21 de febrero 2014 - 00:00

ULANOVSKY Y DULITZKY: “Hay amor y locura en el Barolo”

Tiempo después de terminar la universidad, ellas buscaron un espacio para armar su primer estudio y llegaron, de casualidad, a una de las joyas ocultas de la Ciudad: el Palacio Barolo. A 90 años de su inauguración, enamoradas del edificio que abre las puertas de Avenida de Mayo, contaron su historia en el libro “Divino Barolo”, donde muestran sus vínculos con “La Divina Comedia” de Dante Alighieri y trazan un recorrido visual por esta emblemática pieza arquitectónica, todavía hoy plagada de misterio y excentricidad. En el piso 15 de la construcción, en una oficina con una vista única del centro porteño, recibieron a Viernes.

ULANOVSKY Y DULITZKY: “Hay amor y locura en el Barolo”
Periodista: El Palacio Barolo supo ser el edificio más alto de la Ciudad y uno de los más imponentes de América del Sur. ¿Cómo llegaron a él y en qué estado lo encontraron?

Valeria Dulitzky:
Primero trabajamos en mi casa hasta que mi mamá nos echó porque le vaciábamos la heladera y le ocupábamos el teléfono. Entonces alquilamos una oficina sobre Callao. En un momento se nos vencía el contrato y era esa época, cerca del año '89 en la que resultaba infernal alquilar, no se podía. Yo estaba buscando casa también, mis papás me iban a ayudar con algo pero no sabía qué quería ni si me iba a alcanzar la plata. De repente aparació el Barolo en un aviso en el diario. Acá no se puede vivir pero lo vendían, no estaba nada caro y lo vinimos a ver.

Julieta Ulanovsky: Quedamos locas con el edificio aunque la oficina estaba realmente mal.

V.D.: Estaba todo abandonado. Con las ventanas abiertas, pintado de marrón y los pisos mal. Éramos muy chicas, teníamos apenas 23 años pero fue la oportunidad.

P.: ¿Cuáles son las características que le dan la extravagancia al Barolo, según lo que fueron investigando?

J.U.:
A mí me parece que tiene que ver con que el autor del edificio, Mario Palanti, se basó o era un fanático de La Divina Comedia, de Dante Alighieri. Creo que inspirarse en algo así para hacer un edificio, donde habitualmente se tiene en cuenta simplemente la inclinación del terreno y los metros cuadrados, es algo único. Entonces hay un plus que tiene que ver con un cruce con otro tipo de arte y que hizo de esto algo muy raro. Hay un montón de cosas del edificio que no eran necesarias, como que cada piso sea diferente o que los techos sean todos tan distintos, o la particularidad de los balcones. Acá hubo una búsqueda muy distinta. La estructura tiene 100 metros hasta la punta del faro, que son los cantos que tiene La Divina Comedia. Además, son 22 los pisos y esto coincide con las estrofas de los versos de la obra. Es decir que el libro nace de algo diferente. Esto se suma también a que el tipo que bancó el proyecto y la construcción, que es Luis Barolo, también compartía esa adoración por Dante.

V.D.: Hay un poco de amor y un poco de locura en el edificio. Eso creo que es lo que persiste a través del tiempo. Más allá de que haya estado decadente y ahora esté bien, siempre hay algo inquietante, de cosas ocultas, de cosas que uno descubre. Después de editar el libro alguien nos preguntó si habíamos fotografiado el segundo subsuelo, donde hay una columna basal que tiene unas inscripciones. También ahí hay un agujero con una tapita que se levanta y eso comunica con un río subterráneo porque, según los masones, el edificio tenía que estar fundado sobre un caudal de aguas cristalinas. Alguien se tomó el trabajo de hacer ese agujero hasta el río, taparlo y que quede ahí. Si tirás una piedrita se escucha el agua. Es loquísimo. Hay muchísimas cosas que se hicieron para ajustar el Barolo a estos parámetros medio caprichosos o que responden a otra lógica o a otra búsqueda que no es la estrictamente arquitectónica.

J.U.: El Barolo fue un edificio muy moderno en su momento. Se hizo con mucho hierro y vidrio, que tampoco se usaba en esa época. Por ejemplo, los ascensores antes eran de vidrio adentro para permitir el paso de la luz a los pasillos. Las puertas también, todas con vidrio. Supuestamente se alumbran los pasillos desde el exterior. 

P.: ¿Cuál era la finalidad del edificio? ¿Es cierto que estaba pensado como un mausoleo?

J.U.:
Sí, una de las ideas o versiones era que iban a traer las cenizas de Dante acá. Para protegerlas de la guerra y todo eso.

V.D.: Claro. Y el faro representa una especie de ascensión de las almas al cielo. La idea era que Dante subiera. No sabemos si lo hizo, si llegó (risas). Después, en lo práctico, el edificio siempre fue de oficinas. Los baños están afuera, en los pasillos. No tiene gas. Fue concebido como un lugar de oficinas, para escritorios, como decían en la época. Por eso son chiquitos. Acá en el estudio tenemos cuatro. Originalmente, Barolo tenía los dos primeros pisos para él y el resto eran escritorios de alquiler.

