15 de septiembre 2009 - 00:00

Se vienen cambios estilo Lampedusa

José Siaba Serrate
José Siaba Serrate
Ahora que las economías del mundo hicieron pie y la recuperación echó a rodar, las políticas que tuvieron éxito en impedir la depresión deberán reajustarse. Tendrán que cambiar para que nada cambie, como escribía Lampedusa, y la mejoría no se trunque. La reunión de Londres de los ministros de finanzas y banqueros centrales del G-20 dejó claro que lo esencial necesita mantenerse. La economía resurge, pero todavía se destruye crédito, empleo e ingresos laborales. La recuperación que se observa se apoya sobremanera en las muletas de las políticas extraordinarias de aliento. Nadie hoy -ni los hoscos europeos- urge a retirarlas. Sin embargo, conjurar la crisis no es el fin de la historia. La propia resurrección trae consigo un recambio de preocupaciones. El destino de la inflación, de las monedas y de la deuda pública percute de nuevo. Y, en aras de retener el mando de las expectativas, conviene anticiparse.

La comunicación, también en esta etapa flamante, es vital. Rodearse de una maraña de intervenciones públicas fue la manera efectiva de evitar que el mundo se despeñara. Como el éxito se da por descontado, ahora las autoridades deben mostrar cómo se sale del laberinto. Esta fase ya empezó. El secretario del Tesoro, Timothy Geithner, reconoció que, dadas las mejores condiciones reinantes, la urgencia del rescate de la economía cede paso a una estrategia de reparación y reconstrucción. Al prometer ayer la reforma de Wall Street, el presidente Barack Obama apunta a los cambios de estructura.

En esa línea, parte del andamiaje extraordinario, instalado para sostener al sistema financiero, comenzará a ser desmontado. Geithner citó, en concreto, el fondo contingente que preveía un refuerzo presupuestario de hasta u$s 750.000 millones para auxiliar a la banca. No se lo utilizará, y el Tesoro lo removió de sus proyecciones de déficit. A fin de mes, cuando expire el programa de garantías públicas que protege a los fondos comunes del mercado monetario, no será prorrogado. Si bien el fondo contingente de estabilización nunca giró un solo dólar, las garantías del Tesoro llegaron a cubrir activos por más de u$s 3 billones. En la actualidad, sin embargo, ambos son redundantes. Desarmarlos no cuesta nada, pero transmite las señales requeridas: la mejoría se afianza y el Gobierno cumple su promesa de no asentar su injerencia más allá de lo necesario. En rigor, no son las autoridades las que desconectan el respirador; son sus propios beneficiarios quienes restringen su uso.

Si se examinan los distintos programas creados para inyectar liquidez en el ámbito de la Fed, se notará la merma pronunciada. Los recursos prestados por la ventanilla CPFF para financiar la compra de pagarés empresarios cayeron un 87%. La facilidad contigua, la AMLF, destinada a la compra de fideicomisos garantizados, un 99%. La propia ventanilla TAF -la subasta de fondos que sorteó el estigma de los redescuentos- declinó un 57%.

Reducciones

En paralelo, la escasez de dólares divisa desapareció. De ahí que los pases cambiarios se redujeran un 90%. Para quienes otean un horizonte con alta inflación será bueno saber que, en ningún momento, la asistencia de la Fed fue mayor que en diciembre del año pasado. Y casi nueve meses pasaron desde entonces.

A la par, el apoyo directo del Tesoro a la banca -que supo alcanzar un máximo de u$s 250.000 millones bajo el paraguas del plan TARP antes de las pruebas de estrés- se redujo en u$s 70.000 millones por cortesía de precancelaciones. La devolución de otros u$s 50.000 millones está prevista para el próximo año y medio.

Ésta es una fase cuya tensión se dibuja con nitidez. Las políticas públicas pretenden no cejar en su impulso hasta asegurarse que la recuperación se sostiene por sí misma (y la posta del liderazgo se transfiere al sector privado). Queda claro, por otra parte, que aun procesando los recortes citados y las inesperadas ganancias que conllevan (el Tesoro obtuvo una utilidad anualizada del 17% de su intervención en los 23 bancos que repagaron por completo los aportes del TARP), el déficit fiscal de EE.UU. no bajará del 11% del PBI en el presente ejercicio ni del 9% el año próximo. Como saldo, la deuda pública neta habrá trepado un 50% desde que despuntó la crisis en 2007 (cuando supere un 60% del PBI en 2010). Con bancos sentados sobre una liquidez disponible de u$s 800.000 millones y tasas de interés en cero, cualquier desplazamiento imprevisto puede desacomodar el delicado equilibrio monetario y convalidar los temores de inflación.

En ese marco, el anclaje de las expectativas de inflación resulta crucial para aspirar a un desenlace favorable. Si las políticas de aliento generan desconfianza y su efecto derrama sobre las tasas de largo plazo -recordar que, sólo para cubrir el aumento de deuda, el programa financiero del Tesoro orilla el 10% del PBI- la potencia del estímulo se verá limitada. Y es el estímulo neto -deducida la fricción de las turbulencias- el que finalmente empuja.

Dos semanas atrás, el Banco de Israel dio vuelta la página y abrió fuego con un leve retoque de su tasa de interés. Pero su situación particularísima -enfrenta una tasa de inflación más alta que la meta oficial- no es una guía válida para el G-7. De momento, ni los halcones del Banco Central Europeo (BCE) planean copiarle los pasos. Lorenzo Bini Smaghi, miembro de su Consejo Monetario, lo dijo tajante el viernes último: «Déjenme ser lo suficientemente claro: éste no es el tiempo, no todavía, de ejecutar la estrategia de salida (de la política monetaria de estímulo)».

No es hoy un desajuste macro lo que pudiera quitar el sueño; quizás, sí, la efervescencia en mercados específicos. Como el de la energía. Qué mejor, en una etapa que promete la reforma estructural, que convertir la necesidad en una virtud. Si las autoridades no deben ignorar la gestación de burbujas, y necesitan consagrar la política monetaria a consolidar la recuperación, su cometido exige un nuevo instrumento. Si la especulación molesta, a nadie sorprenda, pues, que se desenvaine la espada de la regulación para, de un tajo, apartar la maleza.

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