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Tomasello, el “alquimista” de Cortázar, expone en Rosario
Una de las obras que integran la muestra «Luis Tomasello, artista de la luz» actualmente en exhibición en el Museo de Bellas Artes Juan B. Castagnino, de Rosario.
Esa estrecha asociación entre pintura y arquitectura, así como sus intervenciones en el espacio, se destacaron en el Mural para el Edificio San Pedro, en Guadalajara, México; el techo del hall de ingreso a la Facultad de Farmacia en la Universidad de Marsella, y el Mural luminoso-acústico para el Salón azul del Congreso y Centro de Convenciones de la Puerta Maillot, de París.
Tomasello nació en La Plata en 1915 y residió en París desde fines de la década del 50. Se ha convertido en una de las figuras más reconocidas del arte cinético, al que explica como una «progresión desde el arte cubista, el
abstracto, y luego el geométrico».
En la década del 40, los jóvenes artistas argentinos estaban al tanto, aunque de modo fragmentario, del último Kandinsky, de Mondrián, van Doesburg y Vantongerloo. Los hitos de entonces fueron el Manifiesto de los Jóvenes contra la figuración, escrito en 1941 por Claudio Girola, Alfredo Hlito y Tomás Maldonado; la edición en Buenos Aires, en 1943, del libro «Universalismo constructivo», de Joaquín Torres García, y sus conferencias de 1942, que sirvieron para estrechar las relaciones con sus admiradores de Buenos Aires.
Luego, la publicación, en 1944, del número uno (único) de «Arturo», «revista de artes abstractas» y órgano de los nuevos creadores. Más allá de las divisiones posteriores, todos buscaban lo mismo: inventar una nueva realidad estética. Se trataba de forjar un arte de hechos visuales puros, ajeno a toda intención metafísica o emotiva y, por cierto, realista-figurativa: un arte válido por sí y en sí, libre de convenciones. Su arsenal era escaso, aunque con posibilidades ilimitadas: líneas rectas y curvas, triángulos, cuadriláteros, polígonos, elipses, círculos, más las combinaciones y modificaciones con la interacción de estos elementos. El espacio se volvía dinámico, porque en él incidían el juego de las formas y las tensiones que ellas entablan en la tela, es decir, en el contexto de la geometría sensible.
A mediados de los 50, aunque los grupos se disolvieron, permaneció su influencia seminal. El arte cinético y el Op art (arte óptico), en plena boga entonces, pusieron el énfasis en la luz y en el movimiento, representados en la tela o generados por medios mecánicos en esculturas y objetos. La participación del espectador fue entonces más necesaria que nunca, porque se requería la absoluta complicidad de sus ojos.
Tomassello junto a los otros argentinos residentes en Francia -Marta Boto, Hugo Demarco, Gregorio Vardánega, Julio Le Parc y Horacio García Rossi- fueron pioneros y reconocidos exponentes de ambas propuestas. El aporte esencial fue el movimiento y la luz: virtuales en el arte óptico y reales en el arte cinético.
El pintor constructivista húngaro Moholy-Nagy, padre del matrimonio arte y tecnología, produjo el movimiento y la luz con sus Moduladores, esculturas cinéticas que realizaba desde 1922.
Otro húngaro, Víctor Vasarely, radicado en París desde 1930, inició esas experiencias en la década del 50. No todos los argentinos recibieron su influencia, pero sintieron la necesidad de superarlo y pasar al movimiento real. Le Parc y García Rossi fundaron en 1960, con tres artistas franceses y un español formado en la Argentina, el Groupe de la Recherche dArt Visuel, GRAV, disuelto en 1970, luego de ganar una real fama por sus realizaciones.
Tomasello, Boto y Vardánega elaboraron estructuras, objetos y relieves para representar el movimiento y la luz. «Me aproximo a los impresionistas que buscaron captar la luz para ponerla en colores sobre sus telas», señaló Tomasello. En sus relieves, las gradaciones coloreadas que producen, señalan el principio de descomposición de la luz. Realizó obras cinéticas caracterizadas por pequeños cuadrados blancos, negros y grises repetidos en toda la superficie. Luego, de sus primeros relieves cinéticos, comenzó a interesar por el juego de luces y sombras. En la década del 60 inició sus series de «atmósferas cromoplásticas», concepto vinculado con el efecto atmosférico producido por los reflejos de la luz.
La última exposición de Tomasello en el Centro Cultural Recoleta contó con más de setenta obras del Museo de Arte Contemporáneo Latinoamericano de la Plata, que posee la mayor colección del artista.
Julio Cortázar se había referido a Tomasello como «un alquimista que por debajo del rigor geométrico transformaba lo sólido e inmóvil, dilatando los objetos en color y luz, «... me fascina toda obra humana que de alguna manera colabora en esa gimnasia de la luz y de sus estados de ánimo, quiero decir de los colores».
Junto al escritor, de quién fue muy amigo, Tomasello realizó dos libros-objetos: «Un elogio de tres» (1980) y «Negro el tres» (1984).


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