P.: Por mucho tiempo el edificio estuvo descuidado pese a ser declarado Monumento Histórico Nacional en 1997. Recién a comienzos de los 2000 hubo un reflorecimiento del edificio. ¿De qué modo influyó esto?

V.D.:
Nos entusiasmó mucho cuando cambió el administrador. Asumió Roberto Campbell, que es el que está ahora. La familia de Campbell tiene varias oficinas en el edificio, entonces se puso el proyecto a cuestas y decidió conseguir ayuda para restaurarlo. Es algo muy caro porque con estas formas que tiene, por ejemplo, impermeabilizarlo, es costoso. Él fue consiguiendo algunos apoyos.

J.U.: Él hizo del edificio una institución. Pasó de ser un edificio raro y decadente a una especie de institución pública y cultural. Cuando fue el Bicentenario, por ejemplo, arreglaron el faro, se hacen eventos culturales, visitas guiadas; tiene otra vida.

P.: ¿Cuál es la población del Barolo actual?

V.D.:
En los últimos años cambiaron los inquilinos. La gente que alquila en el Barolo se está modernizando, dejó de haber mayoría de escribanos, contadores y abogados. Ahora hay diseñadores, calígrafos, gente que hace vitrales, arquitectos.

J.U.: Igual hay muchísimos abogados y escribanos. Pero, según decían en la última asamblea, parece que había muchas oficinas de mensajerías y adivinos, que de a poco se están yendo.

V.D.: Otra cosa que cambió desde que está Campbell es que hasta ahora la gente estaba en el edificio porque las oficinas nunca fueron caras, porque son chiquitas y demás. Pero desde hace un tiempo. la gente viene para estar en el Barolo.

P.: Después de tantos años de trabajar en el edificio, ¿cómo llegaron a la idea de editar un libro con fotos y la historia del lugar?

J.U.:
Nace por varios lados. Somos diseñadoras gráficas, nos gusta mucho hacer libros y ya veníamos haciendo algunas piezas gráficas para el Barolo, como el cartelito que está en el ascensor o algunas pautas para señalizar oficinas, la marca que están en los uniformes, algunos carteles más que dicen prohibido pasar o gracias por anunciarse. Siempre nos gustó la idea de poder hacer cosas nuestras, de tener cierta autoría sobre lo que hacemos y trabajar sobre algo que teníamos cercano.

V.D.: Unos años antes de este libro hicimos otro, el de los colectivos porteños. Ahí nos reafirmamos sobre una idea que llamamos rescate emotivo, que tiene que ver con poner el ojo en aquellas cosas que nos gustan mucho y que están sufriendo el paso del tiempo. Entonces el Barolo entraba en esa categoría perfectamente. Teníamos muchas fotos, porque estas ventanas inspiran. Desde acá se ven muchos cielos distintos, tormentas, arcoíris, nubes, brumas. Teníamos mucho material y las dos en distintos momentos hicimos cursos de fotografía. Usamos al Barolo como modelo. Es un edificio fotogénico, a pesar de que es difícil de fotografiar porque tiene temas de luz complicados. En un momento el libro vino solo. Dijimos ya está. Tenemos una buena cantidad de fotos, tenemos una idea, habíamos hecho un recorrido con el libro de los colectivos que implicó buscar un especialista, un ilustrador y gente que nos ayudó a darle un sentido y un guión.

P.: ¿Cómo surge la idea de financiar el libro mediante una plataforma de crowdfunding (financiamiento colectivo) como Idea.me?

J.U.:
Nos habíamos presentado a Mecenazgo, de la Ciudad, pero no nos funcionó. Nos aprobaron el proyecto pero no encontramos la manera. Es un sistema muy complicado. Tenés que contactar empresas que te deriven parte de sus ingresos brutos y después eso que hacés no se puede vender.

V.D.: Entonces empezamos financiándolo de nuestros bolsillos. Fotógrafos, redactor y demás. Por eso nos llevó tanto tiempo. Mientras tanto íbamos buscando sponsors de distinto tipo. Algunos se entusiasmaban pero cuando nos preguntaban cuánta plata hacía falta y decíamos la cifra nos miraban asombrados.

J.U.: Cada tanto era recurrente que apareciera alguien y nos dijera che, ¿por qué no prueban con alguna plataforma de financiamiento colectivo?. Lleva mucho trabajo algo así, por eso nos resistíamos. Hasta que le encontramos la vuelta. Además, a principio del año pasado tuvimos una baja importante de trabajo en el estudio y pudimos dedicarnos mucho a terminar el libro, traducirlo y ajustarlo. Además, se cumplían 90 años del edificio y veíamos a un montón de gente que venía a las visitas guiadas.

P.: ¿Por qué creen que tanta gente se sumó a la iniciativa y aportó finalmente dinero para que se hiciera posible? ¿Qué los movilizó?

V.D.: La verdad es que la palabra patrimonio nos abrió muchas puertas. El tema es un tema que convoca mucho más de lo que esperábamos. Y moviliza. Moviliza gente, instituciones, gente que tiene plata, gente que es amante de la Ciudad; casi como si fuese un movimiento político o ideológico.

@tinalarrea

Dejá tu comentario