8 de diciembre 2008 - 00:00

Una crisis menos espectacular pero más profunda que en 2002

Menos espectacular, pero más profunda. Así será la crisis en la que ha entrado la Argentina con relación a la de 2002. El argumento para esta afirmación es que aquélla fue una crisis coyuntural; la presente es estructural.
Al comenzar el nuevo siglo, el principal problema económico que teníamos era básicamente fiscal: insuficiencia de recursos para atender los requerimientos del sector público, incluyendo la deuda. Algunos (siempre con intereses de por medio) agregaban la cuestión cambiaria, en especial luego de la devaluación de Brasil. Esto es opinable. Pero el aparato productivo y de servicios no sólo estaba entero, sino que además renovado y modernizado. Teníamos petróleo y gas, abundante electricidad, nuevas comunicaciones, recuperación vial, las empresas equipadas merced a la apertura económica, con buena capacidad de expansión. La industria mirando horizontes más allá de las fronteras y la producción agropecuaria en pleno desarrollo. Estaban dadas las condiciones para impulsar el crecimiento.
Por cierto, no eran todas rosas. El paulatino agravamiento de la cuestión fiscal tuvo que convivir con el crónico problema de las dificultades que tenemos para el financiamiento del sector privado.
Encima, en el mundo, durante la segunda mitad de los noventa, se produjeron por lo menos cinco grandes crisis, de ninguna de las cuales la Argentina se salvó. Esto trajo aparejada la caída del precio de importantes productos de las exportaciones. Además, la corrida bancaria de 2001 fue incontenible porque no se explicaron, o no se entendieron, los mecanismos destinados a frenarla. Esto da el carácter coyuntural de la crisis, ya que si hubiésemos logrado financiar el déficit (nos jugó en contra la teoría del «riesgo moral», los plomeros y carpinteros de EE.UU.), el colapso se hubiese podido evitar.
Además, pronto se recompusieron los precios de los commodities. Ello, por supuesto, al margen de factores políticos -que jugaron de un lado y del otro del mostrador- armando el explosivo cóctel que estalló a fin de año.
La nueva crisis es estructural. Responde a causas mucho más hondas que la anterior. En los últimos años no ha habido importante inversión productiva. La construcción (en buena medida, reserva de valor contra la inflación), la telefonía celular y la industria automotriz suman en las estadísticas, aunque en varias situaciones carecen del factor dinamizador de otro tipo de inversiones.
Además, las empresas que durante varios años después del colapso aprovecharon su capacidad ociosa, luego se han manejado con gran cautela ante el discurso y la política del Gobierno. Como si dijesen: hasta aquí llegamos. Ni hablar del disloque del sistema de precios relativos y sus consecuencias. Para colmo, no hay financiamiento; y hoy más duro que nunca. Además, la inflación sigue su marcha, sólo acotada por la caída de la demanda.
De golpe se frenó la rueda. A partir del conflicto con el campo todo se contuvo. Desaparecieron los excedentes que movían la producción. Para mejor, el Estado se apropió de los fondos de los jubilados y dice que los administrará. Nadie piensa en invertir. Al contrario, en un año se fugaron u$s 25.000 millones. Baja la recaudación, que ni siquiera es compensada nominalmente por la inflación. El servicio de la deuda pública emerge como un fantasma. Las reservas proclamadas no son tales, porque cuentan activos pero no se restan pasivos.
Nos quedamos sin petróleo y sin gas, y falta electricidad. Esto, para recomponerlo, insume una respetable cantidad de años y otra respetable cantidad de miles de millones de dólares. Nada está, no ya en la perspectiva de que se encare algo, sino siquiera en el imaginario gubernamental. Enorme problema a la vista, que frena toda posibilidad de desarrollo.
Agreguemos el deterioro de las comunicaciones viales (casi sin inversión pública ni privada y soportando obsolescencia) y aéreas. Carencias absolutas de petróleo, gas, electricidad y servicios.
Lo hasta aquí descripto, criollo auténtico, argentino. A ello se agrega, por supuesto, la crisis mundial. Debió golpearnos poco por estar fuera del sistema financiero internacional. A lo sumo, en el precio de algunos bienes exportables. Pero como hicimos todo al revés (por ejemplo, ellos financian al sector privado, nosotros le sustraemos recursos), el impacto será mayor.
Aquella crisis 2001/2002 fue coyuntural (sin desconocer su costado político). Esta nueva, en la que hemos entrado, es estructural, porque está directamente relacionada con el deterioro del sistema de producción y prestación de bienes y servicios, privados y públicos, la desinversión, el deterioro del sistema de precios relativos, la carencia de financiamiento, la inflación. Por eso no tendrá la espectacularidad de la anterior pero, dolorosamente, será más honda y duradera aún.
(*) El autor es abogado del estudio Araya-Natale.

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