Los seres humanos estamos sujetos al ciclo natural de vida que puede ser más o menos largo, de acuerdo con una mezcla de genética, suerte, inteligencia y dinero. Es por esto que todas las obras humanas también quedan sujetas a un proceso similar: nacen, crecen y desaparecen a lo largo de un período que dependerá de la estructura de esa obras, de la suerte, de la inteligencia de sus responsables y, por último, del dinero que las alimente. Viendo lo ocurrido en los últimos años, había gente que pensaba que Apple, la mayor cotizante del mundo, desafiaba todas las leyes naturales y que era capaz de crecer por siempre. Lo importante del desilusionante balance del miércoles (que refleja lo ocurrido cuatro meses atrás, cuando la empresa ganó dinero pero menos de lo esperado) no es la baja o suba de las acciones (se desplomaron un 10% en el «after hours» y un 11,5% en la rueda, una merma en la capitalización de u$s 52.000 millones), sino que derrumbó oficialmente este mito, que fue una parte integral de la recuperación del mercado accionario desde marzo de 2009 (el mito fue muy relevante en el marketing, aunque no sabemos cuánto en la psiquis de los inversores, por lo que tampoco sabemos si marcará o no un «quiebre»). Como suele decir un amigo al que por nuestra culpa vemos poco y le pedimos disculpas: los árboles no crecen hasta el cielo. A pesar de esto, las «ganas de subir» que hay en el mercado, sin embargo, fueron tantas (y como venimos sosteniendo depende sólo en parte de los balances -la gran desilusión fue Microsoft tras el cierre-, pero mucho más de la sobreoferta de dinero) que el Dow trepó un 0,33% a 13.825,33 puntos. Si éste no es un mercado exuberante, ¿cual lo es?
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