Una insoslayable historia del coleccionismo local

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Durante un año de actividades sin pausas, las publicaciones de libros y catálogos se han multiplicado, al igual que los imprescindibles trabajos de investigación que en la actualidad contribuyen a ampliar, consolidar y, sobre todo, revisar, la historia de nuestro arte. En medio de las últimas inauguraciones y despedidas, la perspectiva ya cercana de la pausa que impone el verano, se adivina propicia para la lectura.

«Coleccionismo artístico en Buenos Aires, del Virreinato al Centenario», de Marcelo Pacheco, es un libro cuya lectura, más allá del placer que depare, resulta insoslayable, ya que reúne la más completa información y documentación sobre el tema, hecho que lo convierte en un texto de consulta obligada. La investigación de Pacheco se inicia con el arribo de las primeras obras a un territorio despoblado de arte, y concluye con el tímido despuntar de la modernidad. En el capítulo «Degas y Renoir, dos policiales del 800», queda a la vista el ingreso de obras que «se anticipan en veinte años a los conjuntos renovadores de la elite terrateniente». Una elite, que como indica el autor, «estaba preparada para evitar el asalto del terreno con el simple uso del dinero y era dueña de secretos relacionados con el don de clase, el gusto natural o el saber especializado.

Pacheco marca desde el inicio del texto diferencias y similitudes entre los afanes coleccionistas de Bernardino Rivadavia y los de Sarmiento, diversos en sus orígenes, idénticos en la visión universal.

Para relatar la historia de las pinturas de Goya, entre ellas, las que se destruyeron en el incendio del Jockey Club y las que hoy se encuentran en el Museo de Bellas Artes, desata una madeja secular: despliega entonces un abanico de datos rigurosamente revisados, corrige errores y suposiciones y, surca el océano y el tiempo en un admirable ir y venir para ir en busca de la ruta de los cuadros y de las manos que los trajeron. Luego, la investigación se abre a las ocho probables hipótesis, y de este modo señala las interpretaciones posibles.

El libro corre el telón de la historia y deja al descubierto los perfiles escasamente conocidos de algunos personajes notables, como el del primer director del Museo Nacional de Bellas Artes, Eduardo Schiaffino. La ruptura con Guerrico, «donante fundador del MNBA», a quien Schiaffino debía dinero porque «sus gastos excedían sus ingresos», provoca la desaparición de la escena del coleccionista, ausente durante décadas de los documentos, citas y papeles del Museo. «Schiaffino sentía el poco interés de los Guerrico por su obra, ausente en la colección. Roces similares con otros coleccionistas son bien conocidos», agrega Pacheco (aunque poco difundidos).

El libro culmina con la historia de un pastel de Picasso que Pacheco planta en el contexto cultural de la época para rastrear luego su trayectoria a través de documentos precisos, que acaban por demostrar que la obra en cuestión no perteneció a la colección de Victoria Aguirre como hasta ayer se creía. De acuerdo a la información (irrefutable), «todo permite imaginar a Julián Aguirre adquiriendo el pastel de Pablo Picasso, en la calle Florida, una tarde de julio de 1904».

Cansado de esperar que la editorial Viterbo publicara las casi 400 densas páginas del libro, que lleva como subtítulo «Expansiones del discurso», Pacheco optó por editarlo él mismo. Cabe aclarar que la versión original del texto fue terminada en 2009 y que Pacheco redujo su extensión.

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