Sendero cultural en las sierras riojanas

Edición Impresa

Resulta extraño asociar a la cordillerana provincia de La Rioja con una costa, ya que no se encuentra en zona de lagos ni mares. Sin embargo, para los lugareños sí hay una costa, ya que aquí la palabra costa significa «costado» o «al lado de algo». Es por esta definición que la costa riojana ostenta ese nombre, al ser una sucesión de pueblitos al pie de las imponentes sierras de Velasco.

El viaje a esta región lleva por la serpenteante Ruta Provincial 75 desde el departamento Capital a través del departamento Castro Barros. Esta singular costa está conformada por una cadena de pueblos, salpicados uno al lado del otro, y representa uno de los mayores atractivos culturales de la provincia. Su principal cualidad es la arquitectura pueblerina casi detenida en el tiempo. Extraviados en medio de la nada, los caseríos son apenas unas cuantas viviendas de adobe, separadas por criaderos de cabras, fincas de frutales y olivos. Ocurre que en La Rioja lo que define la condición de poblado estable es apenas la presencia de una capilla, muchas veces de adobe. La tranquilidad reina y el tumulto es un concepto que escasea en estos pueblos mínimos.

La región también está dotada de su propio microclima, ideal para el descanso, a sólo 150 kilómetros de la ciudad de La Rioja, y ofrece actividades en contacto con lo natural: cabalgatas, pesca de truchas y excursiones entre las quebradas. El paseo se enriquece con las artesanías, deliciosos dulces, quesillos, nueces y el particular vino casero.

El primer pueblo de este recorrido es Sanagasta -un nombre indígena-, famoso por la iglesia de la Virgen de la Morenita, la misma de la canción de Cafrune. Esta pintoresca comarca descansa a 1.000 msnm y a 30 km de la ciudad capital. El excelente camino de asfalto permite alcanzar este espléndido valle ubicado en el corazón de la sierra del Velasco. La ruta es acompañada por las quebradas, por cuyos recodos se hacen lugar las aguas cristalinas del río Huaco. Al subir sobre los faldeos, el camino desafía elevadas cornisas con centenares de cardones que crecen en la montaña rocosa. Este paraje cuenta con un parque geológico en plena etapa de estudio, único en su tipo por sus singulares hallazgos paleontológicos: los huevos de dinosaurios.

Entorno natural

Sanagasta está rodeada por un colorido entorno natural y bendecida por un agradable clima en todas las épocas del año. Sobre la calle principal se despliega un mercado artesanal que funciona en una antigua casona colonial perteneciente a una acaudalada familia local, que fue donada en 1990 para ser transformada en Casa de Cultura. Aquí se exponen obras de artesanos locales y de distintos puntos de la provincia. Si es un día de suerte, se pueden ver artesanos en plena tarea. En el patio parquizado se exponen elementos del campo sanagasteño, como arados, sulkys y trapiches.

La siguiente parada es en Las Peñas, a 55 kilómetros de la capital. Solitarias y silenciosas, sus casas duermen escondidas entre enormes peñones de granito. Un poco más allá, el poblado de Aguas Blancas recibe al visitante con su bodega Casa India, y unos pocos minutos en coche más adelante, se presenta Pinchas. Esta comarca es famosa por sus soñados dulces caseros de membrillo y por doña Frescura, quien transformó el pueblo en una escala ineludible. Esta tejedora de tapices criollos no se desprende de su bastidor de madera, herramienta que le permite conservar una técnica milenaria creada por los pueblos originarios. Se especializa en paisajes norteños y motivos de arte rupestre indígena, como la serpiente bicéfala de la cultura Aguada. También produce cuatro mil kilos por año de dulce de membrillo y elabora unos bocaditos dulces tan sabrosos que varias veces le han hecho pedidos para exportar, algo que no puede hacer ya que las técnicas artesanales no permiten la fabricación en serie.

El periplo continúa hasta Chuquis, poblado que brinda la oportunidad de conocer la historia provincial con la visita al museo Castro Barros. La cultura de sus viejos moradores se muestra a flor de piel a través de una pirca o muro de piedra que rodea una de sus lomadas y una piedra con 24 bocas de mortero. Chuquis es sede de La Yacurmana, una altísima cascada de agua que baja desde lo alto del cerro y a la que consideran como Madre del Agua.

Lo que sigue es Aminga, la cabecera del departamento Castro Barros, hasta llegar a la pequeña ciudad de Anillaco. Se recomienda visitar el criadero de peces y la curtiembre de cueros artesanales. Los negocios expenden gran variedad de delicias riojanas, entre las que se destacan las curiosas aceitunas en almíbar. A cinco kilómetros de Anillaco, Los Molinos debe su nombre a los restos de dos molinos harineros del siglo XVIII instalados por los españoles que reposan en la plaza principal. El silencio absoluto domina todos los rincones de este pueblo, que se destaca por su prolijidad. Continúa Anjullón, que invita al reposo con la contagiosa tranquilidad propia de la vida de sus pobladores. Carece de vida nocturna, salvo cuando hay festivales y las guitarreadas de las noches de verano. Aquí la consigna es muy sencilla e intimista: sosiego y contemplación de la naturaleza en sintonía con el ritmo rural de los costeños. Saliendo de Anjullón, un camino de subidas y bajadas se acerca cada vez más a la montaña y conduce a San Pedro y Santa Vera Cruz, últimos poblados de la costa. A esta altura, los cactus ya conforman una multitud que parece bajar del cerro en procesión.

Dejá tu comentario