28 de junio 2012 - 00:00

Sánchez Sorondo, figura clave

El domingo que pasó murió a los 99 años en la Capital Federal el escritor y político nacionalista Marcelo Sánchez Sorondo. Fue uno de los principales animadores de esa línea, a la que aportó con acciones, escritos y también inspirando a varias generaciones de políticos que actuaron en diversos partidos. Era hijo del dirigente conservador Matías Sánchez Sorondo, tuvo notoriedad pública cuando en 1973 compitió en listas del peronismo por una senaduría por la Capital Federal y perdió contra Fernando de la Rúa, editó la revista Azul y Blanco y publicó un libro que sintetiza su pensamiento y que figura entre los más importantes publicados sobre el país: «La Argentina por dentro». El escritor Felipe Yofre lo ha recordado con estas palabras.

Los árboles sin hojas se colaban, el pasado 25 de junio, por el amplio ventanal del 2º piso de la calle Montevideo y Juncal, que fuese de Marcelo Sánchez Sorondo, suerte de réplica de la casona paterna de la calle Canning donde se crió. Entre libros, cuadros coloniales y fotos, y un morrión de granadero (Regimiento que comandó su hijo, el coronel Santiago) lo velaron rodeado por su familia, numerosa prole y amigos y se ofició la misa de cuerpo presente celebrada por el vástago sacerdote quien conforme su deseo «lo asistió con su presencia y oraciones en la última hora». En la biblioteca resaltaban dos imágenes: su padre Matías y Adolfo Alsina, su gran referente político, el que logró concitar el «fervor de aquel Buenos Aires de las parroquias bravas hasta allá lejos sobre el Arroyo del medio» y que rodeado por un «vendaval de crines y de ponchos, murió de muerte pampa como Facundo en su galera de Barranca Yaco». Ese coraje de Don Adolfo; esa mano tendida hacia los proscriptos federales tras la caída de Rosas, imprimieron en Marcelo su accionar futuro, que lo «impulsó a un compromiso mayor con la acción, lejos de los devaneos intelectuales en que se anegaron casi todos sus amigos» (E. Zuleta Alvarez, «El Nacionalismo Argentino»). Esa acción debía lanzarse con «estilo y procedimientos distintos de los que practicaban los partidos políticos del sistema demoliberal, que repudiaba por entonces» (Id.).

Como nacionalista de raza, le desagradó la frase de que se trataban de «piantavotos» y en sus Memorias al evocar su candidatura a senador nacional (por la que optó en vez de la segura de diputado nacional en 1973) añadió que aportó a su favor 50.000 votos. De aquella campaña evoco esta anécdota: tras el acto de cierre en la cancha de Independiente en Avellaneda, recalamos en un club de Valentín Alsina para cenar, con parrillada y vinos de dudoso linaje. Presidió el peine principal Héctor Cámpora, con camisa azul oscura y su Rolex. Rodeado por los dirigentes del Frente («Lalo» Paz, José Antonio Allende, y también Marcelo) resonó la marcha partidaria, que los extrapartidarios entonaron moviendo tan sólo los labios porque desconocían la letra.

Con Sánchez Sorondo, hombre de los Cursos de Cultura Católica, fragua de ideas en la década del 30; escritor -su «La Argentina por dentro» es de lectura inexcusable-; periodista vibrante y corajudo, fundador del periódico Azul y Blanco que editó la «Operación Masacre» de Rodolfo Walsh tras los fusilamientos de 1956; que supo de la prisión, el duelo y otras lides, se va el último gran exponente de una generación. Entrañable amigo de mi padre se distanció de él la noche siguiente de mi nacimiento en un departamento de la calle Vicente López mientras yo reposaba en mi cuna. Nunca se pelearon definitivamente esos cofrades del pensamiento nacional, porque ambos poseían un corazón amplio y generoso. Reapareció al morir papá en 1960. Fascinado por el 2 por 4 y la figura de Discépolo me ofreció la tribuna del «Círculo del Plata» y solíamos vernos en su mesa del fondo del bar bajo su casa donde recibía amigos y pergeñamos una inolvidable cena con orquesta y repertorio tanguero que le ofrecí en 1997.

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