Ya sea en los ministros de Finanzas de la eurozona, que piden a los países con graves problemas de deuda que privaticen sus empresas estatales, o en los políticas estadounidenses que buscan recortes del gasto y limitaciones para los sindicatos, o en los propios británicos que subastaron su propio correo, los principios del thatcherismo, para bien o para mal, están vivos.
Thatcher abogó por la desregulación, por un Estado de mínima presencia, por la libertad de los mercados y por la privatización de las empresas. Si eso nos suena familiar, es porque sus recetas han sido copiadas en todo el mundo.
Ninguna de estas políticas eran comunes en 1979, cuando Thatcher se convirtió en la primera -y hasta hoy única- mujer en llegar al cargo de primer ministro del Reino Unido, mientras el país aún sufría las consecuencias del deterioro económico de posguerra.
"Ella cambió los parámetros de lo que era políticamente posible", dijo Steve Davies, historiador económico y director del Instituto Británico de Asuntos Económicos. "Por un lado, políticas como la privatización y la desregulación llegaron a ser tomadas seriamente. Por el otro, políticas que eran tomadas seriamente -como la economía dirigida- ya no fueron tomadas seriamente", agregó.
El thatcherismo, muy a la par del giro económico que dio Estados Unidos de la mano de Ronald Reagan, fue considerado un cambio político-económico radical. El término privatización, por ejemplo, prácticamente era desconocido antes. Una simple búsqueda en Google en este 2013 arroja más de 14,5 millones de vínculos.
Cuando Thatcher tomó el poder en Gran Bretaña, gran parte de su industria, al igual que en otros países europeos, estaba en manos del Estado. La "Dama de Hierro" se deshizo de todo -automotrices, firmas aeroespaciales, gigantes gasíferos y petroleros, aerolíneas y monopolios de telecomunicaciones- y fue muy criticada por sus opositores y por los trabajadores de esas empresas.
No todas las privatizaciones fueron exitosas. La competencia redujo los costos y alentó el crecimiento en áreas como las telecomunicaciones. Pero a industrias pesadas más complejas, como el negocio ferroviario privatizado por el sucesor de Thatcher, John Major, no les fue tan bien. Ahora, el debate suele ser cuán lejos deberán llegar las privatizaciones, no si serán o no perjudiciales.
Las liquidaciones de empresas estatales son en la actualidad la norma en los programas de rescate para los endeudados países de la zona del euro. En Grecia, por ejemplo, la Unión Europea y el Fondo Monetario Internacional le exigen al Estado la venta de más de 20 compañías y docenas de puertos.
La influencia económica de Thatcher fuera de Gran Bretaña fue más visible en Europa oriental. Luego de la caída del bloque comunista al final de su Gobierno, los nuevos líderes la convirtieron en una suerte de heroína y abrazaron la privatización como el camino más rápido al capitalismo.
En muchos países, la transferencia de los activos del Estado a manos privadas fue exitosa, pero en muchos otros, no tanto. En Rusia, un esquema de privatización diseñado por autoproclamados thatcheristas fue un fracaso. Entregó las "joyas de la corona" de la industria soviética a un puñado de personas con contactos políticos, creando de la noche a la mañana un manojo de nuevos ricos, muchos de los cuales luego se mudaron a Londres para convertirse en vecinos de Thatcher en el exclusivo distrito de Belgravia.
"La emergencia de estructuras oligárquicas y los drásticos aumentos en la inequidad demuestran las limitaciones de aplicar el legado de la baronesa Thatcher demasiado literalmente", dijo Erik Berglof, economista jefe del Banco Europeo para la Reconstrucción y el Desarrollo.
El "big bang" de la desregulación de los mercados financieros llevada a cabo por Thatcher forjó a Londres como capital bancaria de Europa y ayudó a que las finanzas globales se convirtieran en el sector más pujante en la siguiente generación. Otros sectores experimentaron el destino opuesto. Las mayores batallas de Thatcher fueron con los mineros del carbón, un sector dirigido por el Estado que ya estaba en deterioro tras el descubrimiento británico de fuentes de energía más económicas, limpias y seguras, como el gas natural en altamar.
Cuando la mandataria de duro carácter llegó al poder, había casi un cuarto de millón de mineros del carbón en Gran Bretaña, que sostenían comunidades enteras que habían logrado crecer bastante desde la revolución industrial. A dejar el cargo, once años más tarde, apenas 50.000 personas trabajaban en las minas. Actualmente, sólo algunos miles continúan realizando esa actividad.
"Thatcher creó una sociedad más dinámica y desregulada, pero el costo social en términos de las comunidades destruidas fue inmenso", dijo Timothy Ash, un estratega de Standard Bank que recuerda largas filas de camionetas de la Policía fuera de su escuela, lindera con una mina de carbón que luego fue cerrada.
| Agencia Reuters |


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