9 de abril 2013 - 00:00

Una polémica que se reaviva con frecuencia: ¿cuánto vale una obra?

Pinturas rupestres de Lascaux o Altamira, que antropólogos modernos descubren fueron hechas para que su contemplación influyera directamente en la evolución de la raza humana.
Pinturas rupestres de Lascaux o Altamira, que antropólogos modernos descubren fueron hechas para que su contemplación influyera directamente en la evolución de la raza humana.
Cada obra de arte que, al ser vendida, supera la barrera de lo razonable en términos del historial de precios del autor, reaviva una polémica desde hace tiempo instalada en el mercado del arte: ¿Cuál es el precio real de una obra? La pregunta gira en torno de si los precios son reales o producto de otras variables, ajenas o no al arte, y que provocan que los récords, por irreales, no se sustenten en el tiempo. Ambas cosas coexisten, y es bueno poder diferenciarlas.

Los precios reales son aquellos que se sostienen sobre la base de un trabajo mancomunado de artistas, galeristas, publicistas y coleccionistas, que contribuye a la permanencia y crecimiento de los mismos y que no está exento de un buen manejo del marketing y las acciones comerciales, siempre que sean atinentes al trabajo natural de esta actividad.

Esta realidad, que es la base de cualquier mercado, no debe ser confundida con las maniobras de especuladores financieros, que además de tener otros fines, pretenden ganancias excesivas, que por poco creíbles terminan derrumbándose y eso es lo que finalmente marca la diferencia entre un mercado sólido y otro donde las conveniencias coyunturales manipulan precios a su antojo.

De tanto en tanto, la venta de alguna obra llena las portadas de los principales diarios del mundo, como en el caso de "Le rêve" ("El sueño"), obra de Pablo Picasso adquirida por Steven Cohen, poderoso operador del mercado de capitales, quien pagó 155 millones de dólares en una operación privada que se dio a conocer días atrás después de que su fondo de inversión (SAC Capital) pagara 614 millones de dólares para evitar un juicio por lo que se conoce como el mayor fraude de manipulación de información privilegiada en la historia de Wall Street.

Es bien conocido el efecto que una adquisición de esta naturaleza tiene sobre el público, ya que cuando alguien compra una obra en un precio exorbitante logra una gigantesca publicidad a través de los medios de prensa, redes sociales, etc.

Los megamillonarios muestran así su enorme poder económico y, de paso, fijan un antecedente sobre el precio de la obra que adquirieron, un objeto que les interesa menos que la imagen personal que adquieren en cuanto compradores. La experiencia marca que, con el tiempo estos "magos de las finanzas" un dia se desploman, y arrastran con ellos a sus inversores. Todo lo que reluce no es oro, pero el oro falso indica que también existe el oro verdadero. El artista construye su precio con el pasar del tiempo y su evolución creativa, y ese precio debe el símbolo que acompaña esa evolución para convertirse en real.

Merecimiento

El crítico inglés Will Gompertz, en su libro "150 años en un abrir y cerrar de ojos", dice que "cada generación tiene los artistas que se merece, y la nuestra merece a Koons, Hirst y otros porque ellos trabajan -y están relacionados- con el capitalismo y la voracidad. El arte se ha convertido en un bien de consumo", y agrega : "El negocio ha seguido creciendo de una manera enloquecida. Antes, el escenario se reducía a Estados Unidos y a Europa, pero ahora está China, India, Sudamérica y en el horizonte avanzan Rusia y África. Ya no hay clase media en este negocio. Quedan las enormes superficies y los pequeños artesanos de la comercialización de obras. Nada en medio."

Pero hay de hecho, mucho que rescatar, ya que el arte sigue siendo la inversión más segura cuando es bien interpretada y no está llevada por la ambición desmedida, sino que el precio es lo que acompaña, a través de un bien tangible, al impulso creativo de la contemplación y el crecimiento, desde la prehistoria, cuando se dejaban mensajes en las pinturas rupestres de Lascaux o Altamira, que antropólogos modernos descubren fueron hechas para que su contemplación influyera directamente en la evolución de la raza humana. Esa y no otra es la auténtica función del mercado de arte.

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