rompió en forma favorable una crítica figura geométrica asociada siempre a un destino binario. Debería ser obvio: para quienes practican el credo de que el movimiento se demuestra andando, el andar ha sido fuerte y hacia arriba. Se suman, pues, a la cruzada. Y otros, muchos más, lo harán sin preguntar mayores razones, si efectivamente el oro franquea la puerta cancel de los 1.030 dólares. En rigor, la crisis decantó pero no canceló la incertidumbre. La misma persiste, sólo que con otros interrogantes. Y el oro, simplemente, lucra a su sombra.

Entre el cúmulo de razones, no podría faltar Asia. Y, en concreto, China. La insatisfacción de Pekín con sus copiosas reservas en dólares es un secreto extrañamente difundido por altavoces. Las quejas, por cierto, no impiden que la acumulación prosiga. Y el celo en mantener la paridad entre el yuan renminbí y el dólar, lejos de aminorar por la crisis (y por la decisión previa de adoptar como referencia una canasta de monedas), se acrecentó. Un dólar débil, en ese contexto, fuerza a elegir entre dos situaciones que desagradan a las autoridades: o se deja que el yuan se aprecie o se interviene en el mercado de cambios y se compran dólares para sostener el tipo de cambio bilateral. Mientras la intervención sea el «mal» menor, el dilema de las reservas no tiene visos serios de solución. En concreto, la aspiración de diversificar las tenencias de activos externos avanza cuando el dólar se fortalece o, en caso contrario, sólo lo hace a paso de caracol. Con ese propósito en miras, de ardua concreción, China ha sido vocal en su intención de incorporar en el menú una cuota creciente de oro. En rigor, no sólo vocal: ya duplicó su posición llevándola, según el último registro disponible, a 1.054 toneladas. Dicho sea de paso, las propias autoridades han alentado a sus connacionales a conservar sus ahorros en el metal precioso. Su visión, además, es muy específica: según han dicho, es el oro -y no otros metales de uso industrial como el cobre- el que satisface el doble papel de servir como refugio de valor y como activo monetario alternativo.

En apariencia, al menos, China arrima dos argumentos al debate. Aporta una razón más al inventario de los posibles gatillos de una suba (con las limitaciones, ya citadas, que se derivan de la incompatibilidad entre sus aspiraciones). Pero lo más valioso es que si el movimiento se frustra (es odioso decirlo, una vez más) China promete un cojín para atajar la caída. En palabras de Cheng Siwei, un funcionario chino y veterano miembro del Partido, que ahora oficia de embajador itinerante, pronunciadas en el Ambrosetti Workshop, a orillas del lago Como, China es un comprador sistemático de oro, obligado, por su tamaño, a dosificar su actividad; a comprar cuando el mercado se retrae. La cita es de Ambrose Pritchard-Evans, fue publicada esta semana en The Telegraph, y es por demás sugestiva. Dos conclusiones emergen tentativas: si China habla «on the record» es porque, de momento, ya compró lo que quería.

Uno se pregunta: ¿China hará trading? ¿Venderán en el techo para remontar posiciones abajo? Uno supone que no. Aun así, todo indica que perforar la barrera de 1.030 dólares requerirá otros factores distintos del mero apetito de Pekín. En paralelo, la idea de una política de compras de largo plazo, que le pone un eventual piso a un mercado que es de dimensiones reducidas, goza de evidencia empírica a su favor. Pero conviene repasar que, en los dos últimos años, cuando presumiblemente esta política ya estaba en curso, cuatro veces, los soportes sólo aparecieron en una franja hoy distante como ser los 700-750 dólares. Quizás esos niveles estén desactualizados pero, en todo caso, cuando el oro atacó en marzo el mismo objetivo que hoy -y se quedó sin fuerzas- hubo que aguantar un chubasco de más de 100 dólares hasta encontrar respiro. En definitiva, la conexión china no deja de ser un ingrediente favorable máxime si el inversor es capaz de mimetizarse y adoptar la misma paciencia oriental.

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