Lo único que lamenta esta crónica es que el lector ya no tenga oportunidad de ver esta brillante farsa operístico-teatral, que fue programada por el Centro de Experimentación del Teatro Colón sólo por tres días (del jueves al sábado último). Esta "porcheria spagnola" (denominación sarcástica que juega con la de "turcheria" que, en el siglo XVIII, recibían aquellas óperas como "El rapto en el serrallo" de Mozart, por su color oriental de tema turco), merece indudablemente una reposición. Y mucho más si uno piensa en la cantidad de "porcherie", literalmente hablando, a las que el teatro comercial y el off asignan mucho más tiempo en cartel.
La historia del bastardo Don Francisco también es la de un rapto, aunque no en un serrallo sino en el turbulento gobierno de las Provincias Unidas del Río de La Plata en los albores de la independencia. Hay diferencias, aunque no sean muy evidentes. Dos agentes secretos, Bernardino y Manolillo, traen a la fuerza al príncipe heredero de la corona de los Borbones, para casarlo en Buenos Aires con la hija de Don Gervasio, presidente del Directorio en Buenos Aires. Se suceden, desde luego, todo tipo de intrigas. La más resonante es que el bastardo real (aunque en aquellos tiempos no hubiera tests de ADN, al pincel de Francisco de Goya nadie lo engañaba, y lo sacó igualito su padre biológico Manuel Godoy), antes que a la casamentera de buena cuna, prefiere a una mulata mazamorrera. Que tampoco era tan mulata, sino mulato.
A la ópera, seguramente, le cabe como a pocos otros géneros musicales lo que decía Borges del barroco: es lo más cercano a su propia parodia. Como bien lo saben cantantes y directores, en la ópera cualquier tropezón vocal, cualquier desliz escénico u orquestal puede convertir, en un segundo, lo sublime en ridículo. Esta farsa neoclásica de Pablo Massa no sólo trabaja en el nivel de la parodia, sino que la puesta de Pablo Maritano potencia esa elección. La versión es algo así como una "meta-parodia", una parodia de la parodia, ya que la acción se ambienta en un colegio secundario cuyos alumnos, que componen el coro, tienen justamente como objeto de estudio la historia de Don Francisco y los enmascarados (hay que destacar entre ellos a la alumna Pollini, primera en aparecer en escena, que debe describir en un pizarrón la "forma sonata" mientras sostiene un frasco con porotos germinados). A fuerza de tanta parodia, de tanta gracia y chispa, se produce el milagro inverso: de lo ridículo deliberado se asciende a veces a lo sublime.
La orquesta, dirigida por Marcelo Birman, y el elenco de protagonistas (Santiago Bürgi, Eugenia Fuente, Pablo Pollitzer, Enzo Romano, Esteban Manzano y Sergio Carlevaris) obligarían a insistir en los acostumbrados elogios de la crítica. A ellos todo el agradecimiento y aplausos aunque, en este caso, con cierta cautela de adjetivos. Porque el estilo de la crónica operística hace rato que se viene mereciendo una parodia similar a la que hace Massa con el género. Sería injusto para con los cantantes y compositores no intentarlo alguna vez.
| Marcelo Zapata |


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