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Un verano con luces amarillas

El déficit de la cuenta corriente del balance de pagos superaría este año los 5 puntos del PIB. El aumento respecto del observado en 2015 sería de algo más de 2% del PIB. En ese mismo lapso, la tasa de inversión (medida a precios corrientes) se redujo levemente. Más allá de alguna imprecisión en la medición, no hay un cambio claro en la tendencia del país a endeudarse para sostener un nivel de consumo público excesivo.
Luego de las elecciones de medio término, el gobierno impulsó algunas reformas estructurales; sin embargo, su efecto sobre las expectativas no fue muy importante. Los mayores avances son en el campo tributario, pero requieren del paso del tiempo y, además, fueron afectados por la decisión de un grupo de provincias de aumentar las alícuotas de ingresos brutos porque partían de un nivel algo menor al máximo fijado en el acuerdo firmado entre el Gobierno nacional y 23 gobernadores.
El cambio en la fórmula de ajuste de las jubilaciones es importante para evitar un aumento excesivo en el gasto del gobierno nacional, pero no va más allá de ello. Y la postergación de la reforma laboral puede interpretarse como un anuncio de lo complicado que es avanzar en recortar privilegios.
El origen del déficit externo revela una macro desajustada. La solución del problema no pasa por restringir importaciones sino por reducir el consumo doméstico, en particular el público. Por ello el programa fiscal es central. Y respecto de este punto caben algunos comentarios:
• A comienzos de 2017 el Gobierno ya corrigió su programa inicial aumentando el déficit primario. No hay más espacio para nuevos relajamientos en la meta fiscal.
• Si el programa corregido se calibró para un costo de financiamiento en dólares que se reducía en el tiempo, las señales de comienzos de 2018 sugieren que hay que recalibrarlo, lo que requiere una meta más ambiciosa.
• Esa mejora fiscal puede lograrse a partir del sobrecumplimiento de la meta y del avance en nuevas reformas estructurales que den mayor certeza sobre la continuidad de la corrección en los años siguientes.
En la Argentina hay una corriente de opinión que postula que el llamado ajuste debe condicionarse a los tiempos de la política. Esta conclusión sería debatible aún en países que tienen asegurado el acceso al crédito. Pero en países que pueden tener dificultades para lograr en cada momento el financiamiento necesario para una corrección gradual, los tiempos los marcan los que aportan los créditos. La autonomía de decisión requiere de una política fiscal holgada. Lamentablemente ese no es el caso de la Argentina. En otras palabras, el gradualismo requiere ser "alumnos de diez" en el diseño del programa macro y en su cumplimiento.


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