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Se define crisis: Europa lanza pruebas de estrés
José Siaba Serrate
A regañadientes, y a su manera, Europa copia la receta de los EE.UU. El problema que enfrenta es de similar naturaleza. Los principales activos que contaminan los balances ya no son las hipotecas y sus derivados (que también los hay), sino la deuda pública que cayó en desgracia de los países mediterráneos (e Irlanda) pero que, a diferencia del subprime, se mantiene corriente, sin incumplimientos. En mayo, Europa se ocupó de extender una red de seguridad (el paquete de rescate a Grecia, el sistema europeo de estabilización y las compras de deuda del Banco Central Europeo) que hasta el presente se demostró efectiva. En contraposición, el proceso previo de capitalización masiva que se practicó en los EE.UU. no se realizó en Europa. El apalancamiento del sistema es mayor, así como su opacidad. Se sabe que la limpieza de la herencia tóxica que dejó la convulsión de 2007-2009 avanzó menos que en los EE.UU. (el BCE estima que los bancos europeos deberán absorber quebrantos por aproximadamente 190 mil millones de euros hasta 2011 por ese solo motivo). Por último, una distinción crucial: el temporal financiero ya no tiene el voltaje de otrora. En buena medida, Europa casi zozobró en un vaso de agua. Las compras acumuladas de deuda pública del BCE, después de ocho semanas, apenas suman 59 mil millones de euros. Si el banco central hubiese aplicado el mismo ahínco que la Fed -que adquirió aproximadamente 1,2 billón de euros en títulos de agencia y del Tesoro-, se podría pensar que hasta la deuda griega hubiera podido subir de precio.
No será la primera vez que la banca europea rinda examen. En 2009 el Comité Europeo de Supervisores Bancarios evaluó a las 25 entidades más grandes, pero se cuidó de no publicar los resultados. Y el mes pasado repitió el ejercicio sin correr tampoco el telón de la confidencialidad. Por eso España pudo amenazar con cortarse sola y difundir los números de sus bancos (el rumor que ventila Madrid es que Santander y BBVA obtuvieron las dos notas más altas). En cuyo caso, el silencio dejaría de ser salud: quien callara sería sospechoso de dificultad. Ello forzó a Alemania y a Francia (su oposición original convalida las sospechas de que allí anidan las tribulaciones mayores) a aceptar que los resultados de las pruebas fueran informados al público. Y así se hará, si se cumple el calendario previsto, el próximo 23 de julio.
Sin embargo, para recoger los frutos del deseo, los exámenes ya no podrán ser los mismos. La muestra deberá ampliarse para ser representativa. De ahí, que pasará de 25 a 100. Tendrá que incluir los bancos principales de cada país, pero también aquellos segmentos particularmente sensibles. España, por citar un caso, evaluará a todas las entidades que cotizan en Bolsa así como a las cajas regionales (las más expuestas por la concentración de su cartera a la debacle de la construcción). Alemania debería hacer lo mismo y escrutar a los Landesbank (los bancos públicos regionales), pero se resiste. La metodología de las pruebas deberá modificarse ya que la vigente no considera, créase o no, la posibilidad de un shock de la deuda pública. Europa no necesita apartarse de su prédica de que nadie, ni siquiera Grecia, caerá en default. Alcanzará con proponer escenarios que contemplen caídas severas de cotización. Transparentar la composición de los portafolios permitiría, banco por banco, que los inversores analicen la sensibilidad de los resultados conforme sus propios supuestos de preferencia. En última instancia, el rigor del método es la llave para recuperar la credibilidad.
Desde ya, bajo condiciones financieras exigentes, habrá bancos que no mantengan un respaldo patrimonial adecuado. De ahí, que la experiencia sólo cierra si se establece un mecanismo de capitalización que garantice su inyección, de manera tal de obtener una aprobación creíble. En los EE.UU., la propia difusión de los resultados facilitó que, en apenas un mes, los inversores privados volcasen 75 mil millones de dólares de nuevo capital a la banca (lo que permite sostener aproximadamente 900 mil millones en activos).
Es verdad que el «timing» -con un rally en pañales en Wall Street- fue espectacular. Y no será fácil reproducirlo hoy que la economía mundial promete desacelerarse. Pero la dificultad mayor es otra: en Europa, ¿quién se hará cargo de la capitalización estatal? ¿Cada país se hará cargo de sus bancos? ¿O se recurrirá a una bolsa común de recursos como la Facilidad Europea de Estabilización Financiera? Creada como blindaje para los países mediterráneos, podría utilizarse para concretar los aportes. A riesgo, eso sí, de que la manta sea demasiado corta para atender ambos usos. Alemania y Francia tomarían la parte del león y los países mediterráneos, nuevamente, quedarían con los pies a la intemperie. No hay, pues, otro asunto más importante que resolver en las próximas dos semanas.

