Mujeres que a la mitad de su vida se hunden y buscan recuperarse lanzándose a la incertidumbre aparecen en “Me verás caer” (Tusquets), de Mariana Travacio. La consagrada escritora por sus novelas “Cómo si existiera el perdón” y “Quebrada”, retorna al cuento, aunque su libro en el fondo logra una innovadora nouvelle dramática.
Periodista: ¿Qué la llevó, luego de dos novelas, a un libro de cuentos, que se puede leer como una nouvelle con un prólogo y un epílogo metafórico?
Mariana Travacio: “Me verás caer” es un artefacto raro. En España, presentando el libro, Brenda Navarro dijo que es una novela narrada en relatos. Durante la escritura sentí necesidad de retomar la vida de las protagonistas, saber qué les había pasado luego de lo que les pasó. Fueron textos escritos de corrido, eso les dio unidad temporal y cierta estructura circular. El primer cuento trata de la relación madre-hija, el último la de tía-sobrina. En el medio están las historias de Elena, Blanca Nieves y cómo fueron sus vidas. Todo termina teniendo una inusitada unidad.
P.: Frente a los libros recientes de historias de mujeres, el suyo cuenta de mujeres en la mitad de la vida, que se hunden.
M.T.: Primó la necesidad de mostrarnos rotas. Decir otra cosa que “me gusta, que bien que estamos, combativas y sonrientes”. Busque mostrar el lado B, la segunda mitad de la vida, cuando ya no se está con el mazo recién estrenado sino con las cartas ajadas, marcadas con las arrugas de la vida. Era mostrarlas en un punto de inflexión. Cuando tenés que ver como barajas y das de nuevo. En ese punto de ruptura que obliga a huir hacia adelante sabiendo que el horizonte no está tan lejos, que lo tenés pegado a las costillas. Quise sondear ese momento vital a partir de roturas específicas y ver, con sus recursos psíquicos, que hacía cada una de ellas.
P.: Los hombres, la mayoría de las veces, están ausentes.
M.T.: Los hombres aparecen en ausencia. Compramos lo que los cuentos prometían “…y fueron felices y comieron perdices”. Busco contradecir ese mandato. Mirar hacia atrás y decir: no iba por ahí. El íbamos está en juego todo el tiempo desde lo ausente, lo que no sucedió como se suponía que debía suceder. Pero no son mujeres que se quedan en la cama, salen, de todos modos, a hacer algo. Toman los naipes gastados, barajan y dan de nuevo desde la incertidumbre.
P.: Cuentan con la ayuda de la amistad y la complicidad de otras mujeres.
M.T.: Es un rescate en aguas turbias donde no se hace pie. En ese mundo donde algo se rompe, hay dificultades y un devenir penoso, aparece la comprensión entre ellas, un rescate solidario. Cuando la vida es hostil hay, a veces, otro que te abraza.
P.: ¿Por qué en los relatos mezcla el fluir de la conciencia con la descripción de la situación en la que el personaje está inmerso?
M.T.: La escritura se me da de modo auditivo, necesito escuchar una voz. Cuando eso ocurre veo el personaje, lo que le sucede, el paisaje donde está. Tengo necesidad de esa voz para empezar a narrar algo que nunca sé muy bien qué es. Siento que puedo tirar de ese hilo y seguir su historia, con lo que sé qué quiere decir. Lo auditivo, el fluir de la conciencia, está muy presente en el libro; a la vez, hay cuentos narrados en primera y en tercera persona, con otro tipo de puntuación y de efecto, y que no pierden cierta oralidad. Tengo necesidad de escuchar una sintaxis, una gramática, para dar cuenta de una historia. La literatura es un asunto de lenguaje y ese problema.
P.: ¿Con quién siente parentescos narrativos?
M.T.: Escribimos con el acervo que nos compone, con las lecturas que hemos hecho. No con cualquier lectura, como dijo Barthes, sino con aquellas que nos han deslumbrado, esas donde hemos podido encontrar la tópica de nuestro deseo, esas donde hemos leído subrayando. Uno tiene la cabeza llena de subrayados, de deslumbramientos. Me crié en Brasil y mis primeras lecturas fueron en portugués y francés, Me eduqué en el Liceo Francés. Recuerdo a mis padres riéndose a carcajadas o llorando en silencio teniendo en las manos ese artefacto llamado libro. Quise saber por qué ocurría eso. Leí Mujercitas, Poe, Dickens, Hemingway, lo que había en la biblioteca de mi casa, pero siempre eran traducciones. Cuando a los 14 años me encontré en la Argentina pude leer en mi lengua materna. Cuando mi madre llegó con “Cien años de soledad” y “La casa verde” fue el deslumbramiento. No podía creer que se podía escribir así. Empecé a subrayar. La perplejidad de mis ojos fue un viaje entrañable. Los primeros fueron libros del boom: García Márquez, Vargas Llosa, Rulfo, Cortázar, Borges, Fuentes, Donoso. Una fiesta. A partir de entonces no dejé de sumar lecturas. Y cuando uno se pone a escribir está poblado de ese murmullo universal que tiene en la cabeza, y se va sirviendo de diversas voces. Voces en las que nos hemos detenido, alimentado, apropiado. Es nuestro acervo. Borges decía que la creación poética es misteriosa y reducirla a operaciones del intelecto no es verosímil. Encima cuando se quiere decir algo solo tiene el lenguaje y la lengua es profundamente insuficiente. El chileno Enrique Lihn dice: nada tiene que ver el dolor con el dolor, la desesperación con la desesperación, las palabras que usamos para nombrar esas cosas están viciadas, no hay nombres en la zona muda. Cuando se quiere hablar de lo que importa, el amor, la vida y la muerte, según Rulfo, uno encuentra que la palabra no es suficiente, por eso se fracasa todo el tiempo y escribís un nuevo libro, y otro, y sabés que vas a fracasar siempre.
P.: ¿Ahora en que está trabajando?
M.T.: En una novela, en medio de la selva pelando con culebras y mosquitos, siguiendo la vida de El Tala, un personaje de “Quebrada” y la gente mala que lo rodea
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