13 de enero 2010 - 00:00

Un Grass a medias confesional

Un Grass a medias confesional
Günter Grass «Pelando la cebolla» (Punto de lectura, Madrid, 2009, 515 págs.)

«Cuando se lo atosiga con preguntas, el recuerdo se asemeja a una cebolla que quisiera ser pelada para dejar al descubierto lo que, letra por letra, puede leerse en ella: rara vez sin ambivalencia, frecuentemente en escritura invertida o de otro modo embrollada». Eso explica Günter Grass, para luego detallar lo que se va encontrando al ahondar, al ir profundizando piel a piel, donde aparecen «palabras tantas veces evitadas» y hay que saber romper los códigos, sortear la verdad que resulta ser una mentira y las detalles que se creen «fotográficamente exactos» y sentencia; «la cebolla tiene muchas pieles, y apenas pelada las pieles se renuevan; cortándola, hace saltar las lágrimas, sólo al pelarla dice la verdad».

Contada por un narrador en tercera persona, y siguiendo una forma muy concreta, la del pelado de una cebolla, justamente, que va desgajando los episodios de su vida, «Pelando la cebolla» es un extraordinario, impiadoso y polémico ejercicio de memoria confesional del Premio Nobel de Literatura alemán. En este primer tomo de su autobiografía donde no hay fronteras claras entre lo realmente sucedido y la ficción, acaso porque la metáfora del artista sirve para entender más intensamente la verdad, como lo demostró en forma plena con su primera obra maestra «El tambor de hojalata». En este caso, el efecto simbólico está desde el mismo comienzo. Elige empezar con la celebración de su cumpleaños número doce, que coincide exactamente con el estallido de la Segunda Guerra Mundial. A partir de allí hablará de su niñez en Danzing, de su llamada a filas y tener que estar en la terribles Waffen-SS (después explicará que esto no fue así, el peso de la culpa lleva a estos palimpsestos) y de su exilio en París, donde escribirá «El tambor.».

Catarsis de errores

Grass sabe que no hace autobiografía convencional sino una literatura autobiográfica que tenga su sello, pero que le sirva para la catarsis de los errores de su pasado, que su extraordinaria prosa le sirva para pelar la cebolla que le permita llorar al confesar que en su juventud estuvo participando del nazismo. Escribe: «hace décadas que me negaba a reconocer lo que en los estúpidos años de mi juventud había aceptado con orgullo y se transformó después de la guerra en una creciente vergüenza que quería silenciar, pero el peso se mantuvo y nadie lo pudo aliviar». Toda la primera parte del libro está dominada por el cuestionamiento de qué lo llevó a presentarse de voluntario de las SS, si se debió la pobreza, el ambiente familiar, en el fondo imperfectas justificaciones de un hecho tan imperdonable como la fervorosa pasión por Hitler de su padre, y Grass lo sabe. Luego hablará de su exilio, sus amigos, su éxito como dibujante, su consagración como poeta, las mujeres que lo fueron acompañando. Todo con su clásico humor y ese inimitable estilo que hace interesar al lector hasta de una pequeña anécdota.

M.S.

Dejá tu comentario