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Se requiere la pericia de Bernanke y Trichet
El lector que no ha estado siguiendo este tema con mucha atención se debe hacer dos preguntas: ¿Qué es un stress test? ¿Por qué su resultado era tan importante para el mercado? Los stress tests no son más que un análisis de sensibilidad de los balances de los bancos. Es decir, qué tan preparados están desde el punto de vista de su capitalización para enfrentar distintos escenarios hipotéticos. Por ejemplo, hace un año la Reserva Federal condujo estos tests para las principales instituciones financieras de Estados Unidos. En aquel entonces se consideraron escenarios donde la tasa de desempleo aumentaba más del 10% y los precios de las propiedades caían más del 25%. Varias instituciones no pasaron el test (es decir, sus niveles de capital eran insuficientes).
Esto nos lleva a la respuesta de la segunda pregunta. Cuando la Fed hizo estos tests, la situación en Europa parecía estar bajo control. Todo cambió con la crisis de Grecia. Desde hace varios meses el mercado interbancario europeo estaba prácticamente congelado, es decir que los bancos no se prestaban dinero entre sí. Esto era consecuencia en parte de la falta de información fidedigna sobre qué exposición tenían a Grecia y el resto de los PIIGS. Una situación similar ocurrió en Estados Unidos en agosto de 2007 y luego con mayor intensidad a partir de enero de 2008. El resultado fue una corrida que provocó el rescate de Bear Stearns y la bancarrota de Lehman Brothers. Pero en Europa esto no ocurrió porque el BCE intervino convirtiéndose en la contraparte del mercado: los bancos sanos colocaban sus excesos de liquidez en el BCE y los bancos con problemas obtenían liquidez del BCE. Este estado de cosas era insostenible.
El anuncio de los resultados de los stress tests calmó algo la ansiedad del mercado; quedan aún algunas dudas. En primer lugar, el BCE no divulgó los detalles del test. En segundo, los bancos europeos aún no han divulgado exactamente cuál es su exposición a Grecia y el resto de los PIIGS. Según surge de las noticias, el test incluyó un escenario donde los bonos de Alemania perdían el 4,7% de su valor y los de Grecia caían un 23%. Prima facie, esto sugiere un test estricto. Sin embargo, según surge del anuncio oficial, este escenario se aplicó solamente al «trading book» de los bancos. ¿Qué significa esto? Los bancos tienen dos libros o books. Uno es el trading book, donde se registra su actividad de compraventa de títulos en el mercado, y el otro es el «banking book», donde se contabilizan aquellos activos que se mantienen en cartera hasta su vencimiento (en realidad hay tres libros, el tercero y quizá el más importante hoy en día es el de derivados). En el primero de ellos los títulos se ajustan a valores de mercado (lo que se conoce como «marked to market»). Si se produce una caída en el precio de los títulos el banco debe contabilizar una pérdida. Pero en el banking book los bancos pueden reflejar el valor de los títulos a par o su valor de emisión aun en el caso de que su valor de mercado sea inferior. Esta distinción es cada vez más artificiosa y esconde la verdadera situación patrimonial de los bancos, especialmente cuando hay una crisis de liquidez. Para ver qué bien capitalizados están los bancos habría que ver cuál es el impacto de una caída en el precio de los bonos de los PIIGS sobre toda su cartera, no sólo la incluida en el trading book. No está claro si esta información va a ser divulgada por las autoridades (¡probablemente sería demasiado estresante para los bancos y el mercado!).
Coincidentemente, la semana pasada en Basilea los banqueros centrales del G-10 llegaron a un nuevo acuerdo sobre los niveles de capital mínimo que deben mantener los bancos. Aunque estos criterios no son obligatorios, supuestamente deben ser aplicados por los países miembros gradualmente a partir de 2015 y hasta 2018. El consenso de los analistas es que los criterios acordados la semana pasada (conocidos como Basilea III) son bastante laxos. Hasta el presidente del Banco de Inglaterra tuvo que admitir que no eran suficientemente estrictos. Es decir que por ahora los banqueros no van a tener que estresarse, al menos por lo que les exijan los reguladores.
La estrategia de las autoridades europeas es permitir que los bancos se recapitalicen gradualmente aprovechando el bajísimo costo de fondeo que actualmente enfrentan (que en gran medida es subsidiado). Con altos niveles de apalancamiento (o sea, bajos niveles de capital), esta estrategia puede en dos o tres años mejorar sustancialmente su situación patrimonial. Parece que el mercado ha comprado esta idea y eso se refleja en el precio de las acciones de los bancos. Sin embargo, hay muchos analistas que consideran que esta situación es insostenible y puntualizan que el principal riesgo que enfrenta los sistemas bancarios de Estados Unidos y Europa son los contratos de derivados. El volumen de estos instrumentos ha crecido exponencialmente en los últimos años y nadie, ni siquiera los reguladores, sabe a ciencia cierta cuál es la verdadera exposición que enfrentan los bancos. A esto se agrega otro dato: de acá a 2012 el sistema bancario global debe cancelar o renovar casi cinco billones de dólares de deuda con el mercado de capitales. Casi la mitad de esta cifra es adeudada por bancos europeos y un tercio por bancos norteamericanos. Este es el talón de Aquiles de la economía mundial. Sólo se podrá evitar una nueva crisis si en los próximos dos años no se producen mayores sobresaltos. Esto significa, por ejemplo, que la deuda griega se reestructure sin generar pérdidas a los bancos, que la situación en España no se deteriore y que ningún otro país importante enfrente un problema de cesación de pagos. Es un escenario factible pero requerirá toda la pericia de Ben Bernanke y Jean-Claude Trichet y mucha paciencia de los inversores.


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