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“Un teatro museológico no provoca nada a nadie”
Landin: «Quienes se acercan a Molière con afán de erudición, tomando una comedia como si fuera una tragedia, sin tener en cuenta el espíritu y la estructura de sus obras, son los mismos que endiosan a Mozart ignorando su costado picaresco».
Hoy se estrena en la Sala Martín Coronado del Teatro San Martín su segundo Molière, «El burgués gentilhombre», comedia-ballet creada en 1670 para la corte de Luis XIV, que narra las desventuras de un nuevo rico, Monsieur Jourdain (Enrique Pinti), que con gran ingenuidad pretende formar parte de la nobleza, aprendiendo sus modales, costumbres y cultura general, no por un genuino interés sino para aparentar distinción. La pieza fue traducida por el propio Landin (también a cargo de las luces, escenografía y vestuario) y cuenta con un elenco de treinta artistas entre actores, músicos, cantantes y servidores de escena.
Esta semana el director partirá a Montevideo para iniciar los ensayos de dos óperas («Cavalleria Rusticana» e «I Pagliacci») que montará en El Teatro Solís. En septiembre abrirá el Festival Pergolesi, en Jesi (Italia), como director de escena de «Lo frate nnamorato».
Periodista: ¿Cómo encaró este segundo Molière?
Willy Landin: Primero acepté encantado y después estuve dudando una semana, porque no quería hacer «El regreso de las mujeres sabias» o «Mujeres sabias 2». Pero Molière es genial, cada pieza es un universo único y hay que investigar mucho en lo que cada una pide. No creo en esos directores que se limitan a un estilo. En ópera, por ejemplo, estuvo vigente el estilo «a la Beni Montresor». No importaba qué obra fuera, todo era dorado, negro, plata y espejo. Yo, en cambio, prefiero el riesgo artístico, no por provocación, sino por el desafío que genera cada obra. En Molière hay mucho juego de lenguaje que hay que adaptar, parodias a personajes de la época. ¿cómo hacer que estas cosas no queden muertas en el escenario? Un teatro museológico no provoca nada.
P.: Usted investiga para transgredir el material con mayor comodidad. En «Las mujeres sabias» incluyó un tema de Locomía, grupo famoso por sus abanicos.
W.L.: La aparición de Locomía no fue algo gratuito. Poca gente sabe que en la corte de María Antonieta (posterior a la época de Molière, lo aclaro ya) había unas setenta páginas con instrucciones de cómo utilizar un abanico. Las mujeres se entrenaban para eso. Hay muchísimas cosas de Molière y su época que si uno no las conoce no entiende el espíritu de sus obras. El fue una persona muy libre y transgresora que tuvo una relación casi woodyallenesca con la hija de su esposa, veinte años menor que él. Entró en la corte de Luis XIV con la ayuda del hermano del rey que era un degenerado atómico. Hubiera podido vivir como un potentado, pero en lugar de quedarse muy tranquilo en su mansión parisina prefirió vivir como un trashumante con su compañía de teatro. Entró en la corte con la pretensión de imitar a Racine, pero eso no funcionó, su fuerte era la comedia. No se consideraba un dramaturgo y renegaba de tener que escribir los libretos, sólo lo hacía por obligación. Pero fue un adelantado, su «Impromptu de Versalles», fue la primera improvisación escrita de la historia; con ella se anticipó varios siglos a la «Europera 5» de John Cage.
P.: Usted versiona sin ningún pudor.
W.L.: Me tomo el trabajo de buscar hacia dónde va Molière con su humor verbal, para causar el mismo nivel de comicidad que es absolutamente festivo, casi dionisíaco. Por una cuestión política y de época saqué algunos chistes que hoy resultarían muy irrespetuosos y no tendrían sentido. En el original se dicen cosas terribles respecto de Alá y de los musulmanes. No era una época de convivencia y tolerancia democrática, se reían del diferente y parodiaban las costumbres y creencias ajenas con suma crueldad.
P.: La pieza ataca duramente a la burguesía. ¿Hoy a quién irían dirigidos esos dardos?
W.L.: La pedantería no tiene escala social. Esta es una sátira sobre la estupidez humana. ¿Dónde entra lo social? En esta pedantería de que el dinero es lo que da poder. Un tema de tremenda actualidad. Tanto en aquella época como ahora, la imagen lo es todo. Yo tomé una frase que Madame de Sevigné cita en sus cartas: «Aquí la gente no vale por lo que es sino por lo que se hace valer».
P.: Alberto Ure decía, para burlarse de los ortodoxos, que no hay Molière más aburrido que el de la Comedie Française.
W.L.: Creo que se refería a quienes se acercan a Molière con afán de erudición, tomando una comedia como si fuera una tragedia sin tener en cuenta el espíritu y la estructura de sus obras. Es la misma gente que endiosa a Mozart y prefiere ignorar su costado picaresco. ¿Pero saben realmente cuál es la traducción de «Cosi fan tutte»? Es muy chic escuchar esta ópera en la Scala de Milán, pero su título en español, «Así hacen todas», suena a comedia picaresca de la calle Corrientes. Si fuera hoy al Colón a proponer una obra titulada «La rubias son picaronas» me dirían: «Escuchame, ¿vos sos tarado?». Y sin embargo la obra de Mozart tiene un título por el estilo.
P.: Supongo que estará contento con Enrique Pinti.
W.L.: Me pareció genial que lo convocaran. Es un gran actor y está muy colocado en su rol. Se van a sorprender. Por idiotez argentina, la gente que se dedica al humor y a la comedia siempre fue menospreciada, o no valorada en su justa medida. Recién cuando ya no se los tiene, empiezan a decir: «¡qué genio era!».
Entrevista de Patricia Espinosa


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