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Scofield celebró el placer de la música
John Scofield pasó del jazz al funk, sus lenguajes favoritos, en una mezcla que demuestra su influencia sobre muchos músicos argentinos.
Virtuosismo. Alegría de tocar. Eclecticismo. Experimentación que no se pelea con la comunicación cercana. Liderazgo. Bebop que tiene un pie en la tradición y otro en el futuro. «Jazz rock fusion experimenta», en sus propias palabras en «spanglish», un poco en broma y un poco en serio. Composiciones propias -la mayoría- y algún «standard». Con eso, al frente esta vez de un cuarteto integrado por solistas tan diestros instrumentalmente como él, John Scofield volvió a pasar por Buenos Aires.
Y en una ciudad llena de guitarristas de todos los estilos, la platea se llenó de colegas -del jazz, de la guitarra, de músicos de otros instrumentos- para escuchar a quien arrastra una muy jugosa historia con el arte de los sonidos. Como dijimos, la mayor parte de lo que hizo escuchar en el Gran Rex fue material de su propia cosecha. Y más que presentar su último disco -»A Moments Peace», del que sólo seleccionó «Simple Put»-, prefirió mostrar el contenido de su DVD «New Morning: The Paris Concert», grabado en vivo y con este mismo cuarteto el año pasado en Europa. Scofield pasó del jazz al funk, ambos, sus lenguajes favoritos, en una mezcla que demuestra su influencia sobre muchos músicos argentinos.
Pero hubo también temas que pueden asociarse a la bossa nova, a la balada, al pop, con «la canción» siempre como referencia aunque no se escuchen palabras. Claro que, una vez planteados, esos temas -»the songs», como él los llama- se transforman solamente en puntos de partida para las muy largas improvisaciones y solos virtuosísticos de todos los integrantes del grupo, con el guitarrista a la cabeza, por supuesto.
Cada pieza se extiende a los 12 o 15 minutos en una alternancia de repentismo creativo que arranca los aplausos constantes del público. Puede tratarse entonces de «Ten Taken», de «Still Warm», de «Lost Found & Inbetwween», de «Slinky» o del clásico de Jerry Brainin y Buddy Bernier, «The Night has a Thousand Eyes». Y siempre la cosa pasará más por la interpretación, por lo que sucede por única vez en el escenario, que por lo que no quedó escrito a la hora de concebir cada pieza.

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