6 de agosto 2013 - 00:00

Un “Nabucco” sostenido en muy buenos solistas y coro

El célebre momento del “Va Pensiero”. BAL intentó recrear, quizás, el bis hecho hace poco por Riccardo Muti  en Roma y tan visto en Youtube, pero el público no interpretó la intención  o fue demasiado tímido para cantar.
El célebre momento del “Va Pensiero”. BAL intentó recrear, quizás, el bis hecho hace poco por Riccardo Muti en Roma y tan visto en Youtube, pero el público no interpretó la intención o fue demasiado tímido para cantar.
"Nabucco", ópera en cuatro actos. Música: G. Verdi. Coro y Orq. BAL. Puesta en escena, Esc. y Vest.: M. Perusso. Dirección musical: J. Logioia Orbe. (Buenos Aires Lírica, Teatro Avenida).

Buenos Aires Lírica celebra el bicentenario verdiano con un título menos transitado que su "trilogía popular" u otros de representación frecuente. La trascendencia de "Nabucco", con libreto de Temistocle Solera, reside no sólo en que se trató del primer gran éxito de Verdi sino en la carga simbólica que la historia del pueblo hebreo oprimido por el rey babilonio cobró para los milaneses de 1842 (que se encontraban bajo la dominación austríaca), puesta de manifiesto sobre todo en torno al coro "Va, pensiero, sull'ali dorate", al que aún hoy los italianos consideran el auténtico himno nacional.

La puesta en escena de Marcelo Perusso intentó, en el marco de una escenografía grandilocuente y monolítica, dar mayor amplitud al alegato contra la opresión de los judíos con elementos más contemporáneos (proyecciones, vestuario, etcétera), que sin embargo aparecieron desconectados del resto y no denotaron un concepto general o una reflexión profunda detrás de ellos. Fallido fue también el intento de que el público se sumara al bis de "Va, pensiero", para lo cual se insertó el texto en italiano y español en el programa de mano y se subieron tenuemente las luces de la sala: al margen de unas pocas voces tímidas, la audiencia no interpretó la indirecta, sintió la artificialidad de la premeditación o simplemente no se atrevió a sumarse al coro, y la iniciativa quedó así a mitad de camino.

Fue precisamente el coro preparado por Juan Casasbellas uno de los pilares del aspecto musical: potente, preciso y con un correcto balance entre las cuerdas y respecto del foso, sorteó todos los escollos de una partitura desafiante. También cumplió con su misión la orquesta: al mando de Javier Logioia Orbe, responsable de una lectura ágil y lúcida, el ensamble fue el sustento instrumental necesario para el despliegue vocal sobre el escenario.

En el protagónico, Lisandro Guinis mostró aplomo y compromiso musical y actoral, aunque su presencia vocal quedó desdibujada ante los colosos con quienes le tocó compartir elenco: Mónica Ferracani, una Abigaille soberbia en todo el registro que deslumbró con su coloratura y su línea, y Hernán Iturralde, imponente y arrollador como Zaccaria, el líder de los hebreos. La mezzo María Luisa Merino fue una espléndida Fenena y Santiago Bürgi cumplió adecuadamente como Ismaele. Walter Schwartz (Gran Sacerdote de Baal), Darío Leoncini (Abdallo) y Laura Polverini (Anna) tuvieron actuaciones impecables.

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