5 de octubre 2012 - 00:00

Una marea humana alentó a Chávez de cara a su mayor desafío: Capriles

«La avalancha bolivariana llegó a Caracas», se entusiasmó Chávez de buen semblante. La impactante multitud copó varias avenidas de la capital.
«La avalancha bolivariana llegó a Caracas», se entusiasmó Chávez de buen semblante. La impactante multitud copó varias avenidas de la capital.
Caracas - No faltó nadie. Ni el agua. Bajo la lluvia, en el acto de cierre de campaña ayer en Caracas, Hugo Chávez arengó a la masa compacta de seguidores que, desde la mañana, se venían concentrando en las siete avenidas principales de la capital venezolana.

Desde la tarima central montada sobre la avenida Bolívar, un Chávez empapado llegó trotando hasta el final de la pasarela. La marea roja-rojita que lo aguardaba se curvó en otra ola, extasiada. Eran las 14.45 y el líder bolivariano rompía con todos los récords: empezaba su acto «temprano» (anunciado para las 13) y daba uno de los discursos más breves de su campaña. Apenas 30 minutos para ganarle al siguiente palo de agua.

Circular por Caracas se había hecho imposible desde temprano en la mañana. La Guardia Nacional había instalado un anillo de seguridad en un radio de dos kilómetros antes del estrado en que hablaría el comandante. Filas y filas de ómnibus y camionetas se estacionaron en las avenidas Urdaneta y Bolívar. Algunos con la identificación oficial de un ministerio o gobernación. Otros con una pintada más casera sobre los vidrios. «Puerto Ordaz 87», «Adelis, de (estado) Falcon», indicio de que «espontáneos» chavistas habían transitado por más de 15 horas las imposibles rutas de Venezuela para apoyar a su Chávez.

Frente a los ministerios de Agricultura, de Interior y Justicia, ubicados en la avenida Urdaneta, nutridos grupos de adherentes con la consabida remera roja se encolumnaban hacia el cruce con la avenida Bolívar detrás de un estandarte identificatorio. Entre la gente, remeras azules con la estampa de los ojos achinados de Chávez mostraban que se puede ser chavista sin necesariamente vestirse de rojo. Eran las 11.30 de la mañana y ya costaba atravesar la Plaza Carabobo. Las avenidas, mientras tanto, ofrecían todas las variables de bolivarianismo militante. Cada dos cuadras, alguna tarima con parlantes y chicas embanderadas en tricolor reforzaba la omnipresencia de 14 años del Estado chavista. «Patrulleros y Patrulleras del Seniat» (la agencia fiscal) en una tarima, «PDVSA por la independencia petrolera», anunciaba otra.

Desde otro estrado, un locutor pedía por el micrófono que «los camaradas de la economía informal se salgan de allí». Los puestitos con merchandising se hacían el día. Con Chávez multiplicado en muñecos parlantes, en versión traje de fajina militar, o en variable de remera y boina rojas.

Chávez, Chávez, Chávez. Clonado en millones como en un libro de Huxley. Aros con el rostro de Chávez, remeras con la leyenda «¡Vivirás y vencerás!»; gorras con la cara de Bolívar, gorras con diez dedos movibles. Rojos. «Son los 10 millones de votos que vamos a sacar», explica a Ambito Financiero Neorvis Rondon, una maestra que se vino desde Maracaibo con sus familiares y acababa de comprar ese adminículo.

En una calle lateral, un camión con la leyenda «Areperas socialistas» despachaba arepas, las tortitas de pan de los venezolanos. «Viajamos ocho horas desde Estado Monagas: todas las areperas del país estamos presentes aquí», señala Euclides, el encargado del camión arepero. Tiene 25 años y es tan chavista como toda su familia. «Vendemos cerca de 300 arepas por día, pero hoy ya van 400 y estimamos vamos a llegar a 1.300», agrega, optimista. A 3 bolívares cada una, su precio es imbatible frente a los 20 bolívares que cuestan en cualquier bar.

Después, en la tarde, los venezolanos vieron al Chávez de siempre. O el de antes del cáncer. Fuerte, aparentemente recuperado, desafiando a la inclemencia de la lluvia, empezó cantando a capela las primeras estrofas del himno venezolano. La multitud coreó. «Le doy gracias a Dios y a la vida por tanto: ¡aquí está Chávez, de pie, con ustedes!», siguió. Otra ola y el rugido del «¡Uh, ah, Chávez no se va!».

Y luego, lo de siempre, la invocación a la juventud, el pedido de convertir «esta avalancha bolivariana de hoy en una avalancha de votos el domingo», y el ineludible denuesto al adversario que, para Chávez, no tiene nombre. «¿Quién es el candidato neoliberal?», preguntó. «El majunche», respondió la ola. ¿Quién es el candidato de los ricos y corruptos?». «El majunche», repitió la ola. «Creen que el Gobierno del majunche impulsaría la misión (social) de Barrio Adentro, que un Gobierno de ricachones impulsaría una Misión Mercal (mercados de precios populares)? Claro que no», apresuró.

Pidió disculpas, «sin duda he cometido errores», y prometió «no fallarle a la juventud venezolana». «Vayan a votar por la vida, por la patria, por el futuro», exhortó, «no los defraudaré». Se despidió con la frase del Che Guevara, «¡Hasta la victoria, siempre!». Un cierre de revolución bolivariana.

Por su parte, Capriles culminaba su frenética campaña casa por casa visitando los estados Cojedes (centro), Apure (suroeste) y finalmente Lara (noroeste), donde anoche celebró su último acto. «Que aquí nadie se quede sin votar, pero que todos ustedes lleven también a otras personas a votar», dijo Capriles a sus seguidores en la primera parada en la ciudad de San Carlos, Estado Cojedes.

«A partir del próximo domingo aquí nadie va a tener que ponerse la franela de un color para poder ejercer sus derechos», dijo.

* Enviada Especial

Dejá tu comentario