28 de julio 2011 - 00:00

Un insurrecto al que nadie tomó en serio

Lima - Cuando a finales de 2000 un anónimo teniente coronel del Ejército peruano intentó un golpe de Estado contra el entonces agonizante régimen de Alberto Fujimori, a nadie se le pasó por la cabeza que ese personaje se convertiría una década después en presidente por decisión del pueblo.

Esa acción, en lo militar, bordeó el ridículo. Los subordinados, que salieron del cuartel en el departamento de Tacna dispuestos a tomar el poder, volvieron minutos después asustados y dejaron a su líder, Ollanta Humala, dando vueltas solo por los Andes, sin que las autoridades siquiera se tomaran la molestia de perseguirlo en serio.

Humala nació en Lima el 27 de junio de 1962, en una familia numerosa y muy politizada del departamento (provincia) de Ayacucho. Según la leyenda familiar, su padre, Isaac, un abogado excomunista, soñaba con verlo presidente, pero no por la vía de las urnas, a la que consideraba débil, sino mediante un golpe de Estado.

En aquel 2000, prácticamente nadie lo captó, pero había nacido un líder. Durante su recorrido rebelde, habló con los campesinos de cada pueblo que cruzó, y con su aspecto común, su nombre de general inca y su apellido quechua sembró la semilla del cambio.

No obstante, consideró que no estaba listo. Pidió perdón y volvió al Ejército, pero se lo envió como agregado militar primero a París y luego a Seúl, un exilio dorado para mantenerlo lejos.

A finales de 2004 fue dado de baja cuando estaba en Seúl. Quien quiso vengarlo fue su hermano ultrarradical Antauro, que tomó con 160 exreclutas una comisaría de los Andes, acción que dejó seis muertos, incluidos cuatro policías. El objetivo: la renuncia del entonces presidente Alejandro Toledo. Todo fue controlado y Antauro está hoy en la cárcel.

Con esos antecedentes, Humala incursionó en política. No le fue fácil, pues tuvo que romper con su familia, empeñada, sobre todo Isaac y Antauro, en impulsar el pintoresco y peligroso «movimiento etnocacerista», suma de socialismo, ultranacionalismo, fascismo, racismo, chauvinismo, antichilenismo, homofobia y antisemitismo.

No sólo eso, sino que en medio de la fiebre izquierdista que vivía América Latina con el faro del presidente de Venezuela, Hugo Chávez, Humala mostró simpatías por esas ideas, mal vistas en el Perú. Aun así, sorprendentemente ganó la primera vuelta en 2006 y perdió por poco la segunda ante el fogueado Alan García.

Luego, muy atacado, estigmatizado como chavista y sin encontrar lugar, fue dado por cadáver político. En la última campaña estuvo abajo en las encuestas, pero a última hora arrancó de atrás y ganó la primera vuelta. Una vez allí, entre la incredulidad de los adversarios, que no cesaron nunca de atacarlo, moderó su discurso hasta convertirse de palabra en casi un socialdemócrata.

Los rivales insistían en que era un lobo disfrazado. Pero la mayoría le creyó, y ganó apretadamente pese a la manera constante en que se lo atacó desde la mayoría de medios y redes sociales. Sus movimientos previos a la posesión muestran que no será un radical izquierdista, sino un ecléctico. Una apuesta arriesgada, pues puede dejar sin complacer ni a unos ni a otros.

El ceño fruncido es ahora menos frecuente. Sonríe y se permite bromas. Pero en las formas es un típico militar: atlético (siempre al trote), adusto. El estilo les gusta a muchos y fastidia a otros, pues es de esos políticos nacidos para desatar pasiones en favor o en contra, pero no para pasar inadvertido.

Su dureza exterior contrasta con su esposa, Nadine Heredia, una comunicadora de 35 años de dulce sonrisa y estructuradas ideas izquierdistas. Tres hijos de entre diez años y seis meses completan uno de los cuadros familiares más simpáticos de la política peruana.

La historia seguirá en Palacio desde hoy. Pocos presidentes han enfrentado tantas presiones para demostrar que son democráticos y responsables. Será la prueba de fuego para un militar que jugó a la política y ganó.

Agencia DPA

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