Una leona que le puso el cuerpo a un género difícil

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Después de sortear toda suerte de avatares desde el mismo arranque, el culebrón escrito por Susana Cardozo y Pablo Lago concluyó en Telefé el último jueves, recorriendo tópicos inhabituales.

El final de "La leona", el jueves pasado, dejó para analizar aspectos interesantes de una telenovela rodeada de controversias desde que Telefé anunció su emisión en enero. Para empezar, una controversia político-mediática, ya que antes de su lanzamiento, desde Mirtha Legrand hasta Mauricio Macri salieron a defenderla de quienes por las redes sociales pedían boicotearla por la filiación "K" de su coproductor y coprotagonista Pablo Echarri, con acusaciones de uso indebido de fondos públicos, luego desmentidas por el canal.

Tras un estreno promisorio en horario central (16,4 puntos), debió enfrentar la habitual puja con Canal 13, en el caso, con su más convencional tira "Los ricos no piden permiso". Y cuando empezó a flaquear ahí, en Telefé la fueron corriendo de horario para emitir sucesivamente una novela turca, una producción propia ("Nina"), y el inefable "Moisés" brasileño, muy visto por cierto. No obstante, durante todo su transcurso, "La leona" promedió entre 10 y 12 puntos y el último capítulo superó los 13. Nada despreciable para un programa que terminó siendo emitido a la medianoche.

A juzgar por su repercusión en las redes, parece que mucha gente la siguió por internet. Como eso no se cuantifica, Echarri se quejó en entrevistas de cómo se mide el rating, pero exculpó al canal: "Entendí la decisión de Telefé. No sufrió cambios de horario por un ninguneo. He visto a Tomás Yankelevich mover de horario hasta proyectos propios sin que le tiemble el pulso. El nivel de competencia de la televisión es feroz".

Ahora bien, en lo artístico, "La leona" es sin duda el producto más exitoso de los últimos tiempos. Sin dejar de ser un culebrón hecho y derecho, su mérito principal -para algunos analistas televisivos, su principal error- es haber extremado todos los resortes del rubro y, en su intrincada red temática, haber quebrantado tabúes como el incesto y el aborto clandestino, para nombrar los más riesgosos. Tratándose de una novela que fue escrita en 2014 -pensando en "los 90 y la crisis de 2001", según sus osados autores Susana Cardozo y Pablo Lago- y que, salvo algún capítulo final, fue grabada íntegramente hace más de un año, resultó premonitoria de muchos asuntos que preocupan hoy a la sociedad, el temor al desempleo, entre otras.

Desde la concepción de la protagonista, ingobernable y carnal al estilo de heroínas italianas como Anna Magnani y Sofía Loren, o más cercanas como Tita Merello (sostenida con todo el cuerpo por una extraordinaria Nancy Dupláa), el resto de los personajes fue un desfile de estereotipos nativos bien construidos y dirigidos, a cargo de los actores ideales en casi todos los casos. Un elenco dispuesto a entregarse a las escenas más jugadas (la variedad de entreveros sexuales debe haber batido algún record, por ejemplo), que deparó sorpresas como la de Andrea Rincón, reconocida por todas partes como la revelación del año..

A propósito del elenco, en una novela que pasó por todos los géneros, cuando estalló la tragedia que está en la esencia de todo melodrama social, Juan Gil Navarro se reveló como el antagonista perfecto de Dupláa. Su shakesperiano Gabriel Miller compitió al mismo nivel con Miguel Angel Solá, igual de diabólico como padre de familia que como dueño de la fábrica textil disparadora de todos los conflictos.

La elaboradísima puesta de Carlos Luna fue otra formidable herramienta de la narración, lo mismo que la mùsica ad hoc, impecable en todos los casos.

El capítulo final dio la impresión de que todos los hilos sueltos de la compleja trama se terminaron de abrochar precipitadamente. Aparte, fue el único que cumplió con las reglas de la telenovela tradicional: un volcánico beso de la pareja Echarri-Dupláa en medio del espléndido paisaje de Purmamarca.

Lo cierto es que más allá de polémicas extraartísticas y más o menos rating, "La leona" marca un antes y un después en la manera de pensar tiras vernáculas. Algo así como la "Rolando Rivas" del siglo XXI.

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