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Un magnífico programa doble de la Académica
Este fin de semana la Orquesta Académica de Buenos Aires, su director titular Carlos Calleja y sus dos directores asistentes (Carlos Jaimes y Luis Belforte) tuvieron dos encuentros con dos públicos distintos, pero que les brindaron una idéntica aclamación en virtud de los enormes méritos de ambos conciertos, el sábado en la Facultad de Derecho y el domingo en el Teatro Avenida.
Una excelente idea fue la de convocar al joven violinista chileno Freddy Varela Montero, ya bien conocido en su calidad de concertino de la Orquesta Estable del Teatro Colón y más recientemente de la Camerata Bariloche, pero cuyas dotes extraordinarias merecen el lucimiento que le permite un concierto como solista. En una performance que hubiera sido ovacionada en cualquier gran sala del mundo, el prodigioso Varela Montero (afinación impecable, sonido brillante, actitud compenetrada con el entorno) recorrió el hermoso «Concierto en Re mayor» de Chaikovsky con la soltura técnica de un virtuoso, pero confiriendo a cada nota, de la más «pesante» a la más ligera, un acento personal en perfecta sintonía con el carácter de la música interpretada.
Comandada por Jaimes el domingo (y por Belforte el sábado), la Orquesta tuvo un notable desempeño, sorteando las trampas rítmicas de esta partitura gracias a un trabajo de preparación fácil de intuir y a la concentración de todos sus miembros. Bajo la guía autorizada (y nunca autoritaria) de Carlos Calleja, la «Sinfonía en mi menor» número 5 del mismo compositor se pudo escuchar en una versión sólida, con grandes méritos en los vientos (especialmente la fagotista Victoria Merlo, el flautista Guillermo Irusta y los solistas invitados David Bortolus en oboe y Pablo Nalli en corno) pero por sobre todas las cosas, con un espíritu de equipo que no sólo se advierte en las miradas de los integrantes sino que incluso se percibe auditivamente.
La Orquesta Académica logra de esta manera doblemente su cometido respecto de sus integrantes: ser un semillero de grandes instrumentistas pero a la vez transmitirles una «mística musical» que con suerte los años en las sillas de orquestas futuras no les harán perder.


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