30 de septiembre 2013 - 00:28

Una crisis artificial que conviene cortar de cuajo

El Congreso de EE.UU. aprueba déficits generosos que avanzan raudos y, a la par, sobre la misma vía, abulona límites nominales rígidos a la deuda pública. El destino es de colisión a menos que los legisladores se pongan de acuerdo en desplazar a tiempo los topes del endeudamiento. Si la negociación se atasca, la atracción se frena manualmente. Se cierra el Gobierno. Se suspenden sus funciones "no esenciales" hasta nuevo aviso. Se licencia personal sin cobro de sueldos. Pero los servicios de la deuda jamás se tocan. Con el Gobierno en el congelador es más fácil lubricar un acuerdo, despejar el riel y echar el sistema fiscal de nuevo a andar. Siendo así, lo mejor que puede pasar es que mañana, ante el comienzo del ejercicio fiscal y la ausencia de márgenes de gasto, el Gobierno se cierre una vez más. Pero es poco probable que suceda. Y no porque la intransigencia entre demócratas y republicanos vaya a ceder, sino porque la disputa se profundice. Hay que entender lo particular de la coyuntura: hay dos discusiones en curso, no una sola, y dos fechas límite en el tapete. El 1 de octubre (ya que expira el fondeo para un vasto número de programas federales) y el 17 de octubre, que es cuando se golpea con el "techo" de la deuda según las estimaciones oficiales, y el Tesoro deberá cursar pagos de salud y jubilaciones militares por u$s 75.000 millones con una caja de u$s 30.000 millones y sin autorización para pedir prestado un dólar más. Entiéndase bien: los mercados están dispuestos a incrementar su financiamiento, es una norma legal lo que cierra el paso.

La solución a mano pasa por flexibilizar las restricciones, pero la política se enanca en ellas, pivotea sobre las fechas límite, para ensayar un toma y daca. Los republicanos no le conceden al presidente Obama una relajación sin una moneda de cambio. La desfinanciación de la reforma de la salud, convertida en ley en 2010, es el principal trofeo al que aspiran (no el único). Lo mejor que puede pasar con este divertimento de fabricar crisis fiscales en los pasillos -lejos de los mercados, en los entresijos de la porfía política- es que finalice cuanto antes. En 2011, la disputa se agravó con la decisión de Standard & Poor's de rebanarle a la deuda soberana su calificación AAA. Como lo único que no se temía era el default, los bonos del Tesoro no se dañaron. Pero el Dow Jones entregó 2.000 puntos gracias al entuerto (una caída vertical del 15%), y no fue hasta febrero de 2012 que se recuperaron las cotizaciones de julio. Lo mejor sería, pues, cortar el enredo de cuajo. Un cierre de Gobierno esta semana podría hacer las veces de una ducha fría matinal que, al despertar el rechazo de la opinión pública, obligue a conciliar posiciones temprano. Una "resolución continua" a último minuto que corra el límite de gasto un par de semanas o un mes garantizará que no haya arreglo hasta la próxima fecha crucial, la del 17 de octubre. Sólo servirá para extender la agonía. Muy distinto será si los forcejeos, por el expediente de las postergaciones, convierten a octubre en un penoso (e inútil) vía crucis.

Dejá tu comentario