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Teorema de Baglini “reloaded” (versión judicial)
Enrique Szewach
Kirchner está decidido a encarar el fin del mandato de Cristina «a todo o nada». Su intención es vencer al complot de la derecha global o, en el peor de los casos, vender cara su derrota. El programa implica repetir el exitoso camino de la expropiación de los fondos de pensión o de la ley de medios. Elegir un enemigo antipático, explotar las contradicciones internas dentro de «la oposición» y, simultáneamente, asegurarse la caja necesaria para no sólo llegar con alguna remota chance de renovar su mandato, sino, en el peor de los casos, también despedirse «para el bronce» con alguna batalla épica que deje la marca K en la historia, después de este ciclo de ocho años.
Pero, claro, lo que no midió el kirchnerismo es que desde el fin de las AFJP hasta aquí, dos cosas han cambiado sustancialmente. En el Congreso se sientan representantes de candidatos que piensan que pueden llegar a ser gobierno después de 2011 y en los Tribunales habitan jueces que prejuzgan, también, el fin de una época. Este error de cálculo, como el error de cálculo de la magnitud de la «revolución del campo» en 2008, es lo que generó la crisis actual y es el que puede alterar los positivos pronósticos económicos para 2010.
Kirchner necesita de las reservas del Banco Central y del financiamiento local, para evitar un impopular ajuste del gasto, un tarifazo de magnitud o un estallido inflacionario por abuso de emisión del Banco Central. En algún momento le prometieron que la alternativa era aprovechar el boom de liquidez global, normalizando las relaciones financieras con el exterior y obteniendo fondos frescos de la codicia internacional. Pero ser «market friendly» choca con la idea de «completar la revolución K» contra la derecha global. Y, además, está encontrando obstáculos instrumentales complejos. Los «fondos buitre», los embargos diversos, los tenues cambios que empiezan a observarse en el panorama financiero global, la dificultad para acceder al financiamiento necesario a tasas políticamente aceptables, etc. han vuelto este camino más intransitable. En especial, si no se quiere «regalar nada» en la propuesta a los holdouts, para no debilitar, marketineramente, «a la revolución».
Reclamo
La alternativa, entonces, menos costosa de corto plazo es la de usar las reservas del Central (que son inflación pasada), los activos líquidos de la ANSES y los excesos de liquidez del sistema financiero. Para ello bastaba con una orden al Banco Central. Allí están las reservas y allí están las regulaciones que modifican los límites de financiamiento de la banca al sector público. Pero sucede que lo que antes de diciembre de 2009 hubiera sido un trámite exprés, con aplauso medalla y beso, se convirtió en un calvario. ¿Por qué? Porque se confirmó, nuevamente, el «teorema de Baglini».
Dicho teorema indica que «cuánto más cerca del poder está un político, más sensato se vuelve». Mi extensión del teorema (podría reivindicar, como en las matemáticas, mi inclusión en el nombre, el teorema Baglini-Szewach, por ejemplo, pero no lo voy a hacer) incluye al Poder Judicial: «Cuanto más cerca del fin de un mandato, más independientes se vuelven los jueces del poder» (lo que, desgraciadamente, Kirchner calificó como el «Partido Judicial»).
En ese contexto, los políticos opositores, que se sienten más cerca del poder, de pronto reclamaron contra el uso discrecional de las reservas y los jueces cuestionaron, como corresponde, la violación de la ley. Desde la política la respuesta fue «hacé el ajuste fiscal vos, o usá inflación -que es pérdida de popularidad y poder-, pero no nos dejes el 'muerto' del descontrol fiscal a nosotros y encima con un Banco Central sin reservas». Desde el Poder Judicial fue: «Ahora hay que respetar las instituciones, muchachos».
La respuesta de los Kirchner es clara. «No nos dejan gobernar». «Nos ponen palos en la rueda». «El Congreso tendrá que discutir, en algún momento, para qué son las reservas», «Los jueces se meten en lo que no tienen que meterse», etc. Y también es clara la estrategia. A partir de aquí, «copar el Banco Central» para usar algún mix entre reservas y financiamiento del sistema bancario, e ir al Congreso a explotar las contradicciones del frente opositor. Porque entre esos opositores, muchos se sienten con posibilidades de ser Gobierno, pero muchos otros sienten que no lo serán, pero que pueden aprovechar la debilidad K para posicionarse mejor hacia el futuro.
En ese contexto, las propuestas al Congreso, si llegan, vendrán «por izquierda». Uso de las reservas para obra pública, gasto social o alguna estatización adicional «rimbombante» (total el dinero es fungible, y se puede pagar deuda de otra manera). Una reforma financiera «pro crédito», quizás. Y alguna otra bandera que rompa los frentes opositores, al votar a favor. O los obligue a explicitar que «son parte del complot antipopular» y que vienen a interrumpir, una vez más, como en el 75/76, la revolución, votando en contra.
Curiosamente, entonces, los empresarios no deberían preguntarse hoy: «¿Qué hará ahora Kirchner?». Esa pregunta ya tiene respuesta; hará todo lo que pueda imaginar para mantener la máquina populista funcionando. La pregunta clave es: «¿Qué harán los opositores y la Justicia?». Ellos tienen, ahora sí, las herramientas para parar al kirchnerismo.
Será la intensidad de la vigencia del teorema de Baglini, extendido a la Justicia, lo que determine hasta dónde puede llegar este fin de ciclo, y desde dónde habrá que reconstruir la República y la economía.


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