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Salta es la primera escala de Premio de Arte Joven
«The End» de Hernán Salvo, una de las obras más cautivantes del Salón de la Fundación Williams, inaugurado en las salas de Procultura de Salta con dibujos de 41 artistas de última generación.
Hace unos días llegó a Salta el Premio de Arte Joven de Dibujo, un certamen de la Fundación Williams donde participan artistas jóvenes de todo el país. Nora Iniesta, asesora de la Fundación, inauguró el Salón en las salas de Procultura Salta, una institución privada que preside Agustín Usandivaras (h) emplazada en una bella casa de la calle Mitre.
El dibujo, técnica que en estos últimos años disfruta de una jerarquía que en nuestro país nunca había tenido, reviste un interés especial para los artistas, docentes y operadores culturales de Salta y de todo nuestro país, heredero de la tradición del óleo que llegó de España y volcado a la pintura desde los orígenes.
Los 41 artistas de última generación abordan los temas que hoy están en el candelero. Si bien los premios suelen ser arbitrarios, dada la naturaleza por lo general inefable del arte, el Salón del Williams ha logrado reunir obras de excelencia. Esto aseguró el académico y miembro del jurado Eduardo Stupía, cuando dijo que el nivel de calidad del Premio supera el de los salones nacionales. Y Stupía bien puede hablar de esta disciplina, no sólo desde la praxis que lo consagró sino, además, como maestro y curador durante más de una década del programa «La línea piensa», junto a Luis Felipe Noé.
Varias razones confluyen para que el dibujo haya elevado su status. Para comenzar, las nuevas generaciones tienen a su disposición una caja de herramientas: allí están, para servirse con entera libertad, las viejas y nuevas tecnologías y los más diversos materiales.
El mejor ejemplo es la obra ganadora del Primer Premio de Elisa O Farell. Se trata de una serie de dibujos que representan distintos modelos de radios y que la artista realizó espontáneamente durante su programa en «La Tribu», acaso tratando de imaginar cómo era el aparato de quienes hablaban con ella. Mientras observa las obras, el espectador puede escuchar a través de unos auriculares el audio de las conversaciones de la audición de radio. La obra se encuadra en el denominado «arte relacional», dado el vínculo que se establece con las personas y la intención de generar espacios de diálogo y transformación.
El segundo premio lo ganó Julián Terán con «Hot spots», una tinta sobre papel con una imagen despojada que habla de la necesidad de proteger la biodiversidad. La economía de líneas se condice con el dibujo minimalista realizado mientras la ciencia descarta estrategias maximalistas para la conservación de zonas denominadas «biodiversity hot spots» (puntos «calientes» de biodiversidad con un número elevado de especies). Terán opta también por el minimalismo, aunque sin renunciar a la belleza retiniana.
Dedicada a fomentar alianzas entre la ciencia y la cultura, la Fundación Williams sumó varios premios en sintonía con sus objetivos. En «Topografía», Bárbara Kaplan dibujó el mapa del mundo con lápices de colores sobre la grilla del papel «transfer»; todo un gesto desprejuiciado, utilizar una técnica cuyo empleo común es el de decorar remeras para exhibir un mapamundi que parece un colador.
Hay una obra que se destaca por su carácter obsesivo: la instalación, las «Cadenas alimentarias» de Carlos Ricci. Los dibujos de las diversas especies animales realizadas con tinta sobre rollitos de papel de fax o de tickets, cuelgan desde la pared y desbordan el espacio extendiéndose por el piso. Semejante despliegue se percibe como el anuncio de un crecimiento anómalo de las especies, de algo extraño que ya aconteció o está por acontecer.
Entre las menciones figuran Alfio Demestre, Cecilia Candia y Hernán Salvo con una de las imágenes más cautivantes de la muestra: «The End». Salvo dibujó una pantalla de un cine y la platea en la sala oscura y semivacía, así creó un clima que funciona como un dispositivo que echa a andar de inmediato la imaginación. En este mismo sentido, las obras «Himno a la noche» de Leonardo Gari y «Piel de cordero» de Analía Bruno, remiten al mágico y en ocasiones siniestro universo de los cuentos infantiles.
La contaminación interdisciplinaria, los desplazamientos que se generan desde -o hacia- la fotografía, la pintura, el collage y la instalación se perciben en la obra de Diego Haboba. Con la intención de indagar el pasado, Haboba rescata la imagen de una comida donde los personajes posan sonriendo para una foto, y la manipula hasta lograr el aspecto borroso de un recuerdo que se esfuma.
Mariana Sissia presenta uno de sus paisajes en grafito, y Viviana Blanco, el poderoso atractivo visual de su dibujo «Carne», que atrapa las miradas con el estratégico uso del color. «Arquivo carpe diem» de Alejandro Somaschini es un dibujo realizado en transfer con cera de abejas sobre azulejos, una bella columna con sus volutas arquitectónicas que implica una reflexión sobre el hábitat y el ornamento.
En suma, el noble oficio del dibujante está en alza y ante el avance de las nuevas tecnologías, entabla relación con ellas sin ceder un palmo de su territorio. El Premio, inaugurado en el Centro Cultural Borges en diciembre del 2010, proseguirá su gira en el nuevo Museo Provincial de Bellas Artes de Resistencia, Chaco, para arribar en diciembre al MAT, el Museo de Arte Tigre.
* Enviada Especial


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