16 de noviembre 2009 - 00:00

Reacción de Obama: “Es el desempleo, estúpido”

José Siaba Serrate
José Siaba Serrate
La angustia desapareció hace tiempo. Las Bolsas, hasta se permiten momentos de euforia. Para cada vez en más países, la recesión se convierte en una imagen en el espejo retrovisor. Estados Unidos creció un 3,5% anualizado en el trimestre que concluyó en setiembre. La Unión Europea también saltó el cerco -luego de cinco trimestres de retracción- y avanzó un tenue 0,8%. La Europa del euro lideró el embate del Viejo Continente con un aumento del 1,6%. La recuperación va en camino, aunque a distintas velocidades y con un lote no menor de rezagados (sólo en la Europa de los 27, cabe citar a España, Gran Bretaña, Grecia, Estonia, Rumania, Hungría y Chipre). Si todavía se cree en la capacidad de oráculo de las Bolsas, la rehabilitación completa sería sólo materia de tiempo.

De las 42 plazas bursátiles más importantes del planeta -expresadas en moneda local; o sea, sin la ayuda de la depreciación del dólar- todas cotizan con alzas de dos dígitos en lo que va de 2009.

Sin embargo, la corrosión no cesa. Si la crisis persiste es porque el ácido de su erosión se esparce y continúa vigente. ¿Que lo peor de la tormenta ya quedó atrás? No debe ser lo que piensa el presidente Obama. La economía y los mercados eran dos brasas ardientes cuando asumió a fines de enero. Y, ni punto de comparación, las mejorías son notables. No fue, por cierto, la mano invisible la que conjuró los peligros: no puede ignorarse la contribución activa de su gestión de gobierno. Pero el electorado, sobre todo, los votantes independientes, tienen sus propias convicciones. Y los comicios para gobernador en Nueva Jersey y Virginia demostraron que la idea de cambio -que instaló al propio Obama en la Casa Blanca- no se agotó con Obama ni se satisface con los progresos registrados en estos diez meses de vértigo de la nueva administración.

Las victorias republicanas en ambos estados -donde el presidente se involucró personalmente (según Karl Rove, el monje negro de George Bush Jr., con «ocho apariciones de campaña»)- causan lógico revuelo en las filas del Partido Demócrata. Y el duro traspié urge una revisión de la estrategia con miras a las vitales elecciones parlamentarias de mitad de período de noviembre 2010.

No es Wall Street lo que define el ánimo de los votantes sino Main Street. La economía real. Que para restañar el nivel de actividad haya que atajar el desbande en Wall Street es una verdad rotunda que, sin embargo, no arrima sufragios a las urnas. Todo lo contrario. La percepción que prevalece es que Wall Street provocó la recesión con su afán por la especulación desmedida y que el Gobierno falló por desidia y falta de regulación. Y, ahora que toma cartas en el asunto, se piensa que falla nuevamente al correr a su rescate con los dineros de los contribuyentes.

Si la economía real importa -mucho más que la reforma del sistema de salud, según las encuestas-, ¿por qué las urnas no dan mérito a la gestión de Obama? Se evitó el bis de la Gran Depresión y se sabe que no habrá reconocimiento: no se entregan medallas por las guerras que no se pelean.

Pero, a la par, se logró encarrilar la economía gracias al empeño de las políticas públicas y antes de lo esperado. La respuesta es sencilla. En una encuesta reciente de Ipsos/McClatchy, sólo el 7% de los consultados considera que la coyuntura crítica revirtió su curso. Lo que manda es la insatisfacción por el deterioro que se percibe. Queda claro, pues, que la población no forma su opinión de la lectura de las cuentas nacionales. Ni siquiera de sus titulares en letras de molde.

La diferencia entre temperatura y sensación térmica es crucial. Bill Clinton le arrebató la reelección a George Bush padre -y obtuvo su primera presidencia- en un entorno que hoy luce extrañamente familiar. La economía ya había comenzado a remontar la cuesta pero, para el lego que teme su cesantía, una recuperación que destruye puestos de trabajo no se distingue de una recesión contante y sonante. Que el producto bruto crezca el 3,5% es una abstracción que exige un esfuerzo de comprensión. Una tasa de desempleo de dos dígitos, que la recesión haya destruido más de 7,1 millones de puestos de trabajo o que el ejército de desocupados supere los 15,7 millones de personas son realidades que se intuyen y no demandan explicación. En la encrucijada, cuando las estadísticas se bifurcan, el mercado laboral determina la sensación térmica del votante. Y, por lo visto, no vislumbra sosiego.

Todo político que se precie debe conocer las reglas del juego. Obama reaccionó con presteza. El jueves pasado convocó a una cumbre sobre empleo que se celebrará el mes próximo en la Casa Blanca. Acusó recibo.

Admite así que no basta, pues, con vanagloriarse de los puestos de trabajo que logró salvar su paquete de estímulo fiscal. Hay que hacer más (y mostrar la preocupación públicamente). Si se piensa que en la Unión Europea la crisis fue más severa en hundir el producto bruto (un 4,9% versus el 3,8% en los EE.UU.) pero mucho más suave en términos de la pérdida de empleos (1,9% versus 4%), se puede intuir hacia dónde virará la agenda de nuevas iniciativas. Así, el choque con los republicanos, lejos de moderarse, encontrará aquí otra veta de aliento. La ventaja de Obama es que el tiempo juega a su favor. Falta un año para los comicios parlamentarios. Para entonces la correa de transmisión de una economía más saludable debería traccionar también al mercado laboral. Pero está visto que el presidente no quiere correr riesgos. Prestará oídos a las propuestas que le garanticen una respuesta más rápida.

Después de echar mano a los créditos fiscales para revivir la venta de autos y de vivienda, ¿habrá llegado el turno de su aplicación para la creación de nuevos empleos?

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