«Hoy no nos faltan insumos, pero nadie sabe qué va a pasar dentro de dos meses». La frase, dicha por un alto dirigente de la COPAL -la cámara que reúne a las empresas alimentarias- resume la postura del sector industrial frente a la resolución que restringe importaciones.
Sin embargo, y pese a críticas sobre esta medida oficial, una voz está sugestivamente ausente: la de la Unión Industrial Argentina (UIA). La central fabril se llamó a silencio bajo una excusa formal: «Estamos todos de vacaciones», le dijo a este diario otro alto dirigente.
De Mendiguren sólo había esbozado una «preocupación» por la posibilidad de que un excesivo espíritu regulatorio desalentara aún más un clima de negocios que viene complicado por factores externos (la crisis europea), y que pudiera paralizarse la producción por falta de insumos.
Este silencio se mantuvo incluso ante el cierre por falta de insumos de la planta Fiat en Córdoba; el sector automotor es uno de los más influyentes y el presidente de la italiana, Cristiano Rattazzi, es figura clave dentro de la UIA.
Interrogante
¿Por qué entonces la UIA no fijó posición ante la puesta en vigencia de la Resolución 3552, imponiendo la obligación de «consultar» con la AFIP cada compra en el exterior? Las causas son diversas.
No complicar la excelente relación que tienen con el Gobierno, forjada a partir de la asunción de De Mendiguren y reafirmada en dos actos públicos (en Tecnópolis y en la Conferencia Industrial). El propio secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, se habría comunicado con el presidente de la UIA para pedirle que lo «apoyara» en esta cruzada. El argumento esgrimido por el poderoso funcionario -pese a que hoy no parece necesitar argumento alguno para imponer sus posturas- habría sido la obvia ventaja que representa para la industria nacional la necesidad de sustituir importaciones.
Tiempo para estudiar en profundidad los mecanismos previstos en la resolución. Un poderoso industrial metalúrgico le preguntó a su abogado en jefe «¿qué quieren decir con consumo?»; el letrado todavía está tratando de determinar el alcance del término.
La confianza de que finalmente las restricciones a la importación se aplicarán sólo a los bienes terminados, y no a los insumos y bienes intermedios. El sector alimentario, por caso, no ha tenido problemas en el último año (el peor de la historia reciente en lo que hace a restricciones al comercio exterior) para abastecerse de ingredientes tan exóticos (y a la vez básicos) como coco, chocolate, café, etc. En el sector están seguros de que no van a producirse cambios en esa política oficial: dejar pasar lo que sirve para producir, y frenar los productos que compiten con los locales.
No todos piensan lo mismo: las automotrices, por caso, saben que son los destinatarios de las iras de Moreno porque nunca llegaron al prometido 50% de integración de piezas locales en las unidades que fabrican; esa industria está esperando a marzo para hacerse oír, si es que efectivamente los quince días que puede tomarse Comercio Interior para autorizar o rechazar una importación se traducen en problemas serios para fabricar.
No aparecer como proteccionistas: hay certeza de que la medida no apunta a proteger la producción local sino que es apenas un mecanismo para aumentar el superávit comercial y llevarlo a la «cifra mágica» de u$s 10.000 millones en 2012. Esto hizo que primara dentro de la dirigencia industrial la postura del silencio. Pese a estar de veraneo en lugares diferentes, los compañeros de «mesa chica» de De Mendiguren se mantienen en contacto vía telefónica; en esas reuniones virtuales se convino en no expedirse respecto del tema: la UIA no quiere aparecer opositora pero tampoco como una beneficiaria (aún indirecta) del cierre de las importaciones.
Aún así, los industriales ocultan en público pero no en privado una de sus principales preocupaciones: no sólo la falta de insumos puede ser crítica para la producción, también la demora en la llegada de esos insumos a planta. Si el mecanismo pensado por Moreno para demorar el ingreso al país se transforma en demoras imposibles de superar, el efecto sobre la producción local podría ser devastador.
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