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Surge la economía del malestar
Agustín A. Monteverde
Resolver los problemas del gasto excesivo con más gasto y endeudamiento sólo compraría tiempo a costa de un hundimiento mayor. Es imposible mantener el crecimiento apoyándose en distorsiones estructurales crecientes, que son manifiestamente insostenibles e indeseables en el tiempo. Cuanto más se pretenda persistir en una senda de crecimiento mágico -basado en la continua expansión del gasto público y privado por encima de los ingresos y la expansión monetaria no menos permanente por encima de las mejoras de productividad-, abismos y depresiones más profundas se abrirán en el camino. Con estas políticas de gasto y endeudamiento perpetuo, son inevitables los cracs financieros, las destrucciones de patrimonio, el empobrecimiento, la recesión y el colapso fiscal.
Para ilustrar la magnitud del despilfarro europeo, consideremos el anunciado blindaje equivalente a u$s 1 billón (y en probable ascenso). Si los atenienses hubiesen recibido a la muerte de Alejandro Magno (323 a.C.) un cofre con semejante tesoro y se hubieran dedicado a gastar u$s 1 MM por día, aún podrían seguir gastando a ese ritmo por otros 407 años.
Los excesos en el gasto derivan habitualmente en endeudamiento y sobreexpansión monetaria. Lo segundo no ha sido el caso de Europa continental: el BCE ha tenido una conducta monetaria mucho más austera que sus contrapartes americana e inglesa.
Pero el sobreendeudamiento es hoy la característica común de casi todos los países desarrollados. Y los gobiernos no pueden incrementar su endeudamiento indefinidamente; en algún momento, alguien deberá pagar el exceso del gasto.
Recordemos que los criterios de Maastricht para ingresar al euro requerían un nivel de deuda pública que no excediera el 60% del PBI y un déficit fiscal inferior al 3% del PBI.
Por primera vez en tiempos de paz, el nivel de endeudamiento público en EE.UU. y los principales países de Europa occidental va a ser cercano o superior al 100% de su PBI en 2011. En cuanto al déficit fiscal agregado, alcanzará a casi un 6% del PBI del mundo desarrollado.
No se puede descartar que esto desemboque en una repactación o default de deuda soberana a gran escala, que afectaría a dos grupos de acreedores: 1) individuos y familias a través del globo -por vía de sus tenencias directas o indirectas a través de fondos de pensión, etc.- y 2) algunos países asiáticos que han acumulado títulos de esos países.
Ni el histórico fondo anticrisis de 720.000 MM de euros ni otros compromisos similares solucionan los problemas estructurales que padecen los países europeos.
La solución tampoco es abandonar la moneda común. Al igual que la Argentina en la convertibilidad, la creación del euro generó un fuerte shock de confianza que impulsó el consumo y la inversión. La pérdida de competitividad de algunos países de la eurozona no fue consecuencia de la apreciación nominal de su moneda -Alemania es el mejor contraejemplo de la tesis devaluacionista-, sino del incremento de sus costos laborales y fiscales, que hundieron la productividad de esos países. Los déficit comerciales y el gasto público requerido para sostener la denominada «economía de bienestar» se terminaron financiando con deuda externa.
En una economía con tipo de cambio flotante, el déficit comercial creciente presiona hacia la desvalorización de la moneda, que tiende a restablecer el equilibrio externo.
En una economía con moneda convertible o que usa una moneda sobre la cual no tiene control, el déficit comercial termina haciendo retroceder los costos de producción, lo que devuelve competitividad y hace recuperar el equilibrio externo. Claro que esa necesaria corrección ocurre siempre que no se incremente el endeudamiento externo (público o privado), lo que hace perdurar el desequilibrio.
Es decir, si la apreciación cambiaria no deriva en una posterior desvalorización (tipo de cambio flotante) o reacomodamiento de costos (tipo de cambio convertible), termina ocasionando una mezcla de déficit en cuenta corriente y endeudamiento (superávit de la cuenta de capital), que es lo que hasta ahora le ocurrió a los PIIGS (acrónimo en inglés por Portugal, Irlanda, Italia, Grecia, España). El desequilibrio termina corrigiéndose cuando el resto del mundo decide no prestar más ante el deterioro de los fundamentos.
Los PIIGS tienen costos laborales un 50% más altos que Alemania. Es así como esta última mantiene importantes superávits comerciales mientras que aquéllos acarrean grandes déficits.
El billonario plan de rescate europeo lo que hace es transferir recursos de los países merecedores de crédito a quienes no califican. Distraerá fondos que hoy van dirigidos a empresas y negocios productivos -generadores de puestos de empleo bien remunerados- para destinarlo a gasto improductivo de gobiernos despilfarradores.
Las crisis son reacomodamientos. No son el fin de la historia. Vienen a restaurar el equilibrio cuando el proceso económico está descompensado. Y en Europa hay desequilibrios groseros.
Hay dos posibilidades para que una economía se expanda: o crece la población o se aumenta la productividad. Como ningún país europeo está viviendo un crecimiento significativo de población, lo que necesitan es incrementar su productividad, es decir, menores costos de producción por unidad.
Si Europa no logra reducir con rapidez el gasto público, la carga fiscal y los costos en exceso de las hiperregulaciones laborales, las opciones se limitarán a una dolorosa deflación o la no menos traumática vía del default y la devaluación (con o sin abandono del euro).


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