3 de agosto 2015 - 00:00

SMS de Yellen: “Nos vemos en septiembre”

 "Los veré en septiembre" es el mensaje tácito de la Fed tras su última reunión. La cita es para darle el puntapié inicial a la suba de tasas de interés. Hay una generación de traders que nunca vio el espectáculo. Ni siquiera Ben Bernanke, Alan Greenspan se ocupó de la última experiencia. Si se concreta, será la primera vez que se izarán las tasas de fed funds desde junio de 2006. Los mercados -aunque se sabe de su ciclotimia- son reticentes a acusar recibo. Prefieren la tonada de Nat King Cole: "Quizás, quizás, quizás". Y después de enterarse el viernes de que los salarios en el segundo trimestre crecieron a la más lenta cadencia desde 1982, apenas el 0,2%, se diría que no tienen dudas. Los contratos de futuros que cotizan en Chicago responden tajantes: la probabilidad de un retoque alcista en la reunión del 17 de septiembre es, virtualmente, cero. Pero, claro, la saga continúa. De hecho, la suba no empezó. Las escaramuzas verbales forman parte de la "previa"; la prueba de estrés que, sí o sí, el banco central debe realizar para medir la resistencia al impacto, antes de gatillar.

La Fed amaga comenzar el ajuste ya, y los mercados no le creen. ¿Es que la Fed de Yellen perdió su credibilidad? Sería una calamidad. En el mundo de las tasas cero, y las inmensas hojas de balance, la comunicación es vital para poder moverse en el mar de los Sargazos. Por fortuna, no es el caso. Hay que entender que la decisión de la Fed no está tomada, que es data dependiente y está condicionada a la vigencia de un contexto económico y financiero propicio. ¿Regirá el entorno adecuado en septiembre? El banco central reconoce los avances del mercado laboral en su comunicado oficial, y señala que bastará "alguna mejoría" adicional para que la suba de tasas sea viable. De aquí al 17 de septiembre habrá tiempo para recibir un par de nuevos informes de empleo y recoger allí material más que suficiente -si la inercia actual no se modifica- para acreditar el progreso que se pide. Éste es el meollo de la cuestión: los mercados sostienen una visión económica más sombría, reparan en las muchas fragilidades que surgen en el camino, y no creen que en un mes y medio se vayan a subsanar. No dudan de la intención de la Fed, juzgan que las condiciones no estarán dadas en septiembre, piensan que actuar así será un error y no los ven a Yellen y compañía cometiéndolo.

La debacle de los commodities le da aire a esta pulseada entre la Fed y los mercados. Ver caer el oro un 6,5% en julio -el mayor retroceso mensual en dos años, y a valores de 2009- puede parecer una anécdota alejada de los avatares de la economía real. Que el cobre sucumba -un insumo utilizado intensamente en un amplísimo espectro de actividades- aporta una dimensión más cabal. Desde ya, China, que representa el 40% de su demanda, tiene mucho que ver: la economía oriental se desacelera -aunque las autoridades defiendan a rajatabla la tesis del crecimiento al 7%- y arrastra consigo a todo el complejo de materias primas industriales. Notar que el petróleo se derrumbó el 21% en julio ensancha aún más la perspectiva. Esto va más allá de China, de las vicisitudes de la industria o de la mera situación presente. Desde octubre de 2008 -un mes después del colapso de Lehman Brothers- que no sucedía algo así. Quizás el futuro no sea el que esperamos. O quizás sí, pero sólo mediante una fortísima liquidación de precios y con una violenta redistribución de ingresos. Tomarse un tiempo para conocerlo mejor no sería, de ninguna manera, una pérdida de tiempo.

¿Querrá la Fed subir las tasas igual? Es lo que dice, y, a la larga, convendrá creerle porque lo hará. Es una potestad exclusiva de Yellen & Cía. Pero, no nos engañemos. El endurecimiento de las condiciones financieras ya empezó -un año atrás- de la mano del dólar fuerte. No se corre a la zaga. El derrumbe de los commodities es el efecto espejo. Y, hoy por hoy, la destrucción de valor le gana a la creación de nuevas oportunidades de negocios (que vendrán de la mano de su abaratamiento, pero demandan tiempo para abrirse paso). No hay prisa por actuar. Ni atisbo de inflación en el horizonte ni mucho ánimo burbujeante que pinchar.

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