En su casa, se decoraba el árbol de Navidad y en Nochebuena cenaban todos juntos antes de acudir a la misa del gallo. Pero ayer no había "celebraciones, ni para los adultos ni para los niños", dice Ghasam.
Porque, como otros miles de cristianos de Irak, Ghasan y sus tres hermanos huyeron con sus mujeres e hijos de Al Qosh. Esta ciudad de la provincia de Nínive fue conquistada en junio por el grupo Estado Islámico (EI) en una ofensiva que le permitió apoderarse además de Mosul, la segunda ciudad de Irak.
Refugio
Esta huida los llevó al Kurdistán iraquí y de allí a Bagdad, donde la familia fue recibida este mes en un colegio cercano a la iglesia de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro. Ghasan, su esposa y sus dos hijos comparten la misma sala con su hermano, su cuñada y sus cuatro hijos. Los otros dos hermanos y sus familias están alojados en otra aula. Las ventanas están cubiertas de telas viejas y los colchones se amontonan en el suelo, en medio de zapatos.
"Aquí no hay futuro", se queja Ghasan, abrazado a su hijo de siete años. "¿Qué futuro les espera a mis hijos? ¿Qué me garantiza a mí que seguirán vivos?", se pregunta, sentado en un pupitre con lágrimas en los ojos.
La comunidad cristiana de Irak, una de las más antiguas del mundo, contaba con más de un millón de fieles, de los cuales más de 600.000 en Bagdad, antes de la invasión estadounidense en 2003. Después el país se convirtió en un campo de batalla entre los insurgentes y las tropas extranjeras. Y más tarde en escenario de una guerra interconfesional en la que los cristianos, asimilados a los "cruzados" occidentales, se convirtieron en un blanco.
El ataque más sangriento causó 46 muertos el 31 de octubre de 2010 en la iglesia Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, cerca de la escuela donde se refugia la familia de Ghasan.
Luego la violencia bajó de intensidad pero volvió a dispararse en 2013 y fue a peor con la ofensiva del grupo EI, que tomó como blanco a las minorías independientemente de su religión. Los yihadistas advirtieron a los cristianos que morirían si se negaban a convertirse al islam o a pagar un impuesto especial. Por eso, la inmensa mayoría, sobre todo los de Mosul, huyeron y sus casas fueron confiscadas por el EI.
El patriarca caldeo Louis Sako lamentó el miércoles que no se pueda proponer "ninguna solución rápida" a los 150.000 cristianos desplazados. Y eso que "necesitan especialmente señales de que no fueron abandonados a su suerte u olvidados", dijo.
Congregados ayer por la mañana para la misa de Navidad en la iglesia de la Ascensión en Bagdad, los fieles reconocieron que "no tienen el corazón para fiestas". "¡Cómo vamos a ser felices cuando miles de nosotros viven en condiciones tan precarias, en escuelas o campamentos!", exclamaba Rayan Dania Sabri.
| Agencia AFP |


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