29 de marzo 2010 - 00:00

Rumbo de Wall St. se define Viernes Santo

José Siaba Serrate
José Siaba Serrate
Los idus de marzo no fueron nefastos para las Bolsas. Los 11.000 puntos del Dow están a tiro. Wall Street no cree en vaticinios sombríos. Y el mercado alcista, a pesar de las desventuras de atenienses y espartanos, coronó nuevos máximos rotundos. La proximidad de las calendas de abril, entre tanto, probó ser terreno más resbaladizo. Dos ascensos de vértigo abortaron el jueves y el viernes. Y el mercado de bonos del Tesoro recibió una golpiza tras una trilogía de subastas que halló muy fría recepción. Tanto que Alan Greenspan -un oráculo que se niega al retiro- sentenció que la caída de los bonos podía ser «el canario (asfixiado) en la mina de carbón». ¿Le faltará el oxígeno también a la suba de las acciones? Nada lo sugiere. El avance, por cierto, no se doblegará sin pelear. No se trata aquí de ningún pichón asustadizo. Es, más bien, un elefante que ya tomó posición y, aunque el aire se enrarezca, será difícil detenerlo en un bazar.

La escalada de las acciones no precisó de catalizador, ni de volumen, ni de un rosario de buenas noticias. Simplemente, la encerrona que se montó en enero fracasó. Forzar el desmantelamiento de las posiciones cortas sirvió como propulsor. La suba fue tenaz y si se la descarna se encontrará una única, firme, convicción: la reflación de los activos financieros de riesgo funciona. La política monetaria de tasa cero no borra los temores, pero reinstaló la ambición. El ostracismo -no tomar riesgos en el portafolio- es una condena sin látigo que tampoco se soporta. Basta mirar los flujos de los fondos del mercado monetario para comprobarlo. Su momento de gloria fue el más aciago para las Bolsas. Cuando comenzó el mercado alcista, un año atrás, estos fondos comunes comandaban activos por 3,9 billones de dólares. Hoy no alcanzan los 3 billones. El trasvasamiento es cauteloso, rara vez concurre directo hacia las acciones, pero mientras el «cash» queme en las carteras habrá filtraciones. Que Ben Bernanke repita, dos veces por mes, que la economía precisa la quietud de las tasas bajas, gratifica. Wall Street también las necesita. Uno diría que con eso solo se las arregla. Sin embargo, no es así. La Bolsa se anticipó como una exhalación pero en abril deberá rendir cuentas.

La suba de las acciones podrá tomar envión con el cierre de mes (y de trimestre) este miércoles. No está mal visto, después de la vuelta campana de febrero, aparecer en la foto con una cartera poblada de papeles privados. Si la casete de Grecia se guarda en la guantera hasta probar las aguas de una nueva emisión de deuda, tanto mejor. Pero el plato fuerte vendrá el Viernes Santo. Con la Bolsa cerrada, sin actividad por el feriado, se conocerá el informe de empleo de marzo. En un rally que lideran los papeles cíclicos -los sectores de consumo discrecional, financieras, industria y transporte- no basta con tasas cortas a ras del suelo, el vigor económico debe confirmar la apuesta. Y la mejor manera de fortalecer la recuperación -insípida, si se la coteja con las experiencias pasadas- es que la maquinaria de creación de puestos de trabajo se ponga en marcha. Si Greenspan tiene razón -y la política fiscal es un canario amenazado-, el incentivo generoso de un déficit de 10 puntos del PBI deberá replegarse. Y una economía incapaz de sumar empleos cuando se la asiste no llegará lejos si se le retacean las muletas.

La Bolsa apuesta fuerte porque juega con naipes marcados. La resistencia del mercado laboral a los temporales de febrero alienta las expectativas de un marzo que hasta podría resultar soberbio (alimento para el elefante pero tribulaciones para el canario). Que se gesten 190.000 nuevos puestos (netos) de trabajo es lo que vaticina el consenso y, a primera vista, una cifra más que suficiente para dejar atrás la recesión laboral. Sin embargo, se debe separar la paja del trigo: el sector privado será el verdadero árbitro de la mejoría. Y como se espera que aumente su dotación en 40.000/50.000 posiciones nuevas, las presunciones son favorables. Si se ratifican, no sólo la recuperación lucirá más sólida y factible de independizarse progresivamente de los estímulos oficiales, sino que se relajará otra fuente de tensión: la propia valuación de la Bolsa. A nadie escapa que las empresas de EE.UU. capearon la crisis blandiendo el hacha sobre los gastos y, en especial, podando sin contemplaciones la mano de obra. La resurrección de las utilidades que, trimestre tras trimestre, muestran los balances corporativos es una historia basada en la reconstrucción de los márgenes de beneficios. Es un progreso sesgado hacia la reducción de costos (por ende, con un límite natural en el tiempo), con magros aportes de mayores ingresos. Que el sector privado decida contratar trabajadores -en línea con las tres últimas lecturas de los informes ISM de la industria- sería una señal potente de que opera un repunte de la demanda que las empresas confían que se sostenga. Y como el cuchillo raspó hasta el hueso, y los costos fijos de contratación obran a manera de embalse, el viraje del empleo privado -cuando se produzca- sorprenderá por su magnitud. Si es así, las hipótesis de crecimiento de ganancias que justifican las cotizaciones de Wall Street lucirán más accesibles.

Los naipes marcados van más allá. Se espera que la economía añada 190.000 puestos de trabajo, no sólo los 40.000/50.000 del sector privado. La diferencia no la aportan los planes extraordinarios de estímulo. La parte del león surge de la realización del censo poblacional (y la consecuente necesidad de contratar técnicos y encuestadores). Son trabajos temporarios, sin duda, pero también una fuente adicional de ingresos que repercutirá casi todo el año (más tiempo que muchos de los programas específicos de aliento). Su dinámica in crescendo -con un techo previsto de 635 mil empleos en mayo- provee, pues, un mullido colchón ante un eventual error de los pronósticos que obligue a extender la espera de tiempos mejores.