10 de septiembre 2013 - 00:00

Una amenaza que se debe quitar de manos peligrosas

"En el mundo de la seguridad internacional, particularmente en relación con las armas de destrucción en masa, es frecuente oír que si un arma fue usada una vez, seguramente lo será una segunda vez", afirmó el embajador Rogelio Pfirter, exdirector de la Organización para la Prohibición de las Armas Químicas (OPAQ), a Ámbito Financiero al ser consultado sobre la posibilidad de nuevos ataques.

El diplomático argentino aseguró que "nada de lo que se dice sobre el armamento sirio pudo ser confirmado porque el país no forma parte de la Convención sobre Armas Químicas". "Este tratado, en vigor desde 1997 y que cuenta con 189 países signatarios, el 98% de la humanidad, obliga a sus partes a declarar sus programas químicos, prohíbe el desarrollo, producción y uso de todas las armas químicas y obliga a destruir bajo verificación internacional los stocks declarados", explicó Pfirter, quien durante su gestión a cargo de la OPAQ (2002-2010) centró sus esfuerzos por lograr inspecciones en Damasco.

Siria es uno de los cinco países que no se adhirieron a la Convención -los otros son Egipto, Angola, Corea del Norte y Sudán del Sur, además de Israel y Birmania que la firmaron pero no la ratificaron- y su arsenal jamás fue sometido a las inspecciones internacionales. Por ello, es imposible saber con exactitud su conformación y alcance.

Según las estimaciones del organismo, el régimen de Bashar al Asad cuenta con gas nervioso sarín (que fue utilizado en el ataque del 21 de agosto en Guta) y el gas vesicante (ampollante) mostaza. Existen especulaciones de que, además, tendría en su poder gas nervioso VX, que es más tóxico y persistente que los dos anteriores.

"Siria tendría la capacidad de desplegar estos agentes en distintos tipos de armas, incluyendo misiles balísticos", aseguró a este diario el especialista, que detalló que el armamento sirio es principalmente de fabricación propia.

La carrera por las armas de destrucción masiva en Siria comenzó, como en muchos otros países de la región, en la década de 1970 cuando, señaló Pfirter, no era difícil acceder en el mercado internacional a precursores químicos y tecnología sensitiva.

De acuerdo con la información de cables desclasificados de los servicios de inteligencia estadounidenses, difundida el domingo en The New York Times, el Gobierno sirio -entonces a cargo del padre de Bashar, Hafez al Asad- compró las materias primas a la Unión Soviética, China y Corea del Norte. Pero en los últimos años, antes de que comenzara la guerra civil, empresas estadounidenses y británicas también comercializaron las sustancias. Damasco las adquirió bajo el argumento de utilizarlas para la fabricación de cosméticos.

Con ayuda del mundo, el régimen sirio tiene hoy día una capacidad desconocida para arrojar sobre la población y sus enemigos, agentes que pueden provocar el colapso del sistema nervioso y la muerte por asfixia por la incapacidad de funcionamiento de los músculos (gas sarín) o asfixia agónica tras la generación de ampollas en las mucosas y en la piel (gas mostaza).

Consultado sobre la efectividad que tendrán los análisis de la misión de la ONU teniendo en cuenta las propiedades del gas sarín, el exdirector de la OPAQ indicó: "Es un agente tóxico relativamente poco persistente en el ambiente, de manera que, si efectivamente hubiera sido usado, el tiempo transcurrido entre ese hecho y el arribo de los inspectores podría complicar su detección".

Sin embargo, las muestras tomadas de los sobrevivientes y de los restos de municiones halladas en el lugar serían suficientes para determinar el uso de un agente tóxico, agregó. Y destacó un dato importante dentro de la coyuntura internacional: esos resultados no se usarán para determinar responsabilidades, es decir, Naciones Unidas no podrá acusar a Al Asad o a los rebeldes por el ataque.

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